La guerra en Ucrania ha entrado en una fase donde la duración prima sobre el movimiento.
Las ofensivas espectaculares, los avances profundos y las maniobras blindadas a gran escala pertenecen ahora más a los mapas de los estados mayores que a la realidad cotidiana en el frente. Lo que predomina hoy es una guerra de desgaste lenta, metódica, casi industrial, en la que cada bando intenta desgastar al otro más rápido de lo que se agota a sí mismo.
El ataque ruso lanzado la noche del 1 al 2 de junio de 2026, con 73 misiles y 656 drones, no constituye un récord en este conflicto. Sigue siendo menor que el ataque del 14 de mayo, en el que se utilizaron más de 1500 tipos diferentes de drones. Pero lo esencial no es solo el volumen. Reside en la repetición, en el ritmo, en la capacidad de Moscú para organizar ataques masivos, coordinados y a corta distancia, concebidos no como episodios aislados, sino como fragmentos de una campaña a largo plazo.
Desde la primavera de 2026, Rusia parece haber estructurado un mecanismo de ataque basado en la acumulación de recursos heterogéneos: drones Shahed, misiles convencionales y misiles hipersónicos Kinzhal, Zircon y Oreshnik.
El objetivo no es simplemente atacar, sino abrumar. Abrumar radares, baterías antiaéreas, arsenales de misiles interceptores y los centros neurálgicos de la defensa ucraniana. El propio Volodymyr Zelensky enfatizó, tras los principales ataques de mayo, que Moscú había almacenado drones y misiles antes de desplegarlos de forma sincronizada para lograr el máximo alcance del ataque.
El mensaje transmitido por Serguéi Lavrov a Marco Rubio sobre el lanzamiento de una campaña sistemática de ataques contra la infraestructura militar e industrial ucraniana confirma esta lógica. Rusia no se conforma con responder a las operaciones ucranianas de forma esporádica. Busca ejercer una presión constante sobre la profundidad estratégica de Kiev.
Las redes eléctricas, los nudos ferroviarios, las instalaciones de producción, los depósitos, los centros logísticos y la infraestructura de doble uso se están convirtiendo en objetivos en una guerra donde la destrucción de capacidades es tan importante como la conquista de territorio.
El objetivo ya no es simplemente capturar una posición, sino dificultar el suministro, la reparación, el movimiento de tropas, el reabastecimiento de reservas y el mantenimiento de la continuidad industrial y energética del país.
Esta estrategia no excluye ataques más visibles y de carácter político, diseñados para producir un efecto psicológico o simbólico. Los ataques contra objetivos militares ubicados en Kiev o sus alrededores se enmarcan en este contexto. También sirven como respuesta a lo que Moscú presenta como provocaciones occidentales o ataques ucranianos contra infraestructura civil rusa, como en el caso del dormitorio de Starobilsk.
Pero tras estos episodios, la lógica principal sigue siendo la del desgaste. Moscú no busca simplemente un castigo, sino disminuir gradualmente la capacidad de resistencia de Ucrania.


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