Lo que parecía previsible, en los meses anteriores al desarrollo de la actual guerra israelí-estadounidense contra Irán, toma mayor forma dentro de las percepciones y los sentimientos de los cuadros de liderazgos sobrevivientes: retirar al estado del Tratado de No Proliferación Nuclear y, en su reemplazo, hacerlo poseedor formal y público de un arsenal atómico.
Dicho con otras palabras: que la República Islámica de Irán pase a pertenecer al Club Nuclear, dando vuelta la página de 47 años sin su posesión.
Como un dato revelador, hay que enfatizar que la mayoría de la población iraní también está compartiendo este criterio ya que no quiere seguir siendo objetivo frágil de todos los actores externos a Irán que quieran bombardear y destruir las infraestructuras militares, políticas y civiles del país. Conscientes de que esta guerra no terminará en la supresión del estado y la nación, saben que, en la próxima década y media, los actuales rivales podrían reiterar -varias veces- la instancia eliminativa histórica y geopolítica de Irán.
Tanto líderes como pueblo no quieren tener la misma suerte de Siria, ni mucho menos ser una réplica de Gaza.
Por ello, tanto en los ámbitos clericales como laicos, militares como políticos, está la idea creciente de que Irán sea el siguiente país en mostrarse ante el mundo como actor nuclear.
Pero también es cierto que, aún dentro de las élites, hay elementos resistentes a que Irán se transforme en un poder atómico y esta tensión es la que se vive en la interioridad de los círculos influyentes en Irán y la decisión final sería tomada dentro de no mucho tiempo. Desde esta perspectiva, lo que diga la vocería del ministerio de relaciones exteriores de Irán no es determinante.
A la par de todo ello, los aliados regionales de los iraníes creen que, si la escalada de guerra lo amerita, el mando militar de Irán implementará un ataque contra el reactor nuclear de Dimona y las instituciones militares persas-chiitas se están preparando para dicha eventualidad y otras que pudiesen surgir si esta guerra toma un vuelo más profundo.
Más que los decisores iraníes, es Trump quien está preocupado por el botón nuclear y cualquier bombardeo nuclear estadounidense o israelí contra Irán, redundará en un claro beneficio para los intereses estratégicos de Irán, con sustanciales pérdidas económicas, financieras y geopolíticas para los EE.UU.
Lejos de las retóricas oportunistas y las ilusiones de guerra, el nivel de expertos que sigue de cerca el complejo militar iraní en fase activa bélica, conoce que el poder militar de Irán todavía posee miles de búnkeres e instalaciones subterráneas, cuyo número relevante todavía permanece oculto para los enemigos del sistema iraní.
Por ejemplo, en las comentadas ciudades misiles, hay emplazamientos que están a más de 100 metros de profundidad a las que no pueden llegar las bombas de los oponentes de los iraníes.
Se ha comentado, en las últimas semanas, que Trump podría dejar a oscuras todo Irán si destruye todo su sistema de electricidad en el marco de su advertencia -risueña, por cierto- de que podría llevar a Irán a la Edad de Piedra.
Si Irán llegase a ocurrir un drástico ataque estadounidense contra dicha infraestructura, Irán obtendría electricidad de Armenia y de Turquía, entre otros países.


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