Estimados lectores, en la gran traducción del día les traemos un artículo del periodista Fouad Ibrahim en The Cradle que pone el foco en Irán:
Un frágil cambio en las relaciones entre Irán y el CCG toma forma bajo presión, no sobre la base de la confianza.
La guerra de EE. UU. e Israel contra Irán, iniciada en febrero de 2026, podría marcar en última instancia un punto de inflexión en la historia estratégica del Golfo Pérsico. Si bien el impacto inmediato se hizo patente en los daños militares, las tensiones económicas y el aumento de la inseguridad, le ha seguido un efecto político más discreto.
El ritmo del acercamiento entre Irán y los Estados del CCG se ha acelerado. Lo que en su momento pareció una distensión limitada y táctica apunta ahora hacia una búsqueda más amplia de un marco viable de coexistencia.
Esta evolución representa una paradoja ya conocida. La guerra no ha borrado la rivalidad. Por el contrario, ha profundizado la sensación en toda la región de que una confrontación prolongada conlleva ahora unos costes difíciles de soportar.
La experiencia de la guerra de Estados Unidos e Israel contra la República Islámica demostró no solo los límites del poder militar, sino también la creciente insuficiencia de las garantías de seguridad externas como fundamento exclusivo de la estabilidad del Golfo.
Tanto para Irán como para el CCG, la guerra dejó claro que la competencia tendría que gestionarse, en lugar de dejarse que se intensificara.
Sin embargo, el acercamiento emergente no debe confundirse con el fin de la rivalidad geopolítica en el Golfo. Más bien, refleja la aparición de lo que podría describirse como un modelo de «coexistencia competitiva»: un orden político en el que los adversarios buscan regular, en lugar de eliminar, su competencia estratégica.
La sostenibilidad de este proceso sigue siendo incierta y dependerá de si ambas partes logran institucionalizar la cooperación al tiempo que gestionan profundos desacuerdos sobre la seguridad regional, los conflictos por poder y el futuro equilibrio de poder en Asia Occidental.
Recalibración estratégica tras la guerra
El renovado impulso hacia la reconciliación tras la guerra de EE. UU. e Israel contra la República Islámica surgió de una convergencia de cálculos estratégicos, más que de una transformación ideológica fundamental. Antes del conflicto, las relaciones entre el Golfo e Irán ya habían experimentado una importante recalibración tras el acuerdo entre Arabia Saudí e Irán, mediado por China, de marzo de 2023.
No obstante, la desconfianza mutua seguía profundamente arraigada y la competencia regional continuaba en múltiples ámbitos.
La guerra alteró fundamentalmente ese equilibrio. Para Irán, el conflicto puso de manifiesto tanto la vulnerabilidad de su infraestructura militar y económica como las limitaciones de una confrontación prolongada con una coalición que poseía una superioridad tecnológica abrumadora.
Aunque Teherán logró preservar algunos aspectos de su capacidad de disuasión, los costes de una escalada militar sostenida se hicieron cada vez más evidentes. La reconstrucción económica, el alivio de las sanciones y la reintegración regional se convirtieron en prioridades estratégicas urgentes.
Las autoridades iraníes han señalado que la disuasión permanece intacta. El ministro de Defensa en funciones, el general de brigada Majid Ebn al-Reza, advirtió: «Tenemos el dedo en el gatillo y, sin vacilar, tomaremos las medidas necesarias y proporcionadas en respuesta a cualquier violación de los términos del alto el fuego».
Para los Estados del CCG, el conflicto dejó lecciones igualmente importantes. La guerra puso de manifiesto la vulnerabilidad de las economías del Golfo ante la inestabilidad regional y planteó profundas dudas sobre la fiabilidad a largo plazo de las garantías de seguridad externas.
A pesar de las estrechas alianzas estratégicas con EE. UU., los responsables políticos del Golfo reconocieron que ningún actor externo podía proteger completamente a la región de las consecuencias de un conflicto interestatal de gran envergadura. La seguridad de las infraestructuras energéticas, las rutas comerciales marítimas y los proyectos de desarrollo nacional parecía depender cada vez más de la conciliación regional, más que de la mera disuasión militar.
