Estimados lectores, en la gran traducción del día les ofrecemos en español un artículo de Oğul Tuna en Multipolar Press sobre el recientemente fallecido Habermas.
LA CONFIGURACIÓN DEL PRÓXIMO CONFLICTO
Oğul Tuna explica cómo Pekín determina cada vez más el ritmo y el terreno del enfrentamiento global que se avecina, aun cuando Washington sigue poseyendo un poder inmenso.
La reciente reunión en Pekín entre el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, y el presidente chino, Xi Jinping, se había esperado con gran expectación como un momento «histórico». El trato frío que Xi dispensó a Trump en octubre de 2025 y el ataque contra Irán en febrero de 2026 habían suscitado dudas sobre si la cumbre llegaría siquiera a celebrarse.
Sin embargo, al final, el presidente estadounidense aterrizó en Pekín el 13 de mayo. Desde la ceremonia de bienvenida, a la que el propio Xi no asistió, hasta las declaraciones que ambos líderes pronunciaron posteriormente, la cumbre se caracterizó por el simbolismo y la retórica.
A fecha de 17 de mayo, resulta difícil estar de acuerdo con los analistas occidentales que describieron la reunión como un caso de «la montaña que dio a luz a un ratón». Sí, la cumbre no produjo ningún avance significativo.
Nunca se esperó que dos potencias enzarzadas en una rivalidad estratégica a largo plazo conciliaran sus intereses en las cuestiones fundamentales en las que chocan de manera radical. Sin embargo, la imagen creada por la postura de ambos líderes —especialmente los mensajes contradictorios de la parte estadounidense— reveló algo completamente distinto: Trump y Xi se asemejan a versiones modernas de Mijaíl Gorbachov y Ronald Reagan, moldeadas por las condiciones políticas y sociales de hoy.
Xi, en particular, marcó el tono de la era venidera con unas declaraciones que recordaban la famosa frase de Reagan: «¡Sr. Gorbachov, derribe este muro!». La potencia hegemónica está agotada, China está configurando las condiciones del enfrentamiento, y la reunión entre los dos líderes supuso menos un avance que un interludio.
«EL HEGEMÓN AGOTADO» EN PEKÍN
Utilizando la expresión acuñada por el especialista en política exterior china Hüseyin Korkmaz, incluso el viaje del «hegemón agotado» a Pekín tuvo un enorme significado simbólico. Estados Unidos sigue siendo poderoso y quizá siga siendo la fuerza dominante en el mundo, pero ya no puede gestionar las crisis globales por sí solo. Por esa razón, Washington busca puntos en común con China para reducir su carga.
Esta postura en sí misma contiene una contradicción. Al igual que Gorbachov, Trump intentó inicialmente renovar y purificar el imperio con el fin de preservarlo. Sus primeros pasos en política exterior reflejaron una tendencia aislacionista y un deseo de replegarse hacia una estrategia centrada en el territorio continental estadounidense. Al fin y al cabo, la principal amenaza se encontraba en el Pacífico, concretamente en la propia China.
Sin embargo, para sorpresa de muchos burócratas, diplomáticos y expertos en relaciones internacionales, la Administración estadounidense se vio más profundamente enredada en Oriente Medio que en cualquier otro momento de su historia, incluso mientras se preparaba para retirarse de la región.
Así, mientras se preparaba para la confrontación con China —el verdadero «jefe final» del juego geopolítico—, Washington viajó en cambio a Pekín para debatir sobre Irán, Taiwán y las guerras tecnológicas.
A lo largo de este proceso, Xi actuó de una manera que recordaba al estratega chino Sun Tzu, de hace dos mil quinientos años, y a su principio de que «el bando victorioso determina las condiciones de la victoria antes de que comience la guerra». El escenario era Pekín. El ritmo lo marcaba Pekín. Los temas principales de la agenda ya no los dictaba únicamente Washington.
Incluso antes de que Trump partiera hacia China, las misiones diplomáticas chinas habían estado publicando lemas asociados a la expresión de la Guerra Fría «coexistencia pacífica», lo que reflejaba precisamente este ambiente. En ese contexto, las imágenes que Xi proyectó junto a Trump —y el comportamiento inusualmente comedido, cortés y culturalmente respetuoso de Trump hacia China— tuvieron un significado a todos los niveles.
TRES TEMAS: IRÁN, TAIWÁN Y LA TECNOLOGÍA
China no dejó sin respuesta los mensajes más conciliadores de Washington. Sin embargo, tras la imagen amistosa en Pekín se escondían las realidades del estrecho de Ormuz, la cuestión de Taiwán, los elementos de tierras raras, la inteligencia artificial, el espionaje y los conflictos en la cadena de suministro.
