Estimados lectores, en esta gran traducción al español del día les traemos un nuevo artículo en Telegra.ph del gran geopolítico brasileño, Pepe Escobar. Recuerden que también tienen otros artículos previos aquí disponibles.
Más claro, imposible: los dirigentes iraníes han interpretado la suspensión de la operación militar «Gates of Hell» (Las Puertas del Infierno), ordenada por Trump el sábado por la noche, no como una apertura hacia un «acuerdo», sino como una confirmación fehaciente de que la Administración Trump está llegando al límite de su capacidad de presión.

Tras la suspensión de la operación, en lugar de suavizar su postura, Teherán la endureció. Considerablemente.
Ya el domingo, en una larga conversación telefónica —tal y como revelaron en exclusiva fuentes de inteligencia a Transition Protocol—, el ministro de Asuntos Exteriores iraní, Abbas Araghchi, informó al mariscal de campo pakistaní Asim Munir, ofreciendo una valoración inequívoca del nuevo equilibrio estratégico.
Araghchi dejó muy claro que en Teherán no se interpreta la suspensión como una concesión diplomática ofrecida desde una posición de fuerza. A continuación, también a través de Munir, Araghchi transmitió tres mensajes clave a Washington:
- Pase lo que pase, Teherán no cederá en cuanto a la secuencia de las negociaciones a través del memorando de entendimiento.
- Cualquier ataque de EE. UU. contra la infraestructura energética iraní desencadenará una respuesta de 10 a 1 contra los socios del CCG del «Imperio de la Piratería». Una vez más: 10 a 1. Hasta hace poco, era de 2 a 1.
- La interpretación política que hace Teherán del tablero de ajedrez —directamente desde las más altas esferas del poder— es que Trump no dispone de ninguna salida viable, ni militar ni política, salvo una retirada estadounidense más amplia de Asia Occidental.
Munir —quien tiene a Trump en marcación rápida, y viceversa— transmitió personalmente la advertencia directa de Irán al presidente de EE. UU.: se trata de una fórmula de disuasión cuantificada diseñada para que las consecuencias regionales de otro ataque estadounidense sean inequívocas e irreversibles.
Es posible que MbS, de Arabia Saudí, haya frenado en seco a Trump con su propia llamada telefónica, después de que los dirigentes de Teherán le llamaran para esbozar la lista de instalaciones de Aramco que iban a destruir como respuesta a un ataque estadounidense.
MbS sabe con certeza que Asia Occidental en su conjunto cuenta con un nivel de defensa aérea de lo más bajo. Ese fue uno de los elementos de la llamada telefónica. Sin embargo, lo más persuasivo fue que MbS posiblemente le recordara a Trump que Riad podría deshacerse en masa de bonos del Tesoro y acciones estadounidenses para sufragar los graves daños de la guerra.
El resultado final fue, una vez más, TACO.
El profesor Steve Hanke, de la Universidad Johns Hopkins, fue más allá al afirmar que los mercados de bonos ya están siguiendo esta línea, con los rendimientos a 10 años al alza debido a una triple amenaza: la inflación, los aranceles de Trump y la propia guerra.
Una venta masiva por parte de Arabia Saudí —unida a otra de China— haría que los rendimientos se dispararan. Hanke sitúa la estimación del coste total de la guerra en 1 billón de dólares, utilizando la metodología de la Universidad de Brown de multiplicar por 25 las estimaciones iniciales del Pentágono.
Una posición más sólida basada en hechos fríos y contundentes
Los acontecimientos militares y diplomáticos paralelos refuerzan todo lo anterior.
La inteligencia paquistaní indica que Irán, con asistencia técnico-militar encubierta de Pakistán, completó la instalación de mejoras en la arquitectura de navegación por satélite china BeiDou.
Estas mejoras se trasladaron desde el lunes de la semana pasada hasta el domingo pasado a través del puerto de Gwadar, en el mar Arábigo —la terminal marítima estratégica del Corredor Económico China-Pakistán (CPEC)—. A continuación, se transportaron por tierra hasta Irán a través del corredor Gwadar-Gabd.