En consecuencia, se produjo un cambio significativo en el pensamiento estratégico en todo el Golfo. La cuestión política central pasó gradualmente de cómo contener o debilitar a Irán a cómo podría integrarse en un marco de seguridad regional más estable.
Esta transformación no implica la aceptación de un papel regional fundamental de Irán; más bien, refleja el reconocimiento de que los costes de una confrontación perpetua se han vuelto insostenibles.
Oportunidades para el acercamiento
La fase actual de reconciliación se basa en un conjunto de presiones superpuestas que fomentan la cooperación sin eliminar la rivalidad.
En primer lugar, existe la necesidad de gestionar las crisis. La ausencia de canales de comunicación fiables ha alimentado repetidamente la escalada a lo largo de décadas. El establecimiento de un diálogo estructurado, la coordinación marítima y los mecanismos militares para evitar conflictos podrían reducir el riesgo de errores de cálculo. Estas medidas no resolverían las disputas, pero podrían hacer menos probable la confrontación.
Las consideraciones económicas añaden aún más peso. Irán se enfrenta a importantes necesidades de reconstrucción tras la guerra y sigue viéndose limitado por las sanciones, lo que convierte la colaboración económica regional en una vía importante para la recuperación.
Al mismo tiempo, los Estados del Golfo dependen de la estabilidad regional para impulsar la diversificación económica, atraer inversiones y proteger las infraestructuras energéticas críticas. Aunque todavía es limitada, la creciente interdependencia económica podría convertirse gradualmente en una importante fuerza estabilizadora.
Los cambios geopolíticos más amplios también favorecen la cooperación. Durante la última década, los Estados del CCG han diversificado cada vez más sus alianzas externas, al tiempo que han reducido su dependencia de cualquier gran potencia en particular. El entorno de la posguerra ha reforzado esta tendencia, fomentando una mayor responsabilidad regional en la gestión de la seguridad. En este contexto, la reconciliación entre el Golfo e Irán representa no solo un acuerdo bilateral, sino también un paso hacia un orden regional más autónomo.
En su declaración ministerial de marzo, tras la guerra, el CCG subrayó que «el diálogo y la diplomacia» son «la única forma de superar la crisis actual» y preservar la seguridad regional.
También están en juego cambios geopolíticos más amplios. Los Estados del CCG han dedicado la última década a diversificar sus alianzas y a reducir su dependencia de una única potencia externa. El periodo posterior a la guerra ha acelerado esa tendencia. Existe un reconocimiento cada vez mayor de que los actores regionales tendrán que asumir una mayor responsabilidad por su propia seguridad, en lugar de depender exclusivamente de garantías externas.
Tras la guerra, el ministro de Asuntos Exteriores de los Emiratos Árabes Unidos, Abdullah bin Zayed, declaró a su homólogo iraní, Abbas Araghchi, que la diplomacia es el mejor camino hacia una paz y una estabilidad duraderas, al tiempo que hizo hincapié en la seguridad marítima, la libertad de navegación y el respeto a la soberanía.
El mensaje fue reforzado por el asesor presidencial emiratí, Anwar Gargash, quien afirmó que la diplomacia y el diálogo son la vía preferida, siempre que se basen en principios que preserven la seguridad y la estabilidad del Golfo.
En ese contexto, el acercamiento a Irán forma parte de un intento más amplio por construir un orden regional más autónomo.
Límites y tensiones estructurales
A pesar de estas condiciones favorables, los obstáculos a los que se enfrenta la reconciliación entre el CCG e Irán siguen siendo formidables. El reto más significativo se deriva de la persistencia de visiones fundamentalmente incompatibles sobre el orden regional.
Para Irán, la presencia de potencias militares externas en el Golfo Pérsico ha constituido durante mucho tiempo la principal fuente de inestabilidad regional. La doctrina estratégica iraní sigue haciendo hincapié en los acuerdos de seguridad propios y en la resistencia a la intervención extranjera.
