La aplicación de la última tecnología en la guerra de Ucrania no ha provocado los resultados esperados por la OTAN

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Durante al menos treinta años, las grandes potencias han alimentado una creencia tranquilizadora: la tecnología haría la guerra más corta, más precisa y más controlable.

Se suponía que los satélites, radares, sensores, drones, municiones guiadas, sistemas informáticos, inteligencia artificial y redes de mando reducirían la incertidumbre, acortarían el tiempo entre la identificación y la destrucción del objetivo y transformarían el campo de batalla en un terreno legible.

Ucrania, Irán, Oriente Medio, el Mar Rojo y las nuevas tensiones en el Indo-Pacífico demuestran precisamente lo contrario. La tecnología no ha eliminado la fricción de la guerra, sino que la ha multiplicado. No ha disipado la niebla de la guerra, sino que la ha sustituido por una tormenta de datos, imágenes, señales, coordenadas e información que a menudo es parcial, redundante o incompatible.

El resultado es paradójico: los ejércitos ven más, pero no siempre comprenden mejor; atacan más rápido, pero no necesariamente ganan; destruyen más objetivos, pero no transforman automáticamente la destrucción en una solución política.

La guerra en Ucrania es el laboratorio más evidente de esta transformación. En las zonas creadas por los drones de ambos bandos, la infantería vive en un terrible estado psicológico y material. Los soldados saben que cada movimiento puede ser observado desde el aire, transmitido a un operador oculto, convertido en coordenadas y, finalmente, en muerte.

En los alrededores de ciudades como Myrnohrad, en el óblast de Donetsk, avanzar unos pocos kilómetros puede convertirse en una tarea casi imposible. Los soldados no solo temen la artillería o el fuego directo. Temen el leve zumbido en el aire, el dron con visión artificial, el dispositivo barato que persigue a un soldado solitario, una ambulancia, un vehículo logístico, una posición de artillería.

El frente se ha convertido en una franja letal de al menos cinco kilómetros de profundidad, y en algunos sectores, mucho más. Allí, no solo es arriesgado luchar.

Es arriesgado transportar alimentos, agua y municiones, evacuar a los heridos, mover vehículos, reparar líneas, instalar antenas o trasladar a un comandante de una posición a otra. La guerra moderna prometía velocidad. En Ucrania, ha provocado estancamiento.


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