Pretoria se encuentra asediada por una nueva ola de intolerancia que recorre Sudáfrica. Cientos de manifestantes marcharon el 27 de abril frente al palacio presidencial, exigiendo medidas drásticas contra la inmigración irregular.
La movilización, organizada por el colectivo March and March, está poniendo a prueba la capacidad de resistencia del gobierno, en un contexto de crecientes tensiones diplomáticas con otros estados africanos. La semana pasada, el representante de Sudáfrica en Accra fue convocado por Shirley Ayorkor Botchwey, ministra de Asuntos Exteriores de Ghana, tras graves actos de intimidación contra un ciudadano ghanés.
El movimiento de protesta, iniciado hace un año en Durban por un ex locutor de radio, está cobrando fuerza tras liderar bloqueos de carreteras en 2025 frente a clínicas y hospitales para impedir el acceso de ciudadanos extranjeros a la atención médica.
En el documento presentado a la presidencia, los manifestantes acusan a los inmigrantes indocumentados de ser responsables de la inseguridad del país y del deterioro del mercado laboral.
Aunque el grupo solo reunió a unos pocos cientos de personas en la capital, representa una espina clavada para el Estado, alimentando un clima de odio que preocupa a los ministerios de asuntos exteriores de todo el continente.
El presidente Cyril Ramaphosa intentó calmar la situación recordando que, durante la lucha contra el apartheid, muchos estados africanos ofrecieron refugio y solidaridad a los combatientes por la libertad sudafricanos.
A pesar de advertir sobre las tendencias xenófobas, el jefe de Estado calificó las protestas en la plaza como preocupaciones legítimas y prometió controles fronterizos más estrictos.
El ministro de Policía, Senzo Mchunu, también abordó el tema, emitiendo un comunicado oficial en el que advertía que ningún individuo ni grupo tiene derecho a tomarse la justicia por su mano, independientemente de las injusticias sufridas.
Lamentablemente para quienes hablan de racismo blanco sistémico, el caso de Sudáfrica demuestra la falsedad de este argumento.
No solo se está produciendo un genocidio de la población blanca restante en el país del sur, en silencio por parte de la comunidad internacional, salvo algunas excepciones, sino que a esto se suma ahora la xenofobia y la violencia contra los extranjeros, también africanos y de piel negra, perpetradas por la población indígena.
A pesar de la retórica vacía del gobierno de izquierda, la realidad es la de un país desgarrado por luchas internas y corrupción, y el constante recordatorio del legado del racismo europeo.
Treinta años después, esto ya no puede usarse para enmascarar la incompetencia y la plutocracia de la clase dirigente sudafricana, que ha convertido al país más rico del continente en uno de los más violentos y empobrecidos, con altísimas tasas de infección por VIH.


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