Durante las conversaciones de posguerra celebradas en Mascate, el ministro de Asuntos Exteriores Araghchi abogó por un marco de seguridad regional libre de injerencias externas, argumentando que la seguridad del Golfo debería ser gestionada por los Estados de la región.
Por el contrario, la mayoría de los Estados del CCG han considerado históricamente que las alianzas estratégicas con potencias externas son garantías esenciales de su seguridad y soberanía. Aunque los recientes acontecimientos han fomentado una mayor autonomía regional, estas culturas estratégicas divergentes siguen estando profundamente arraigadas.
Las consideraciones políticas internas complican aún más la situación. En Irán, poderosas instituciones políticas y de seguridad siguen mostrándose profundamente escépticas ante un acercamiento con los rivales regionales y los socios occidentales.
Del mismo modo, en el seno del CCG, décadas de competencia estratégica han generado recelos persistentes respecto a las intenciones iraníes. En consecuencia, la reconciliación carece de bases de apoyo internas sólidas capaces de mantener el compromiso durante los períodos de renovada tensión.
Sin embargo, el papel de las potencias externas sigue siendo incierto. Estados Unidos, China, Rusia e Israel tienen todos ellos intereses significativos en el futuro equilibrio de poder en el Golfo. Sus respectivas políticas pueden facilitar el entendimiento regional o contribuir a una renovada polarización, dependiendo de la evolución geopolítica general.
Posibles desenlaces
La trayectoria futura de la reconciliación entre el Golfo e Irán puede conceptualizarse a través de varios escenarios posibles.
El escenario más probable es la aparición de un sistema de coexistencia competitiva institucionalizada. En este marco, la rivalidad política y la competencia estratégica persistirían, pero se gestionarían cada vez más a través de instituciones diplomáticas, mecanismos de comunicación en situaciones de crisis y una cooperación limitada en materia de seguridad.
Tal resultado se asemejaría a experiencias históricas de distensión, en las que los adversarios aceptaban la permanencia de la rivalidad al tiempo que trataban de minimizar sus riesgos.
Una segunda posibilidad implica el desarrollo gradual de una integración regional más profunda. Este escenario requeriría avances sustanciales en el alivio de las sanciones, la cooperación económica y las medidas de fomento de la confianza en materia de seguridad. Aunque no puede descartarse tal resultado, requeriría transformaciones políticas que, en la actualidad, parecen improbables.
Un tercer escenario implica el colapso de la reconciliación y el retorno a la confrontación. La reanudación de conflictos por poder, la escalada nuclear, las transiciones de liderazgo u otra guerra regional podrían destruir rápidamente los logros diplomáticos existentes.
Dada la fragilidad de los acuerdos actuales, esta posibilidad sigue representando un riesgo significativo.
Por último, el escenario más ambicioso, aunque menos probable, implicaría el surgimiento de una nueva arquitectura de seguridad del Golfo genuinamente basada en los principios de seguridad colectiva, reconocimiento mutuo y menor dependencia militar externa, un escenario que tiene su origen en una propuesta iraní que se remonta a finales de la década de 1990. Tal transformación constituiría la reestructuración más profunda de la política del Golfo desde la retirada británica de la región en 1971.
El acercamiento entre Irán y los Estados del CCG a partir de 2026 no debe interpretarse como la resolución de rivalidades históricas ni como el surgimiento de un orden regional armonioso.
Más bien, refleja un reconocimiento cada vez mayor de que la confrontación perpetua se ha vuelto estratégica y económicamente insostenible para todas las partes implicadas. La experiencia de la guerra demostró las limitaciones de las soluciones militares y reforzó la necesidad de institucionalizar mecanismos para gestionar la competencia geopolítica.
La cuestión central a la que se enfrenta el Golfo en la próxima década no es, por lo tanto, si la rivalidad estratégica desaparecerá, sino si puede regularse con éxito. El futuro de la seguridad del Golfo puede depender, en última instancia, menos de alcanzar un consenso que de desarrollar instituciones duraderas capaces de gestionar los desacuerdos.
En este sentido, la reconciliación emergente entre Irán y el CCG no representa el fin de la competencia regional, sino el comienzo de una nueva e incierta fase en su evolución.


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