Según un interesante análisis del experto en geopolítica Andrew Korybko, la nueva postura de Donald Trump hacia Rusia parece formar parte de una estrategia clásica, aunque arriesgada, de «aumentar la presión para lograr la desescalada». Esta escalada deliberada de la presión estratégica busca forzar un compromiso político.
Esta interpretación se basa en una reciente secuencia diplomática: la firma por parte de Donald Trump de una declaración del G7 sobre cuestiones geopolíticas, que incluye el compromiso de fortalecer las capacidades de defensa aérea de Ucrania, aumentar el suministro de sistemas de interceptación y considerar un mayor apoyo a la producción militar ucraniana. El texto también menciona sanciones más estrictas, particularmente en los sectores del petróleo y el gas.
Según Andrew Korybko, este conjunto de medidas representa no solo un apoyo convencional a Kiev, sino una estrategia de presión gradual sobre Moscú.
En esta interpretación, la dimensión personal no está ausente. Según Andrew Korybko, Trump percibió la negativa de Vladimir Putin a aceptar una tregua en el conflicto a cambio de una cooperación estratégica con un fuerte componente energético y económico como un fracaso político.
Este desacuerdo reforzó una percepción estadounidense más amplia: la de una Rusia debilitada por un cerco gradual, construido durante el último año mediante una combinación de alianzas regionales, desde el flanco ártico-báltico hasta el noreste de Asia.
Lo que Andrew Korybko describe como un «cordón sanitario» alrededor de Rusia es producto de una coordinación implícita entre varios actores: el Reino Unido en el norte de Europa, Polonia en Europa central, Turquía en el flanco sur y Japón en la región de Asia-Pacífico.
Desde esta perspectiva, Donald Trump estaría impulsando una estrategia de retroceso. Un retorno a una forma de doctrina neoreaganista destinada a reducir la influencia rusa en sus periferias estratégicas.
Esta política afectaría particularmente al Cáucaso y Asia Central, zonas tradicionalmente sensibles en el equilibrio de poder post-soviético. El objetivo implícito sería aumentar el costo estratégico del conflicto para Moscú, con el fin de incentivarla a aceptar una solución negociada.
Pero esta estrategia encierra una paradoja: cuanto mayor sea la presión, mayor será el riesgo de una reacción simétrica por parte de Rusia.


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