Crisis anglo y Hasta la vista Starmer

2–3 minutos

Ha llegado la concreción del Adiós para Keir Starmer, el seudo estadista británico de peroración soporífera y de pocos resultados halagüeños.

La caída en picada de Starmer, junto con su expulsión del 10 de Downing Street, lo abordamos previamente, desde esta columna, en el último año y medio, despreocupándonos de enfoques y narrativas sesgados, harto repetitivos e inadecuados para prever y avizorar eventos y escenarios en lo por venir.

Afirmamos precedentemente que poco le ayudaría a Starmer, en su objetivo de mantenerse en su puesto de primer ministro, su afán por la guerra en Ucrania, sus viajes al Golfo, a Pekín y su papel en cumbres internacionales de cariz globalista.

Sir Keir pasará al museo como una personalidad descolorida donde fue un papel blanco frente al volcánico Trump, un decorado frente a Putin y Xi y un felón para las bases del laborismo. Estas bases se dividen ya que algunas se distancian de la jerarquía del partido, mientras que otras claman por Andy Burnham, en consonancia con lo que piden, por su cuenta, grupos de dirigentes y diputados partidarios y jefes sindicales.

Los exaliados políticos de Starmer habían preparado el calendario de su salida a comienzos de junio y, para cuidar las apariencias, le conceden a Starmer la posibilidad de que se presente como renunciante en vez de despedido.

Le presentaron a la oficina política de Starmer una encuesta de Ipsos donde se resalta que dos tercios de los votantes del partido quieren su remoción de la jefatura partidaria en favor de Andy Burnham y que más del 50% de los ciudadanos quieren que Starmer abandone Downing Street.

Los motores laboristas que son renuentes al liderazgo de Starmer venían hablando, en los últimos tres meses, de que la salida de Sir Keir era la ineludible opción para sacar del estancamiento al partido.

Esta solución era -es- compartida también por otros factores del establishment británico, quienes veían que, con la exclusión de Starmer y su grupo, había -hay- posibilidad de que el bipartidismo vuelve a la centralidad en las preferencias electorales de los ciudadanos.

Sincrónicamente, el descenso de la productividad no se resuelve y la deuda estructural crece consolidadamente con el automático traslado de daños a numerosos resortes económicos y sociales británicos.


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