La adhesión de China a la Organización Mundial del Comercio en 2001 transformó profundamente el entorno económico y estratégico de Japón.
Como primera gran potencia industrial asiática en alcanzar el desarrollo, Japón se enfrentó, antes que Estados Unidos y la Unión Europea, al surgimiento de un formidable competidor chino que se beneficiaba de una combinación sin precedentes de capacidad manufacturera, demografía, apoyo público, avances tecnológicos e integración en las cadenas de valor globales.
Al mismo tiempo, el auge de las principales plataformas digitales estadounidenses desplazó una proporción cada vez mayor de la creación de valor hacia los datos, el software, la infraestructura digital y la inteligencia artificial. Japón se encontró así ante una doble limitación: preservar su competitividad industrial frente a China y, al mismo tiempo, limitar su dependencia tecnológica de Estados Unidos.
Contrariamente a una interpretación que a menudo se centra en el declive relativo de la economía japonesa desde la década de 1990, este análisis sostiene que Japón ha desarrollado progresivamente una respuesta original a estas transformaciones.
Sin abandonar su integración en la economía global ni adoptar los métodos del capitalismo de Estado chino, ha reorientado su política industrial hacia tecnologías críticas, equipos avanzados, materiales avanzados, robótica, semiconductores e infraestructura digital. Esta evolución ha conllevado una redefinición gradual del papel del Estado, ahora más centrado en preservar las capacidades tecnológicas estratégicas que en apoyar a las industrias tradicionales.
Las inversiones en semiconductores, el apoyo al colosal proyecto Rapidus, el desarrollo de la inteligencia artificial industrial y el fortalecimiento de las medidas de ciberseguridad dan fe de este cambio hacia un modelo en el que la seguridad económica se convierte en un objetivo central de las políticas públicas.
Esto lleva a considerar a Japón como uno de los principales laboratorios del «capitalismo estratégico» contemporáneo. Situado entre el capitalismo de Estado chino y el capitalismo digital estadounidense, el modelo japonés se basa en una articulación única entre competencia, política industrial, innovación tecnológica y seguridad económica.
Esta trayectoria arroja luz sobre varios debates que actualmente constituyen el núcleo de las políticas públicas occidentales, en particular los relacionados con la resiliencia de las cadenas de valor, la soberanía tecnológica, la regulación de las plataformas digitales y el control de las tecnologías críticas.


Deja un comentario