Estimados lectores, en la gran traducción del día les traemos un artículo de Mohamad Shams Eddine en The Cradle. Una vez más, el foco en Líbano:
Estados Unidos está poniendo a prueba hasta dónde se puede alargar políticamente el actual alto el fuego, mientras el Líbano se enfrenta a una presión cada vez mayor sin un consenso interno claro.
El Líbano ha entrado en una fase política sumamente delicada desde el paso de la guerra abierta con Israel a un alto el fuego temporal bajo el patrocinio directo de Estados Unidos. Las armas no han callado del todo en el sur y, sin embargo, la atención ya se ha desplazado hacia lo que vendrá después.
Se están realizando esfuerzos para convertir el alto el fuego en una vía de negociación sostenida. Sobre el papel, la prioridad es la estabilidad a lo largo de la frontera sur. En la práctica, el debate se extiende rápidamente a un terreno más polémico: el futuro de las armas de Hezbolá, el papel del Estado y si el Líbano podría verse arrastrado a una trayectoria política sin precedentes con Israel.
La segunda ronda de conversaciones entre el Líbano e Israel en Washington supuso un paso notable en esta dirección. La decisión del presidente estadounidense Donald Trump de prorrogar el alto el fuego tres semanas proporcionó tiempo adicional, lo que en Beirut se interpretó ampliamente como una oportunidad para comprobar si las negociaciones podrían dar lugar a algo más duradero.
Hezbolá rechaza la prórroga
Hezbolá, sin embargo, rechazó la prórroga de plano. Mohammad Raad, jefe del bloque parlamentario «Lealtad a la Resistencia», desestimó el acuerdo, argumentando que cualquier tregua que conceda a Israel libertad para llevar a cabo ataques dentro del territorio libanés no puede considerarse un alto el fuego.
También criticó a los dirigentes libaneses, advirtiendo que entablar negociaciones directas con Tel Aviv en medio de una guerra en curso no cuenta con consenso nacional y equivale a una violación constitucional.
Para Hezbolá, la prórroga no supone tanto una desescalada como un intento de formalizar un acuerdo unilateral bajo la supervisión de EE. UU.
Las declaraciones de Trump fueron más allá de lo esperado. Su sugerencia de que podría celebrarse una reunión entre el presidente libanés Joseph Aoun y el primer ministro israelí Benjamin Netanyahu durante este periodo provocó una reacción inmediata en el Líbano.
El propio Aoun ha insistido en que «nunca, en absoluto, he considerado ponerme en contacto con el primer ministro israelí Benjamin Netanyahu». Incluso sin respaldo formal, la mera idea bastó para reabrir el debate sobre la normalización.
Un contacto directo a tal nivel chocaría con restricciones políticas y legales de larga data, entre las que destaca la ley de boicot de 1955 promulgada durante la era del presidente Camille Chamoun. Esa ley es anterior a Hezbolá y refleja la alineación de Beirut con el consenso árabe que rechaza la normalización fuera de una resolución integral de la causa palestina.
Vías paralelas en el enfoque de Washington
Washington parece estar avanzando en dos frentes a la vez.
El primero se centra en la seguridad y tiene como objetivo evitar el retorno a un enfrentamiento a gran escala. Los ataques israelíes continúan en todo el sur del Líbano, mientras que Hezbolá mantiene operaciones limitadas que describe como respuestas a las violaciones. La situación sigue siendo volátil, incluso bajo un alto el fuego declarado.
El segundo frente es político. En este caso, el objetivo es aprovechar el momento actual para reabrir expedientes de larga data: la demarcación de fronteras, la retirada israelí, el intercambio de prisioneros y los 13 puntos en disputa a lo largo de la Línea Azul. Estas cuestiones ya se han debatido anteriormente, pero el contexto actual les confiere una urgencia renovada.
Fuentes políticas consultadas por The Cradle afirman que Washington no se limita a debates técnicos. Según sostienen, la presión se extiende hacia la configuración de un resultado político más amplio, aprovechando la presión militar, las tensiones económicas y la necesidad del Líbano de poner fin a los combates.
Desde esta perspectiva, el alto el fuego se convierte en parte de un esfuerzo más amplio por ajustar los equilibrios internos y reducir el margen de maniobra de Hezbolá.
La gestión de las negociaciones desde Beirut
Los dirigentes libaneses están tratando de manejar esta fase con cautela.
El primer ministro libanés, Nawaf Salam, y el presidente Aoun están trabajando para mantener una posición unificada, enmarcando las negociaciones como un proceso liderado por el Estado. Sus prioridades siguen siendo las mismas.
Se centran en consolidar el alto el fuego, garantizar la retirada israelí de las zonas ocupadas, detener las violaciones en curso, asegurar el regreso de los detenidos y permitir el despliegue completo del ejército libanés a lo largo de la frontera.
Incluso dentro de este marco, las limitaciones son evidentes. Las negociaciones se desarrollan bajo presión, y cualquier cambio de tono o de rumbo corre el riesgo de desencadenar repercusiones políticas en el país.
