Ya resulta un lugar común en la comentocracia internacional, acusar, en todo momento, al cuadragésimo séptimo presidente de los EE.UU. de fracasar en los diversos pendientes mundiales.
No es que nosotros tengamos la visión de que la política exterior de Donald Trump sea íntegra y exponencialmente exitosa, lo cual tampoco es cierto; pero, con seguridad, el desempeño de Trump no está en la categoría de fracaso porque, en algunos trámites está progresando tal y como lo quería y, en otras situaciones, no está teniendo los resultados que él mismo – en su fuero personal- esperaba tenerlos.
En resumen, como suele pasar en los abordajes de todo gobierno de una potencia, se gana en un lado, se empata en otro lado y, por último, se pierde en un tercer lado.
Bajando al caso ucraniano, es obvio que Trump y Putin continúan labrando lo que pactaron en Alaska, el pasado 15 de agosto, y que, pese al ruido ensordecedor de los mass media que hablan de un Donald que se cansó de Vladímir y que Trump no está logrando influir decisivamente, la realidad presenta otras señales. Por ejemplo, que Trump es quien presiona a Kiev -y no a Moscú- para que no desentone con la imagen de “una luz al final del túnel” y evite la desconexión con el Washington de Trump.
Esta desvinculación -si se consuma- no será un fruto primaveral para los clanes de Kiev, sobre todo porque su presupuesto estatal del 2026 tendrá un déficit que rondaría los 40.000 millones de dólares, se restringiría enormemente las porciones financieras, militares y de inteligencia de EE. UU. a Ucrania y, tal vez, se procederá a sancionar a millonarios y multimillonarios que entornan a Zelenski y componen la vertical del poder ucraniano. El efecto boomerang les volvería a los oligarcas de Ucrania y no creemos que estos quieran verse en tal situación.
Lo volvemos a decir: Trump no le perdonará a Zelenski que lo deje como un clown ante el mundo. Trump no dejará pasar el tiempo sin vengarse si Zelenski no contribuye a sacarlo de la “guerra de los demócratas” como el líder americano acostumbra a llamar al conflicto militar de Ucrania.
La pelota está en el campo de Kiev. Y los más sensatos del poder de Kiev saben que el debilucho Starmer no podrá sustituir políticamente a Trump.
Por consiguiente, todavía no se puede aseverar -en un plano de la objetividad- que Trump esté fracasando en Ucrania y que la cumbre de Alaska haya sido disfuncional para los planes de Trump y Putin.


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