Cuando, en plena guerra, tanto el Ministro de Defensa como el Comandante Supremo de las Fuerzas Armadas son cuestionados, la explicación no se reduce a las fórmulas habituales sobre corrupción, rivalidades personales o intrigas palaciegas.
En Ucrania, el problema es más profundo: concierne a la relación entre los resultados militares, el personal disponible, las capacidades industriales y la creciente dependencia del aparato occidental.
Mykhailo Fedorov era considerado una de las figuras más eficaces del sistema ucraniano. Había acelerado la digitalización del Estado y conectado drones, satélites, radares y centros de mando. Sus relaciones con importantes empresas estadounidenses como Palantir, Microsoft y Starlink demostraban el grado de integración de la maquinaria militar ucraniana con la occidental.
Sin embargo, si un ministro con tales credenciales es destituido, significa que los resultados obtenidos son insuficientes. Los ataques profundos en territorio ruso tienen valor político y operativo, pero no necesariamente alteran el curso de la guerra terrestre. Pueden dañar depósitos e infraestructura; no recuperan ciudades ni compensan la falta de tropas.
Detrás del conflicto entre Fedorov y el general Oleksandr Syrsky subyace una divergencia estratégica. Se dice que el primero favorecía la guerra tecnológica y los ataques de largo alcance. El segundo sigue considerando la potencia de fuego —artillería, municiones, fortificaciones y reservas— como decisiva en una guerra de desgaste.
No se trata de un debate teórico. Cada decisión implica miles de millones de dólares, contratos, fábricas e intereses. Reducir los pedidos de proyectiles de 155 mm supone perjudicar a la industria de la guerra terrestre; invertir en drones, en cambio, beneficia a los sectores de la electrónica, la informática y los satélites.
Pero la geografía del frente permanece inmutable. Rusia avanza lentamente, a costa de grandes pérdidas, pero se beneficia de una superioridad más estable en efectivos, artillería, misiles y capacidad de producción. Ucrania conserva una gran capacidad de ataque y adaptabilidad, pero tiene dificultades para transformar la innovación en una ventaja estratégica duradera. La marginación de líderes se presenta, por lo tanto, como un síntoma de un poder político incapaz de cambiar el equilibrio de poder.
Zelensky se enfrenta a un punto muerto. Para detener el avance ruso, se necesitarían más tropas, defensas aéreas más robustas, más aviones, más municiones y ayuda sostenida; ayuda que los aliados europeos aún no pueden garantizar por sí solos. Sin embargo, una nueva movilización corre el riesgo de exacerbar las tensiones internas, mientras que Occidente insta a Kiev a resistir sin ofrecerle una perspectiva creíble de victoria.


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