Estas cuestiones demuestran que la rivalidad entre Estados Unidos y China ha evolucionado más allá de la mera competencia militar o diplomática, convirtiéndose en una lucha por las propias infraestructuras y los sistemas tecnológicos.
La mayor expectativa de Trump respecto a Xi era, sin duda, la ayuda en relación con Irán y la reapertura de un respiro para la economía mundial. Esto reveló claramente que Estados Unidos ya no puede resolver todas las crisis por sí solo, especialmente aquellas capaces de producir réplicas masivas, como en el caso de Irán. Sin embargo, China no desea actuar como «subcontratista» de Estados Unidos ni de ningún otro actor. Pekín busca, en cambio, preservar su propio papel como artífice del orden.
El mensaje más contundente de las conversaciones —uno que nadie había previsto— provino del propio Xi. El líder del Partido Comunista Chino, conocido habitualmente por su tono tranquilo, mesurado y constructivo, invocó el concepto de la «trampa de Tucídides», lo que inspiró debates en innumerables artículos y en diversos idiomas. El concepto, que lleva el nombre del antiguo estratega griego Tucídides, describe el riesgo de guerra que surge cuando una potencia emergente comienza a amenazar a una hegemonía establecida.
Sin embargo, en la cumbre entre Trump y Xi, la expresión apuntaba menos hacia una guerra inevitable que hacia la cuestión de cómo se gestionará la propia competencia. China no busca ni una escalada inmediata ni una confrontación directa con Estados Unidos. Más bien, Pekín desea llevar a cabo esta rivalidad a su propio ritmo, dentro de un marco en el que se reconozcan sus líneas rojas y prevalezca lo que denomina «estabilidad estratégica constructiva».
A pesar de su lenguaje constructivo, Pekín también parece estar adaptando a las condiciones modernas la doctrina de la «guerra prolongada» desarrollada por el fundador de la República Popular China, Mao Zedong. Una vez más, la máxima de Sun Tzu de que «el arte supremo de la guerra consiste en someter al enemigo sin luchar» sirve de principio rector.
China no está intentando derrotar a Estados Unidos mediante una confrontación militar directa. En su lugar, busca construir un entorno que restrinja gradualmente la libertad de movimiento de Estados Unidos —desde los minerales de tierras raras hasta las normas de IA, desde el Golfo Pérsico hasta el Mar de China Meridional—.
El énfasis de Mao en la lucha prolongada y la voluntad política complementa esta estrategia. Desde la perspectiva de China, la cuestión clave no es si Estados Unidos posee poder, sino cuánto tiempo puede Washington mantener ese poder simultáneamente en Irán, Taiwán, la competencia tecnológica y la política interna.
En este sentido, la estrategia de Xi no consiste en desafiar abiertamente a Estados Unidos con el fin de provocar una guerra. Más bien, consiste en ganar terreno discretamente en aquellas áreas que agravan los problemas de capacidad, voluntad política y tiempo de Estados Unidos.
NO ES UNA TRAMPA, SINO UNA INSTABILIDAD CONTROLADA
Como sugieren algunos analistas, la advertencia de Xi sobre la «trampa de Tucídides» no significa que China tema la guerra. La advertencia demuestra, en cambio, el deseo de China de encauzar la competencia hacia un marco a largo plazo, controlado y manejable que le resulte favorable. Mientras tanto, las campanas ya están repicando para Taiwán. Una sola chispa allí este otoño podría sumir al mundo entero en llamas.
Independientemente de las exigencias de Estados Unidos, China no busca el fin de la rivalidad. Lo que Pekín desea es una forma de competencia que siga siendo «mesurada», «manejable» y respetuosa con las líneas rojas de China.
Los funcionarios chinos advierten de que un mal manejo de la cuestión de Taiwán podría conducir a «conflictos e incluso a la guerra», mientras que la parte estadounidense insiste en que su política no ha cambiado e intenta mantener un perfil más bajo al respecto.
El comentario de Trump del 15 de mayo —«Ya saben, se supone que tenemos que recorrer 9.500 millas (15.289 km) para librar una guerra [en Taiwán]. No es eso lo que busco. Quiero que se calmen. Quiero que China se calme»—reflejaba precisamente esta dinámica. Sin embargo, también hay que recordar la famosa observación de Sun Tzu: «Toda guerra se basa en el engaño».
Al final, la cumbre de Pekín no produjo ni paz ni reconciliación, sino más bien un nuevo conjunto de reglas para la competencia. China no considera que evitar la confrontación directa sea una debilidad. En cambio, busca utilizar el tiempo, la geografía y el ritmo de la crisis a su favor. Lo mismo, por supuesto, se aplica a Estados Unidos.
Sin embargo, las realidades materiales que tenemos ante nosotros revelan a una «hegemonía agotada» que se enfrenta a una potencia emergente que señala los bloqueos actuales y declara de manera efectiva: «¡Derribad estos muros!».


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