Estimados lectores, en la gran traducción del día les traemos un artículo de Mohamad Shams Eddine en The Cradle. Una vez más, el foco en Líbano:
Tres vías de negociación paralelas están determinando el curso de la guerra en el Líbano y sus consecuencias, pero las decisiones reales se están tomando más allá de sus fronteras.
El Líbano está pagando una vez más el precio de decisiones tomadas mucho más allá de sus fronteras. A medida que la destrucción se extiende por sus ciudades del sur y la amenaza de una escalada se cierne sobre el país, este se ve arrastrado a un conflicto determinado menos por la dinámica local que por los cálculos de potencias externas.
En Washington, la región se ve filtrada a través de la política interna. Las tensiones económicas, la rivalidad estratégica y el calendario electoral empujan a la Casa Blanca a buscar algo que pueda vender como una victoria. En Tel Aviv, lo que está en juego es más inmediato. El primer ministro israelí, Benjamin Netanyahu, gestiona una frágil posición política bajo presión legal, y un enfrentamiento prolongado le da un respiro.
Ambos líderes desean un resultado claro que puedan presentar como una victoria. Pero no se ponen de acuerdo sobre cómo lograrlo, y ninguno opera en condiciones que faciliten tal resultado. En EE. UU., se cierne la perspectiva de pérdidas electorales. En Israel, la política de coalición sigue siendo volátil, con figuras como Avigdor Lieberman en posición de influir en cualquier futuro gobierno.
Entre estas presiones, Beirut se convierte en un espacio de negociación. La guerra sirve de herramienta, integrada en los calendarios políticos de otros lugares.
Existe una creciente aceptación en los círculos diplomáticos de que lo que finalmente pueda surgir no sea una victoria decisiva, sino algo más ambiguo: acuerdos que permitan a cada parte proclamar el éxito sin resolver el conflicto de manera fundamental.
La prioridad es contener los daños y reducir los combates sin obligar a ninguna de las partes a sufrir una derrota abierta.
Tres vías, un resultado
El futuro del Líbano se está configurando ahora a través de tres vías de negociación paralelas.
La primera es el canal patrocinado por EE. UU. entre el Estado libanés e Israel. La segunda gira en torno a los contactos de los que se ha informado —indirectamente— entre Washington y Hezbolá. La tercera, y más trascendental, es la vía de negociación entre EE. UU. e Irán que surgió de las conversaciones de Islamabad y sigue marcando los cálculos regionales.
En conjunto, estas vías demuestran que el expediente libanés ya no es un asunto aislado. Ahora se inscribe en una negociación regional más amplia, determinada tanto por el equilibrio entre Washington y Teherán como por los acontecimientos sobre el terreno.
Cualquier interpretación de los acontecimientos que aísle el frente sur de estas dinámicas más amplias corre el riesgo de pasar por alto la lógica que impulsa tanto la escalada como la moderación.
Un acuerdo sin equilibrio
Las negociaciones llevadas a cabo por el Estado libanés se han ido acercando a lo que los funcionarios describen como un marco o una declaración de intenciones. Pero los detalles ya han provocado rechazo dentro del Líbano.
Según fuentes políticas, el presidente del Parlamento libanés, Nabih Berri, se ha opuesto a la estructura del acuerdo propuesto, calificándola de desigual. La carga de la implementación recae en gran medida sobre Hezbolá, mientras que las obligaciones de Israel siguen siendo vagas. No hay un calendario claro ni para el alto el fuego ni para la retirada del territorio libanés ocupado.
Uno de los elementos más controvertidos que se están debatiendo es la idea de las «zonas modelo» en el sur. En estas zonas se produciría el regreso de la población civil y la vuelta a la vida normal bajo el control de las Fuerzas Armadas Libanesas (FAL). Sobre el papel, la propuesta ofrece una vía hacia la distensión. En la práctica, plantea interrogantes inmediatos.
¿Qué ocurre con la presencia actual de Hezbolá en estas zonas? ¿Cómo se desmantela su infraestructura? ¿Y con qué garantías?
La cuestión central son las garantías: cómo evitar la vigilancia o los ataques israelíes. Para el movimiento de resistencia libanés, el riesgo no reside solo en la exposición inmediata durante la retirada, sino en la vulnerabilidad a largo plazo si se revelan identidades y posiciones.
El dilema de seguridad
La cuestión para Hezbolá no es si participar, sino cómo.
El marco propuesto implica una retirada por fases de las zonas designadas, la entrega de armas y la entrada de las Fuerzas Armadas Libanesas (FAL) con el apoyo de equipos técnicos vinculados a EE. UU. El riesgo, desde la perspectiva de Hezbolá, está implícito en el propio proceso.
La retirada los deja al descubierto. El mapeo de posiciones, rutas y nombres conlleva el riesgo de ataques inmediatos y de una futura infiltración. Quienes den un paso atrás ahora pueden ser perseguidos más adelante.
Por eso la cuestión de las garantías ha cobrado un papel central. Sin mecanismos creíbles para impedir la vigilancia o los ataques posteriores, cualquier redespliegue corre el riesgo de convertirse en una vulnerabilidad en lugar de en un paso hacia la estabilización.
Esto también explica por qué la implementación, más que los principios, se está perfilando como el principal obstáculo.
Concesiones bajo presión
A pesar de estas preocupaciones, hay indicios de que Hezbolá ha mostrado flexibilidad en las conversaciones extraoficiales.
