Los gobiernos de Colombia y de EE.UU., presididos por Gustavo Petro y por Donald Trump respectivamente, alejan del horizonte una distensión en la disputa y, desde luego, ensombrecen las posibilidades de alcanzar un acuerdo que satisfaga a las partes.
Desde mediados de la década de 1990, los gobiernos colombianos fueron un socio estratégico, en el ámbito internacional, de las estructuras de poder de los EE.UU., lo que ocasionó, entre otros hechos, que Colombia sea uno de los privilegiados hispanoamericanos en las relaciones entre estos estados y Washington.
Esta situación comenzó a cambiar en el último año y medio cuando el Petro adoptó posturas concretas que disgustaron a Estados Unidos y cuando Donald Trump se posicionó de una manera que desagradó al gobierno colombiano. A partir de ello, Petro se aproximó más a China y Trump autorizó cercar a Petro, a pesar de que el inquilino de la Casa Blanca no tramó ningún derrocamiento de la autoridad política colombiana.
La división no se debe mucho a filiaciones ideológicas que tendrían ambos jefes de estado porque Trump mantiene una relación respetuosa con los izquierdistas Claudia Sheinbaum y Kim Jong-Un.
Por lo tanto, el fondo de la discusión tiene que ver con las intenciones de los entornos de los presidentes y los pasos que dan en el orden internacional para mejorar sus estatus y programas de objetivos respectivos.
Inequívocamente, Trump tiene razón en que Colombia sigue siendo un país de droga, aunque no dice que servicios de inteligencia, bancos y empresas estadounidenses participan en tal negocio y que estos son los que también abogan para que el narcotráfico sea una parte indivisible de Colombia.
En consecuencia, estos dos líderes en vez de apelar a un diálogo face a face para codificar una nueva relación que provea de ganancias a los dos proyectos, amplían su falta de comunicación y acercan la cuestión a una zona de enfrentamiento que, hay que decirlo, preocupa a los otros agentes económicos, empresariales, culturales y diplomáticos que se benefician de un acuerdo normal entre ambos países.
Probablemente, Trump estaría presionando, indirectamente, a Petro para que este no avance con sus ideas de desvincular a Colombia militar y estratégicamente de EE.UU. e Israel y firme un trato con grandes ventajas para el modelo Trump en perjuicio de otros actores.
Entre los grupos que asesoran a Petro hay un evidente desacuerdo sobre el qué hacer con Trump. Unos quieren profundizar la divergencia y escudarse con China, Rusia y la Unión Europea, mientras que otros apuestas por convencer a Petro de la conveniencia de no dar ese giro porque creen que sería un error enorme con grandes consecuencias para el gobierno y la nación colombianos.
A su vez, tanto los componentes del globalismo estadounidense como del sionismo alimentan sus esperanzas para que no haya ninguna desaceleración en la tensión entre ambos gobiernos y que, por el contrario, se enfrenten entre sí porque, para el primero actor, mientras más frentes abiertos externos tenga Trump mucho mejor será para complicarle su gestión; y, según el ángulo de intereses del sionismo, el gobierno de Petro debe ser atacado duramente y aislado globalmente por el respaldo que brinda a Palestina y su oposición al mismo sionismo.


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