Estimados lectores, en la gran traducción del día les traemos un artículo del politólogo turco Adem Kılıç en UWI, cuyo foco está en Ormuz:
El ejemplo del Canal de Suez de 1956, los objetivos maximalistas de Irán y EE. UU., y las realidades globales.
Si bien las tensiones actuales en el estrecho de Ormuz solo están alterando los mercados energéticos mundiales por el momento, los verdaderos impactos importantes se manifestarán en los próximos días.
Unos 60 días después, comenzaron a aparecer los primeros indicios, y el aumento de los costes energéticos desencadenó un efecto dominó en una amplia gama de sectores, desde la escasez de fertilizantes que afectó a las cadenas de producción alimentaria hasta la aviación, el transporte y las cadenas logísticas mundiales.
Sin embargo, a medida que se desarrolla el proceso, parece bastante plausible, desde una perspectiva histórica, que surja un impacto capaz de remodelar el orden mundial, que vaya mucho más allá de estos efectos inmediatos.
¿Se repetirá la historia?
Los acontecimientos que siguieron a la nacionalización del canal de Suez por parte de Egipto en 1956 marcaron un punto de inflexión en el que Gran Bretaña pasó de ser una superpotencia mundial a una potencia eclipsada por Estados Unidos.
En aquel momento, Gran Bretaña, Francia e Israel habían preparado un plan de invasión en respuesta a la nacionalización del Canal de Suez por parte del presidente egipcio Abdel Nasser. Tras la revelación de estos acuerdos, la imagen diplomática global de Gran Bretaña quedó destrozada, y el resultado posterior sobre el terreno supuso el fin del estatus de superpotencia de Gran Bretaña.
Hoy en día, se está desarrollando un proceso similar para Estados Unidos en el estrecho de Ormuz.
Aunque los estrechos de Suez y Ormuz difieren en su estatus, el cierre del estrecho tras los ataques estadounidenses contra Irán y la posibilidad de que su estatus cambie al final de la guerra plantean la pregunta: «¿Podría desarrollarse un nuevo escenario como el de 1956?».
La probabilidad de que el estrecho vuelva a abrirse y la paradoja de la seguridad
En este momento, la reanudación de las operaciones normales en el estrecho de Ormuz depende ahora exclusivamente de un compromiso político entre Estados Unidos e Irán o del estallido de una guerra en la región.
Más allá de eso, incluso si el estrecho volviera a abrirse, es casi seguro que el tráfico marítimo no recuperará su plena capacidad y que las tensiones en la región persistirán hasta que exista la firme convicción de que se ha eliminado el riesgo de que vuelva a cerrarse.
Esto se debe a que las afirmaciones de Irán sobre el sembrado de minas, las actividades de interferencia de la señal GPS, los riesgos para la seguridad de la navegación y la falta de una estrategia clara por parte de EE. UU. están agravando esta incertidumbre.
Por otra parte, en un entorno así, la idea de transitar por el estrecho de Ormuz sin escolta militar no parece muy aceptable para los actores comerciales.
Sin embargo, el hecho de que la Armada de los Estados Unidos carezca de la capacidad para proteger todo el tráfico comercial simultáneamente, y la necesidad de garantizar la seguridad mediante una fuerza naval multinacional, crea un punto muerto.
Al fin y al cabo, ninguno de los aliados de los Estados Unidos ha respondido positivamente a sus llamamientos para formar una «Coalición de Ormuz» en los últimos 60 días.
Conclusión
A la luz de todos estos datos, parece que la situación actual ha evolucionado hacia un escenario mucho más complejo que el de las guerras interestatales tradicionales.
Los elementos híbridos, la infraestructura energética, el comercio marítimo y las herramientas de presión económica están todos en juego simultáneamente.
La capacidad de Irán para bloquear la ecuación demuestra la rapidez con la que puede influir en el sistema global a pesar del desequilibrio de poder convencional, mientras que el fracaso de Estados Unidos y sus aliados a la hora de unirse a este país para desbloquear la situación apunta a una nueva ruptura estratégica, similar a la de 1956.
En otras palabras, en este momento, Estados Unidos ha entrado en una fase en la que está ejerciendo presión no solo sobre Irán, sino también sobre su propio sistema de alianzas.
La crisis centrada en el estrecho de Ormuz ya no es meramente una cuestión de seguridad energética; se ha transformado en una lucha de poder multifacética que pone a prueba la fragilidad del sistema global.
En otras palabras, cualquier bloqueo en el estrecho afecta directamente no solo al flujo de petróleo, sino también al funcionamiento del orden internacional.
En esta coyuntura, la cuestión ya no es quién exporta cuánto petróleo, sino más bien cómo el estrecho de Ormuz remodelará el orden global.


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