La disputa que enfrenta actualmente a Dassault Aviation con Airbus por el programa Eurodrone no debe interpretarse como un simple desacuerdo sobre facturas, contratos o reparto de la producción.
Revela una fractura mucho más profunda: la de una Europa que habla constantemente de soberanía militar, pero que tiene dificultades para darle una forma industrial, presupuestaria y estratégica coherente. A primera vista, parece un desacuerdo sobre la compensación que Dassault exige a Airbus tras la reducción de su participación en el programa.
En realidad, este asunto resume todas las contradicciones de la defensa europea: rivalidades nacionales, retrasos burocráticos, divergencias doctrinales, competencia entre grandes corporaciones y una lenta adaptación a las nuevas formas de guerra.
El Eurodrone estaba concebido como un símbolo. Su objetivo era demostrar que Francia, Alemania, Italia y España eran capaces de producir conjuntamente un sistema aéreo no tripulado de altitud media y gran autonomía, diseñado para vigilancia, recopilación de inteligencia, adquisición de objetivos y, en última instancia, misiones armadas.
También se pretendía reducir la dependencia europea de los aviones estadounidenses e israelíes, en particular del Reaper estadounidense, que durante mucho tiempo había sido el referente occidental en este campo. Por lo tanto, el proyecto buscaba cumplir una doble ambición: equipar a las fuerzas armadas europeas y fortalecer una base industrial continental independiente.
Pero lo que se concibió como una demostración de soberanía se convirtió gradualmente en un signo de debilidad. El programa se ralentizó, se complicó, se debatió, se renegociaron y se sometió a las demandas contrapuestas de varios estados e industrias. Airbus asumió el liderazgo industrial, mientras que Dassault, Leonardo y Airbus España desempeñarían papeles importantes.
Se suponía que la división del trabajo equilibraría los intereses nacionales. Pero en la industria de defensa, el equilibrio político no siempre se traduce en eficacia militar. Muy a menudo, produce compromisos costosos, plazos interminables y sistemas que llegan demasiado tarde.
Eurodrone también se enfrenta a un problema de sincronización. El mundo de los drones evoluciona a pasos agigantados. Los conflictos recientes han demostrado el auge de sistemas económicos, drones tácticos, municiones merodeadoras, dispositivos de reconocimiento miniaturizados, capacidades de ataque de largo alcance y sistemas de producción en masa.
En este contexto, un programa lanzado según los procedimientos tradicionales europeos de adquisición de armamento corre el riesgo de quedar obsoleto incluso antes de estar plenamente operativo.
La competencia internacional es feroz. Estados Unidos cuenta con una amplia experiencia operativa. Israel ha desarrollado una industria de gran éxito en este campo. Turquía ha conquistado mercados con sistemas más baratos que pueden exportarse con mayor rapidez. China avanza con una oferta ambiciosa y de gran envergadura. Ante estos actores, Europa no puede permitirse el lujo de llegar tarde con un sistema costoso, políticamente frágil y con una industria en disputa.


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