Una verdad de puño, en la esfera de la política internacional, es que hay incesantes campañas sicológicas para torcer la balance para un lado y el otro en cuestiones problemáticas y vitales que conciernen al futuro del mundo.
A pesar de que estas narrativas que suelen ser acompañadas por la inflamabilidad informativa, consiguen apoderarse, aunque más no sea por unas pocas semanas, de tantos cerebros y sentimientos de muchos mortales humanos, lo cierto es que estos relatos terminan cayendo fácilmente por el despeñadero debido a su escasa o nula congruencia con la realidad.
Las palabras precedentes, son motivadas por el debate que consiste en las afirmaciones vinculadas a un ataque israelí inminente contra las instalaciones nucleares de Irán en el contexto de las conversaciones entre los trumpistas y los iraníes reformistas, quienes, por su lado, tienen la autorización del líder supremo, Alí Jameneí, para sostenerlas en nombre del estado islámico.
En este punto, hay que recurrir a la memoria histórica para ver que tal “operación militar inminente” tiene una antigüedad de, al menos, 20 años sin que la misma se hubiese llevado a la práctica y sin que Irán haya incurrido en una guerra completa y máxima contra Israel y los Estados Unidos como respuesta inmediata.
Por supuesto, del hecho de que Israel no haya “destruido militarmente” la infraestructura nuclear iraní no puede concluirse, cual ley física, que los mandos israelíes ya no lo harán nunca porque las probabilidades históricas y geopolíticas permanecen atadas al desarrollo de los factores humanos tales como el libre albedrío, el conflicto suscitado entre aspiraciones y ambiciones de polos de poder y demás.
Como tampoco puede excluirse que Trump y Netanyahu estén coincidiendo para presionar fuertemente a Teherán, con la “amenaza israelí de improbable concreción”, para que los estadounidenses e israelíes obtengan, en la mesa de negociaciones, cosas que de otro modo no las podrían conseguir teniendo en cuenta la sagacidad y la experiencia que tienen los decisores y los negociadores iraníes.
Por lo tanto, en esta dimensión del gran juego, Netanyahu le estaría siendo funcional a Trump, pero el inquilino de la Casa Blanca, a la vez, estaría siendo presionado por Netanyahu en otras dimensiones y áreas de la región.
Sin atisbo de duda, hay diferencias no menores entre Trump y Netanyahu y es innegable que Tel Aviv se preocupa para que Estados Unidos no coopere con el crecimiento internacional de Irán y para que, si hubiera un acuerdo iraní-estadounidense, los intereses israelíes graviten en él.
Con todo y eso, Israel no tiene las capacidades ni la autonomía suficiente de EE.UU. para destrozar por sí mismo el sistema nuclear de Irán y para entrar en una guerra integral y sin fecha de cancelación contra los iraníes.
A Netanyahu le encantaría que Estados Unidos lanzase ataques militares masivos contra el territorio iraní, pero sólo hay deseos porque es bastante claro que Trump no quiere una guerra abierta contra Irán y que su método de rehacer el Medio Oriente no es idéntico al sostenido por Netanyahu.
Eso sí, los dos jefes de Estado comparten el criterio de restringir, en estos momentos, las proyecciones geopolíticas de Irán, aunque también difieren sobre los grados que esta restricción deba tener.


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