La postura saudí establece los límites
La dinámica regional está definiendo los límites de lo que el Líbano puede hacer. Arabia Saudí ha dejado clara su postura a través de la comunicación directa con los responsables libaneses.
Durante una visita a Riad, el diputado Ali Hassan Khalil se reunió con el príncipe Yazid bin Farhan y le transmitió una postura clara: las negociaciones para poner fin a la guerra son aceptables, pero la normalización unilateral no lo es.
Esto refleja la postura árabe más amplia establecida en la Iniciativa de Paz Árabe de Beirut de 2002, que vincula la normalización a la creación de un Estado palestino y a un acuerdo global.
Según las fuentes, este mensaje llegó pronto a Beirut y contribuyó a frenar cualquier debate serio sobre una posible reunión entre Aoun y Netanyahu. El presidente Aoun parecía confiar en el respaldo estadounidense como cobertura política suficiente, pero la intervención del presidente del Parlamento libanés, Nabih Berri, reforzada por la postura saudí, modificó los cálculos internos.
Para el Líbano, los riesgos son inmediatos. Cualquier movimiento unilateral hacia la normalización acarrearía importantes consecuencias internas y regionales, lo que podría desestabilizar el panorama político y debilitar sus lazos dentro del marco árabe.
El papel de Berri y el marco de Taif
El presidente Berri se ha situado en el centro de esta fase.
Sigue gestionando la comunicación con Hezbolá y actúa como canal clave entre el Estado y el «dúo chií»: el Movimiento Amal y Hezbolá. Al mismo tiempo, está trabajando para restablecer los lazos con Riad y mantener al Líbano alineado con los acontecimientos regionales más amplios.
Berri también ha vuelto a situar el Acuerdo de Taif en el centro de las discusiones en torno a las armas de Hezbolá. Su postura vincula la cuestión directamente con la plena aplicación de Taif, lo que incluye la abolición del sectarismo político, el establecimiento de un senado, la adopción de la descentralización y el restablecimiento del equilibrio institucional.
Este enfoque eleva lo que está en juego en cualquier intento de abordar el expediente de las armas de forma aislada, vinculándolo en su lugar a cuestiones estructurales sin resolver dentro del sistema libanés. Esta posición interna está moldeada por una lectura regional más amplia.
A pesar de la magnitud de la reciente destrucción, Irán no ha quedado marginado. Por el contrario, opera en el marco de un acuerdo político-de seguridad flexible con Arabia Saudí, Turquía y Pakistán, mientras que Egipto se mantiene en una posición que permite una futura colaboración.
Para los actores libaneses alineados con esta visión, el panorama regional en evolución proporciona un cierto grado de cobertura política y reduce la probabilidad de que la presión unilateral se traduzca en concesiones inmediatas.
Profundización de las divisiones internas
El enfoque de Hezbolá refleja estas dinámicas cambiantes. El movimiento reconoce que la guerra ha alterado el panorama político y que ya no es realista volver a la situación anterior al 8 de octubre de 2023. Al mismo tiempo, rechaza cualquier vuelta a las condiciones que existían antes del 28 de febrero de 2026, cuando Israel operaba con relativa libertad dentro del Líbano a pesar del llamado alto el fuego alcanzado en noviembre de 2024.
Esto explica su postura actual: mantener las respuestas a las violaciones israelíes al tiempo que se evita una escalada total.
Para Hezbolá, el significado de un alto el fuego está ligado a los acontecimientos sobre el terreno. Mientras continúen los ataques israelíes y los territorios libaneses permanezcan bajo ocupación israelí, la situación no se resolverá.
Dentro del Líbano, las divisiones políticas se están acentuando.
Un bando considera el momento actual como una oportunidad para reforzar la autoridad del Estado y limitar las armas a las instituciones oficiales.
El bando contrario ve las negociaciones como una herramienta para ajustar cuentas con Hezbolá e imponer una nueva realidad política en el Líbano, potencialmente la más peligrosa desde el 17 de mayo de 1983.
Estas perspectivas contrapuestas tienen su origen en diferentes interpretaciones tanto de los riesgos como de las oportunidades que presenta la fase actual.
Una frágil apertura bajo presión
Las conversaciones aún podrían producir avances concretos. La consolidación del alto el fuego, la retirada israelí, una mayor presencia del Estado, el retorno de las comunidades desplazadas y el inicio de la reconstrucción siguen sobre la mesa.
Pero esa misma vía conlleva riesgos evidentes. Si las negociaciones traspasan las líneas rojas tácitas, ya sea a nivel interno o en lo que respecta a la posición árabe, las repercusiones no quedarán contenidas.
Nada de lo acordado actualmente está zanjado. Las violaciones israelíes continúan y el alto el fuego sigue siendo, en el mejor de los casos, parcial. Las negociaciones avanzan, pero sin garantías firmes ni un consenso interno compartido.
La siguiente fase revelará si este proceso mantiene la línea o abre un nuevo frente dentro del propio Líbano.


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