Entre las ideas que se barajan se incluyen la reducción de ciertas capacidades estratégicas, como los activos de misiles, y la limitación de la participación en el frente sur, incluso en ausencia de una retirada total de Israel. Estos cambios se producen bajo una presión militar sostenida y un clima regional cambiante.
Pero vienen con condiciones. La principal de ellas es un cese total de los ataques israelíes: los ataques aéreos, las demoliciones y la destrucción sistemática observada en las aldeas del sur en los últimos meses. Cada parte está intercambiando moderación por moderación. Si eso se mantendrá es otra cuestión.
El canal discreto
Paralelamente a la vía formal, existe otra más discreta y ambigua.
Las especulaciones sobre los contactos entre EE. UU. y Hezbolá se han intensificado en los últimos meses, alimentadas en parte por declaraciones públicas y en parte por filtraciones. Hezbolá ha negado las afirmaciones de conversaciones directas con Trump. Algunos funcionarios reconocen la existencia de comunicación indirecta, mientras que otros insisten en que no existe ningún canal directo.
Lo que goza de mayor aceptación es que se han celebrado reuniones a través de intermediarios, a menudo en terceros países. Estos encuentros tienen menos que ver con la negociación en sentido estricto que con el envío de señales: establecer posiciones, sondear límites y perfilar expectativas.
Para Hezbolá, la interacción a este nivel ofrece una forma de demostrar una voluntad condicional de reducir la tensión, al tiempo que atribuye a Israel la responsabilidad de la continua escalada. Para Washington, proporciona un canal para influir en el comportamiento sin reconocimiento formal.
Señales desde Doha e Islamabad
Los recientes acontecimientos han alimentado las especulaciones en torno a los canales indirectos que operan entre Hezbolá y Washington. Los informes de que el jefe de relaciones internacionales de Hezbolá, Ammar al-Moussawi, estuvo presente junto al diputado Ali Hassan Khalil en Qatar han reavivado las preguntas sobre el papel de Doha como sede de la comunicación por canales extraoficiales.
Al mismo tiempo, la visita del comandante de las Fuerzas Armadas Libanesas (FAL), el general Rudolphe Haikal, a Islamabad ha llamado la atención en medio de informes sobre un posible apoyo pakistaní al ejército libanés durante cualquier futuro despliegue en el sur tras una retirada israelí. Las conversaciones también han abordado un posible papel de Pakistán en futuros acuerdos internacionales, lo que refleja la capacidad de Islamabad para mantener relaciones de trabajo con Washington, Teherán y las principales capitales árabes.
Mientras tanto, en el interior del Líbano, los equilibrios políticos permanecen en gran medida intactos. Según fuentes políticas, Hezbolá no tiene intención de enfrentarse al presidente libanés Joseph Aoun ni al primer ministro Nawaf Salam en esta etapa. La cuestión más significativa se refiere a si las futuras elecciones parlamentarias y los cambios en los equilibrios de poder podrían alterar esos cálculos.
Islamabad marca el límite
Washington pasó meses tratando de separar el expediente libanés de sus negociaciones con Irán. Teherán presionó en la dirección opuesta, tratando al Líbano como parte de un acuerdo más amplio.
Las recientes escaladas no han hecho más que reforzar ese vínculo. Las respuestas iraníes a las acciones israelíes han señalado claramente que el Líbano sigue integrado en un marco de disuasión más amplio.
Incluso los cambios sutiles en la retórica lo reflejan. Las declaraciones que sugieren que los lazos del Líbano con Irán no son intrínsecamente problemáticos —si se enmarcan en la estabilidad— apuntan a un reajuste, por limitado que sea, en la forma de abordar el asunto.
En la práctica, esto significa que lo que ocurre en el sur del Líbano depende cada vez más de acuerdos alcanzados lejos de allí.
Paralelamente a las negociaciones, los intercambios de fuego entre Israel y Hezbolá han reavivado el debate sobre nuevas fórmulas de disuasión, a menudo reducidas a «Dahiye a cambio de los asentamientos israelíes».
Lo que se observa ahora es una fase de prueba. Cada parte está tanteando el terreno, evaluando los límites de la otra y esbozando dónde comienza y termina la escalada.
No se trata aún de una disuasión consolidada, pero es así como se está configurando.
Un resultado ya limitado
El margen de maniobra interno del Líbano sigue siendo reducido, determinado tanto por las presiones externas como por sus propios equilibrios.
Incluso si surgiera un acuerdo más amplio entre Estados Unidos e Irán, hay pocos indicios de que Hezbolá pueda ser expulsado del panorama político. Lo que parece más probable es un reajuste, con modificaciones en su postura militar junto con un papel político continuado y controvertido.
Por ahora, los equilibrios internos se mantienen. No hay ningún movimiento inmediato hacia una confrontación institucional, y los actores clave parecen decididos a evitar una ruptura que agravaría una situación ya de por sí frágil.
Una guerra que se perfila más allá del Líbano
El Líbano se encuentra ahora en la encrucijada de las negociaciones y las realidades militares cambiantes.
Ninguna de las vías en curso —en Beirut, Washington o a través del canal abierto en Islamabad— ha dado lugar a un resultado claro. La guerra sigue sin resolverse y sus reglas aún están tomando forma. Lo que ha cambiado es el lugar donde se toman esas decisiones.
La trayectoria del conflicto ya no está impulsada principalmente por los acontecimientos en el sur, sino por negociaciones en otros lugares, donde el Líbano aparece como un expediente más entre muchos. Su rumbo, por ahora, se decide más allá de sus fronteras.


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