Donald Trump, movido por el ansia de grandeza y un legado imperial, empuja a Estados Unidos hacia una guerra contra Irán que podría desatar un conflicto regional con riesgos nucleares, amenazando no con fortalecer, sino con derrumbar la hegemonía estadounidense.
La posibilidad de un ataque conjunto con Israel hace que una guerra a gran escala sea cada vez más plausible, con consecuencias que podrían extenderse más allá de Asia occidental, culminando en una catástrofe nuclear. En el núcleo de esta amenaza está su obsesión por dejar una marca histórica.
La política de Trump hacia Irán se define por su necesidad de distinguirse de Joe Biden y superar a Barack Obama, no por una estrategia coherente, sino por una agresividad teatral destinada a inmortalizar su presidencia. Esta arrogancia, mezclada con narcisismo, acerca al mundo al borde del abismo. Un ejemplo claro es el asesinato en 2020 del general iraní Qassem Soleimani.
Según el New York Times, el Pentágono ofreció esta opción extrema tras protestas en la embajada estadounidense en Irak, sin esperar que Trump la eligiera. Su decisión buscaba eclipsar la operación contra Bin Laden y deshacer el acuerdo nuclear (PAIC), que él llamó “el peor de la historia”. Irónicamente, quien acusó a Obama de buscar una guerra con Irán por motivos electorales fue quien más cerca estuvo de iniciarla.
El reciente escándalo “Signalgate” reveló cómo las decisiones de Trump priorizan la imagen sobre la estrategia. En un chat filtrado, funcionarios debatían ataques a Yemen con fines partidistas, no tácticos. J.D. Vance señaló las dificultades de justificarlos ante el público, mientras Pete Hegseth insistía en culpar a Biden y a Irán, mostrando una política exterior reducida a venganzas y espectáculo.
Trump ve la presidencia como un lienzo para su mito personal, inspirado en figuras como Napoleón o Andrew Jackson. Su enfoque hacia Irán no es solo geopolítico, sino una cruzada civilizacional, donde “Make America Great Again” evoca el Destino Manifiesto. Irán, para él, no es un país soberano, sino un obstáculo a su supremacía.
Sin embargo, subestima a una nación resiliente que se unió tras la muerte de Soleimani y resistiría aún más ante una agresión.
Un ataque a gran escala podría cerrar el Estrecho de Ormuz, golpear bases estadounidenses y desencadenar una respuesta iraní devastadora, incluso nuclear si Tel Aviv lo considerara necesario. Lejos de asegurar su legado, Trump podría acelerar el declive estadounidense, colapsando mercados globales y cadenas de suministro.
Su visión, alimentada por delirios imperiales, no promete grandeza, sino un caos que la historia recordaría como su verdadero sello.


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