Las potencias intermedias están frente a grandes coyunturas geopolíticas y hasta de inigualables oportunidades históricas, no tanto por sus propios méritos, sino por la misma lógica del actual desarrollo del sistema mundial.
El vigente complejo de las múltiples dimensiones y relaciones de poder que existen en la práctica se ha convertido en un factor coadyuvante para que los estados de segundo orden que tengan -o quieran tener- una subjetividad geopolítica propia y meterse en los encuadramientos futuros del organigrama mundial de las próximas décadas, podría ser por demás funcional a los criterios maximalistas de estas potencias intermedias en tanto y en cuanto estas decodifiquen correctamente lo que realmente esta pasando y hacia dónde se dirige el todo mundial y lo traduzcan en estrategias solventes y acciones coherentes.
Pero si esto no llegase a pasar, estas potencias, o una parte de ellas, verían su descenso al nivel de una oficialmente herramienta geopolítica, condición ésta de la cual les sería muy difícil salir por más que hayan discursos bonitos y entusiasmos populares dentro de esos estados de segundo orden.
Dado que los Grandes no pueden por sí mismos gestionar, con estabilidad y éxito, sin que surja un cúmulo de contradicciones adversas a dicho fin, las potencias medias son llamadas por esos Grandes para cooperar activamente en los diferentes planes de los primeros mencionados de tal manera que contra el mito del unipolarismo de inevitabilidad científica y de la frágilmente tripolaridad geopolítica, las potencias intermedias tienen delante de sí un momento clave que si lo dejan pasar sería penosamente irremediable.
Por consiguiente, el soberanismo que estos estados deben practicar tiene que estar a la altura de las configuraciones mundiales presentes y futuras mediatas y no ser antenas de reproducciones de alelamientos ideológicos, deseos pueriles y de aspiraciones improductivas.
Con todo eso, no queremos decir que, indefectiblemente, Estados Unidos y todas las corporaciones que ganan con dicho estado, cederán fácilmente su poder global, pero si remarcamos que el Tío Sam y el Abuelo Donnie (Donald Trump) tienen límites significativos en su hegemonía internacional y que todos los estados intermedios deben hacer lo que corresponda a la Hora actual -y en vista de la siguiente Hora Histórica- para hacer efectivamente reales al soberanismo que proclaman en sus mítines dirigidos a sus naciones.


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