Para contragolpear, Starmer instrumenta acciones, por demás básicas, cuyos resultados, según cree el impopular primer ministro, lo resguardarían de la expulsión del 10 de Downing Street.
Una de estas medidas, es el aumento de 18.000 millones de libras en el gasto de defensa para cumplir con las torres del complejo militar-industrial británico y para que, mediante esa liberación de fondos públicos, el estado profundo no maniobre para forzar su renuncia.
Sobre este hecho, y su impacto ulterior en la carrera política de Starmer, lo abordamos el 11 de febrero de esta forma Ni siquiera su adhesión a la prórroga de la guerra en Ucrania, que lo hace para receptar un mayor apoyo de las estructuras profundas del poder inglés, podrá transferirle un éxito en su caótico modelo de gobierno.
A lo más, podrá aspirar a tener un minuto adicionado, pero el juego para él ya ha terminado y, por consiguiente, está a la vista de todos, que vemos el fin del juego para Keir Starmer
Diez días después de aquel artículo, volvimos sobre el tema y, en otra pieza, hablamos de la pretensión de algunas estructuras militares y de seguridad de posicionar a alguien suyo como el sustituto de Starmer y comentamos, igualmente, el disenso que existía en las filas laboristas por el aumento al gasto de defensa:
Por lo que, en el interior del laborismo, hay dos alas que, en estos momentos, declaran posiciones diferentes sobre el aumento o del gasto de defensa. Por un lado, está un sector que se inclina para que aumenten los gastos en ayuda social en detrimento de la agenda de los popes y sindicatos de la industria militar y, por el otro lado, se encuentra el grupo impulsor de aumentar todo lo posible las inversiones en defensa.
Estas divergencias acontecen en un período donde los laboristas están pasando por su Apocalipsis Now con la derrota próxima en las elecciones locales de mayo -donde terminará primero Reform UK- y con el reajuste organizativo que una tendencia interna del partido pregona para remover del cargo a Starmer y reemplazarlo por la figura del Secretario de Defensa, John Healey.
Tal y como se puede comprobar, en el último artículo citado, dimos como hechos seguros la derrota de Keir Starmer y la victoria de Reform UK, además de destacar y diferenciar el problema entre las facciones internas laboristas respecto de un mayor sostenimiento financiero para el actor militar (y de seguridad) en detrimento de los intereses de las clases medias y bajas.
En paralelo, investigaciones tales como la realizada por el Congreso de Sindicatos Británicos (TUC), reportan que el número de multimillonarios británico se duplicó desde el 2010, mientras que la vida económica y social de los trabajadores decayó.
El patrimonio de los 157 multimillonarios que señalan los analistas y dirigentes del TUC sería 7.600 veces superior a la riqueza promedio de los hogares.
El secretario general del TUC, Paul Nowak, dijo: Necesitamos una economía que recompense el trabajo, no solo la riqueza, concluyendo que la riqueza generada, en la última década y media, se redistribuyó, masivamente, entre quienes están en la cima.
Al mismo tiempo, las críticas de votantes laboristas al incremento del gasto de defensa de Starmer también crecen porque ven que el primer ministro quiere satisfacer la agenda de las guerras globales del estado profundo inglés.
En Westminster, se hacen cálculos sobre quien realmente destronará a Starmer, dividiéndose las preferencias. Un sector se inclina por el alcalde del Gran Manchester, Andy Burnham, mientras que otros apuestan por otras figuras de distinto calado.
Pero, al margen de estas rencillas y juegos palaciegos, están cientos de miles de jóvenes que protestan por igual contra las ópticas de política local y externa del partido laborista, del partido conservador y de Reform UK, especialmente, sobre el rol de Gran Bretaña en Medio Oriente.
A este segmento social y movilizador hay que prestarle mucha atención por su factible influencia en los acontecimientos ingleses que se avecinan.


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