La República Popular China es uno de los grandes ganadores de los últimos choques geopolíticos o del rediseño del orden global. Pudo controlar las contradicciones internas subsistentes en su propio sistema y supo abrirse demasiado hacia los exteriores, pero sin doblarse ni quebrarse.
Adquirió ganancias estratégicas al seguir un paradigma exento de las impaciencias e involucramientos en conflictos externos que son tan recurrentes en otros sistemas estatales. Por eso, Pekín se convirtió en una de las principales capitales de decisión globales.
Atrás quedó el “Siglo de Humillación” perpetrado -dicen en China- por las potencias anglo-estadounidenses, y que se enseña fijamente en los interiores chinos para que les sirva de lección para no repetir la experiencia de ser un objeto geopolítico con sello anglo.
Igualmente, se produce con mayor tesón la desvinculación con los propósitos de las élites globalistas, las cuales idearon, en la década de 1970, que China sea un instrumento suyo.
Inobjetablemente, la globalización económica benefició a China y esto terminó sorprendiendo a los planificadores ligados a los establishment de Inglaterra y Estados Unidos, quienes sólo querían que China sea su fábrica y su muñeco controlado.
En el camino, algo pasó y ese algo produjo que el sustrato soberanista y multipolar chino creciera en la sala de mando de la indiscutible potencia mundial y este estado se desvío del plan trazado por los globalistas.
En vez de una planta fabril dependiente de los poderes ánglos, China se consagró con subjetividad geopolítica propia y propuso un modelo industrializador contrapuesto al espacio posindustrializador y en lugar de producir guerras de ocupación, los chinos trataron de disminuir en lo posible sus distintos conflictos.
Sin cortar los lazos con Estados Unidos, intenta equilibrar las posiciones y el mismo Donald Trump mantiene la esperanza de solucionar personalmente las cosas más importantes con Xi.
Los europeos de la UE buscaron un apoyo de Xi para ir contra Trump, pero, según la evidencia de los hechos, fracasaron en la misión. China, con sus notas positivas y negativas, estructurales y coyunturales, se transformó en un líder mundial y en uno de los mayores proponentes e impulsores del multipolarismo.
Por lo cual, es imposible excluirla de las decisiones más trascendentales de las dinámicas mundiales. Trump lo aceptó. Pero antes de él, todo el Sur Global lo aceptó. Pronto, Soros se rendirá ante Xi. China ya tiene su espacio en la escena mundial, aunque no la monopolizará.


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