La élite que, en la actualidad, gobierna el estado de Israel es una oponente histórica a cualquier acuerdo entre los EE.UU. e Irán ya que considera que, en una primera instancia:
Un compromiso de tal envergadura restringirá la concreción, en el tiempo y el espacio, de las aspiraciones máximas de la geopolítica israelí, mientras que, en un segundo lugar, dejaría de pie a un actor de poder que es reconocido, por los mismos estrategas estaduales de Israel, como su enemigo número 1.
Por eso, una guerra absoluta contra Irán es una norma inescindible para las facciones que componen dicha élite y, por más que Irán sea dañado significativamente, ese cuadro tendrá sabor a poco ya que un Irán debilitado no debería estar en la Hoja de Ruta de ningún presidente norteamericano.
El primer ministro, Benjamin Netanyahu, es, desde la década de 1990, una de las figuras más importantes de esta corriente de poder, pero no es la máxima ni tampoco él es el pilar decisivo de este cuerpo porque hay otros tomadores de decisiones y aún cuando Netanyahu ya no esté presente, en este mundo físico, este poder fáctico seguirá subsistiendo.
Cuando Netanyahu asumió su primer período como primer ministro (mandato que duró entre junio de 1996 y julio de 1999), ya hablaba del Irán nuclear y de la exigencia de detener ese supuesto proceso mediante la guerra con la participación activa y principales de los Estados Unidos, Inglaterra y países europeos.
Más aún, Netanyahu, en febrero de 1993, cuando era miembro de la Knéset, escribió un artículo sobre el tema en el periódico, Yedioth Ahronoth, en el cual dijo Es nuestro deber asegurarnos de antemano de que [Irán] no encuentre los medios necesarios para llevar a cabo esta ambición.
No debemos confiar en la suposición de que consideraciones racionales sobre una posible respuesta israelí disuadirán esta mentalidad fanática. La disuasión por sí sola no es una respuesta israelí suficiente ante el peligro de la bomba musulmana. Israel debe actuar con firmeza para frustrar este peligro que amenaza nuestra propia existencia.
Desde esa perspectiva, una vez que Netanyahu fuera ungido como primer ministro -por un apoyo decisivo de la Jabad Lubavitch-, imponiéndose sobre los círculos secularistas que eran adscriptos al partido demócrata clintonista, en ambientes norteamericanos vinculados a los grupos de interés de Israel, daban por sentado que Netanyahu llevaría a cabo medidas agresivas contra Irán y la amenaza existencial que supone el poder iraní para la viabilidad del proyecto israelí.
Así que, tanto la guerra que Trump puso- forzosamente obligado- en marcha contra Irán y los sabotajes de algunos grupos cerrados israelíes para malograr un acuerdo -aunque sea defectuoso- entre Teherán y Washington tienen una larga data y no representan per se ninguna innovación del estado profundo estadounidense, ni mucho menos es una genialidad del Rey Donald.
Hace poco, Tucker Carlson informó que, en una conversación privada que mantuvo con Trump, le dijo al presidente que Netanyahu lo odia al 47° y que Trump le reconoció que estaba al tanto de ese sentimiento de Netanyahu para con su persona.
En la medida que se habla de que, en parte por la realidad del fracaso militar y estratégico, y, en otra parte, por los consejos árabes, rusos, chinos y pakistaníes, Trump y JD Vance estarían tratando de aumentar, en el plano de los hechos, la posibilidad de acuerdo limitado con Irán, la ansiedad crece en Israel por la percepción de que sus opciones estratégicas se vean acotadas y su visión de reformularse como hegemón preponderante sean privadas de futuro.


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