El problema central ya no es solo Ucrania. Su origen es más profundo y preocupante. Moscú considera ahora la confrontación con Occidente como una situación histórica destinada a durar veinte o treinta años.
No se trata de un paréntesis, ni de una crisis que se resuelva rápidamente mediante la negociación, ni de un accidente diplomático que se haya descontrolado, sino de un largo periodo de fricción, sabotaje, rearme, presión económica, guerra tecnológica, desestabilización informativa y competencia industrial.
El coronel ruso Andrei Bezrukov, ex oficial de inteligencia y ahora figura destacada en el debate estratégico de Moscú, formuló este diagnóstico con cruda franqueza: Rusia debe aprender a vivir en una guerra prolongada, donde el objetivo occidental no es la conquista directa del territorio ruso, sino la erosión sistemática del país, su infraestructura y su capacidad de resistencia.
Esta declaración debe tomarse en serio, no porque represente la verdad absoluta, sino porque revela cómo una parte significativa de la élite rusa interpreta el presente. Moscú ya no interpreta la presión occidental como una simple respuesta a corto plazo a la intervención en Ucrania. Lo interpreta como el retorno, bajo nuevas formas, de una lógica histórica de contención. Rusia se siente rodeada, atacada, aislada, pero sobre todo, sometida a una estrategia de desgaste gradual.
Este es el origen de la idea de una guerra prolongada: no una guerra declarada entre Rusia y la Alianza Atlántica, ya que eso implicaría acercarse al abismo nuclear, sino una guerra de baja a media intensidad librada a través de Ucrania, sanciones, drones, energía, financiación, propaganda, infraestructura y tecnología.
La imagen más efectiva es la de la rana hirviendo. Nadie hierve el agua de inmediato, porque el salto sería inevitable. La temperatura sube lentamente. Primero llega la ayuda económica, luego las armas defensivas, después sistemas cada vez más avanzados, luego misiles de largo alcance, después la idea de que se podría atacar territorio ruso en su interior, y finalmente la integración cada vez más estrecha de la industria militar ucraniana con la europea.
Cada paso se presenta como limitado, cauteloso y necesario. Pero la suma de estos pasos produce un cambio cualitativo. Moscú ve esta progresión como una forma de guerra indirecta. Occidente, por su parte, la presenta como disuasión, apoyo a la soberanía ucraniana y un medio para contener la agresión rusa. El problema es que cuando dos narrativas estratégicas se vuelven incompatibles, el riesgo no es solo militar. Se convierte en político.


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