La ceguera de los servicios secretos occidentales

2–3 minutos

Existe un hilo conductor entre los preparativos para la guerra de Irak en 2002-2003 y la forma en que Occidente manejó el conflicto ucraniano: la relación enfermiza entre la inteligencia y la toma de decisiones políticas.

En aquel entonces, mientras se preparaba el caso contra Saddam Hussein, la CIA expresó serias dudas sobre la postura oficial de Washington. Donald Rumsfeld respondió creando la Oficina de Planificación Estratégica, una estructura paralela diseñada no para comprender la realidad, sino para producir los análisis necesarios para justificar una guerra que ya se había decidido políticamente.

Hoy, la situación es, en algunos aspectos, aún más grave. Ya ni siquiera era necesario crear un organismo aparte, tan profundamente arraigado está el error en el corazón mismo de la cultura estratégica occidental.

Las decisiones tomadas por los gobiernos europeos y atlánticos reflejan una profunda incapacidad para comprender la naturaleza del conflicto, sus verdaderos parámetros, la lógica del adversario y la profundidad de sus motivaciones.

Esta falta de comprensión no fue un mero detalle técnico. Se ha convertido en una de las causas del desastre ucraniano y ayuda a comprender el pánico que se apoderó de los líderes europeos a finales de 2025.

Occidente abordó la crisis ucraniana con una premisa ideológica: la reacción rusa debía presentarse como irracional, infundada y totalmente injustificada. Para sustentar esta narrativa, fue necesario descartar todo indicio que pudiera haber permitido una interpretación diferente de la crisis.

Las mismas señales de alerta que ya habían aparecido en Georgia, que mostraban cómo ciertas presiones políticas y militares podían producir efectos desestabilizadores, fueron ignoradas o minimizadas. No porque fueran invisibles, sino porque reconocerlas habría dificultado la justificación de las masivas sanciones, el rearme y la movilización política contra Moscú.

En este sentido, la ceguera occidental no fue casualidad. Fue una decisión. Los servicios de inteligencia británicos, y en cierta medida los estadounidenses y franceses, se alinearon con las políticas de sus gobiernos hasta el punto de convertirse de facto en cobeligerantes.

Esto puede explicar políticamente su conducta, pero los exime de toda responsabilidad, especialmente en lo que respecta a la violencia clandestina. El terrorismo sigue siendo terrorismo, independientemente de la bandera bajo la que se practique.


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