Entre los conocedores profundos del conflicto iraní-israelí, cuyo origen data de antes del 12 de junio de 2025, se manejaba la información de que Benjamín Netanyahu sopesaba (desde hace mucho tiempo) como una táctica de extrema necesidad forzar a que la República Islámica de Irán obtuviese una bomba nuclear si esa contingencia le coadyuvaba, al primer ministro israelí, mantener vigente su agenda de poder consistente en:
- Dominio central sobre la arquitectura de Israel.
- Destrucción absoluta del sistema de poder iraní y la subsecuente abrogación de la soberanía efectiva de Irán.
- El hegemonismo totalizante del geopoder israelí sobre toda la región.
Hace exactamente un mes, en estas páginas, se recordó que Netanyahu y algunas facciones del establecimiento de seguridad de Israel plantaron, en la narrativa política endógena y exógena del estado israelí, la idea de que Irán se haría, en un horizonte inmediato, de un arsenal nuclear y que, debido a lo que representa Irán para la continuidad de Israel, era un imperativo existencial la guerra a toda escala contra los iraníes, siempre, por supuesto, con el respaldo de los norteamericanos y los espacios más importantes de Occidente.
Por eso, una guerra absoluta contra Irán es una norma inescindible para las facciones que componen dicha élite y, por más que Irán sea dañado significativamente, ese cuadro tendrá sabor a poco ya que un Irán debilitado no debería estar en la Hoja de Ruta de ningún presidente norteamericano.
El primer ministro, Benjamin Netanyahu, es, desde la década de 1990, una de las figuras más importantes de esta corriente de poder, pero no es la máxima ni tampoco él es el pilar decisivo de este cuerpo porque hay otros tomadores de decisiones y aún cuando Netanyahu ya no esté presente, en este mundo físico, este poder fáctico seguirá subsistiendo.
Cuando Netanyahu asumió su primer período como primer ministro (mandato que duró entre junio de 1996 y julio de 1999), ya hablaba del Irán nuclear y de la exigencia de detener ese supuesto proceso mediante la guerra con la participación activa y principales de los Estados Unidos, Inglaterra y países europeos.
Más aún, Netanyahu, en febrero de 1993, cuando era miembro de la Knéset, escribió un artículo sobre el tema en el periódico, Yedioth Ahronoth, en el cual dijo Es nuestro deber asegurarnos de antemano de que [Irán] no encuentre los medios necesarios para llevar a cabo esta ambición.
No debemos confiar en la suposición de que consideraciones racionales sobre una posible respuesta israelí disuadirán esta mentalidad fanática. La disuasión por sí sola no es una respuesta israelí suficiente ante el peligro de la bomba musulmana. Israel debe actuar con firmeza para frustrar este peligro que amenaza nuestra propia existencia.
Desde esa perspectiva, una vez que Netanyahu fuera ungido como primer ministro -por un apoyo decisivo de la Jabad Lubavitch-, imponiéndose sobre los círculos secularistas que eran adscriptos al partido demócrata clintonista, en ambientes norteamericanos vinculados a los grupos de interés de Israel, daban por sentado que Netanyahu llevaría a cabo medidas agresivas contra Irán y la amenaza existencial que supone el poder iraní para la viabilidad del proyecto israelí, dijimos el 12 de mayo pasado.
En otras palabras, las facciones israelíes que integra Netanyahu, son las primeras deseosas de que Irán desarrolle una bomba nuclear, pero, en tanto y en cuanto, los escenarios subsecuentes sean los predichos o queridos por la estrategia en común que tienen dichas facciones. Con esto, presionan políticamente a sus aliados occidentales para que operen el marco de guerra constante contra Irán, a pesar de las evidencias claras que indican que, durante toda su gobernanza, Alí Jameneí se oponía a tener un armamento nuclear.
Durante décadas, el máximo liderazgo de Irán no necesitó de una bomba nuclear para impedir su derrota y frustrar planes de sus adversarios, y, la prueba más elocuente de ello, es que la tecnología militar que Irán está usando, desde la Guerra de los Doce Días, hasta el presente, está siendo suficiente para bloquear su caída y derrota.
Las capacidades disuasorias que el poder iraní viene implementando, hasta el momento, le están dando resultados positivos, a la par de los daños severos que ha sufrido; pero esta situación podría cambiar porque hay grupos de seguridad y político-religiosos iraníes que presionan para que, definitivamente, Irán se transforme en un miembro del Club Nuclear.
Estas fuerzas son las que vienen contradiciendo el accionar de los sectores dialoguistas o acuerdistas con EE.UU. y son quienes saben que el país tiene instalaciones nucleares ocultas y hasta cantidades de uranio que desconocenlos extranjeros. Estos grupos creen que, tarde o temprano, Irán tendrá el recurso armamentístico nuclear para que sus rivales lo dejen de hostigar.
Desde la perspectiva analítica israelí, Ron Ben Yishai afirmó, en su columna de Ynet, del sábado 13 de junio, Además, el régimen iraní se ha fortalecido considerablemente en la región y ha consolidado su estatus de potencia. En primer lugar, porque sobrevivió al ataque de Israel y Estados Unidos, y en segundo lugar, porque los estados árabes del Golfo —Arabia Saudita, Emiratos Árabes Unidos, Qatar, Kuwait y Bahréin— constataron que Estados Unidos era incapaz y no estaba dispuesto a protegerlos de los ataques iraníes.
Este hecho también refleja una tendencia a normalizar las relaciones con Israel. En otras palabras, los estados del Golfo no se apresurarán ahora a normalizar sus relaciones con Israel, sino más bien con Irán, y vemos que esto ya está ocurriendo, confirmando todas las previsiones de escenarios reales y resultantes que hicimos desde este medio.
Lógicamente, tras esta fase de la actual guerra, continuarán la rivalidad por la influencia y el hegemonismo regionales, donde Irán actuará como un polo de poder admitido en los hechos y ya no como el país núcleo de la Resistencia.


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