Las mejoras suponen un avance sustancial en la precisión de los objetivos iraníes, la resistencia a la guerra electrónica y la seguridad de las comunicaciones. Todo ello está ahora plenamente integrado en la arquitectura de disuasión activa de Irán. En lo que respecta a la arquitectura antiinterferencias de BeiDou, la estructura de señales cifradas de grado militar y la capacidad de mensajería bidireccional segura, la vulnerabilidad de Irán ante la interferencia estadounidense prácticamente desaparece.
Por si estos avances no fueran suficientes, llegó entonces una noticia bomba bastante inesperada, confirmada por los servicios de inteligencia pakistaníes.
Nada menos que el presidente de los Emiratos Árabes Unidos, Mohamed bin Zayed (MbZ), único responsable de la toma de decisiones en los Emiratos, mantuvo una conversación telefónica de 40 minutos con Araghchi: estaba manifestando la voluntad de Abu Dabi de establecer una relación duradera y a largo plazo con Teherán. Se trata de una primicia desde el inicio de la guerra estadounidense-israelí el 28 de febrero.
El contenido de esa llamada telefónica fue transmitido posteriormente por Araghchi a Asim Munir. El domingo, Araghchi también habló por teléfono con el ministro de Asuntos Exteriores turco, Hakan Fidan. Y habló en dos ocasiones, en menos de 24 horas, con el ministro de Asuntos Exteriores saudí, el príncipe Faisal, quien, después de que Riad lanzara ataques aéreos en Irak, dio un giro repentino y comenzó a seguir la vía de la desescalada total.
La conclusión clave de esta avalancha de llamadas telefónicas: Teherán está consolidando su máxima influencia precisamente en el momento adecuado, cuando Washington se encuentra aturdido y desorientado.
Es posible que el denominado «canal de mediación pakistaní» haya vuelto a entrar en juego en cierta medida; pero lo que realmente importa es que Teherán ha ajustado dicho canal para comunicarse desde una posición de confianza, mayor capacidad militar y desafío estratégico.
Una vez más: esto no tiene nada que ver con una desescalada convencional. Se trata de una pausa estratégica. Y los dirigentes iraníes creen, por consenso, que tienen la mano más fuerte. Esto se basa en una serie de hechos fríos y contundentes.
Estados Unidos está sufriendo pérdidas insostenibles; Trump y sus allegados se encuentran bajo una fuerte presión debido a los precios del petróleo, la política interna, el sobreesfuerzo militar y unos aliados y vasallos regionales absolutamente aterrorizados ante una posible represalia iraní; la estrategia negociadora de Irán permanece intacta; China —y Rusia— han reforzado sustancialmente la capacidad de disuasión de Irán; y los miembros del CCG buscan cada vez más acuerdos por separado con Teherán.
Así pues, en el marco de la nueva arquitectura regional, el factor clave no es que las negociaciones se estén derrumbando porque Irán se sienta debilitado; lo que importa es que Teherán cree que tiene la sartén por el mango y pretende aprovechar esa ventaja antes de que Washington pueda recuperar de algún modo la iniciativa.
Esto explica que tanto los altos cargos del Consejo Supremo de Seguridad Nacional (SNSC, en inglés) como los legisladores iraníes adviertan continuamente de que Teherán podría ampliar la guerra si continúa la «presión máxima» estadounidense.
La novedad es el establecimiento de una escalada automática aún más peligrosa. Un ataque contra una sola instalación energética iraní desencadena una represalia contra múltiples emplazamientos repartidos por
varios estados, con capacidad para provocar una crisis energética regional de proporciones abrumadoras en cuestión de horas.
Acostúmbrese a la proporción de 10 a 1
A efectos prácticos, Irán y el estrecho de Ormuz constituyen la «crisis de Suez» de Trump, que él mismo ha provocado para sí y para EE. UU. El lema operativo entre los actores iraníes y los mediadores paquistaníes es: «No tiene salida». Así es como se presenta una derrota estratégica.
Retirarse significaría elevar a Irán a la categoría de potencia principal en Asia Occidental. La reanudación de los bombardeos provocaría de inmediato una crisis energética masiva —a escala mundial—. Alargar la situación significaría que los precios del petróleo se dispararían tras el agotamiento de las Reservas Estratégicas de Petróleo (SPR, en inglés).
Nada hará que Teherán se desvíe de su secuencia de acciones firmemente establecida si las negociaciones vuelven a encarrilarse: en primer lugar, el estrecho de Ormuz; en segundo lugar, el levantamiento de las sanciones y la liberación de los fondos congelados; y, por último, las negociaciones nucleares.
El portavoz del Ministerio de Asuntos Exteriores de Irán, Esmaeil Baghaei, ha rechazado rotundamente todos los rumores sobre el inicio de conversaciones con Washington este lunes; las únicas conversaciones en curso son con Omán, en relación con una nueva ruta marítima —temporal— en el estrecho de Ormuz.

Parecen estar avanzando poco a poco hacia el establecimiento de una única ruta; ni la ruta del norte a través de Irán ni la ruta del sur a través de Omán.
En cuanto al bloqueo estadounidense —una de las medidas que hizo saltar por los aires el memorando de entendimiento—, la única forma de que Teherán vuelva a incorporarse al mismo es tras el desbloqueo masivo de activos, por adelantado, antes de cualquier negociación detallada. Irán podría tener la astronómica cifra de 120.000 millones de dólares en activos congelados en varios países, todos ellos bloqueados por las sanciones de EE. UU.
El presidente Pezeshkian, sin embargo, sigue creyendo en el memorando de entendimiento. Sin duda, ese no es el consenso general en todo Irán.
Así pues, este es el desglose, tal y como está la situación.
Una nación soberana, encarnación de la Resistencia, que cree haber obligado a su adversario a retroceder, no tiene absolutamente ningún incentivo para transigir, especialmente ante la expansión de sus capacidades militares y unos oponentes regionales aterrorizados que buscan algún tipo de acuerdo.
La nueva advertencia de «10 a 1» es un detonante regional inevitable; cualquier ataque estadounidense o israelí contra la infraestructura energética iraní desencadenará una respuesta fulminante y desproporcionada contra los activos energéticos del Golfo, se encuentren donde se encuentren.
El mundo entero tardará en asimilarlo, ya que las repercusiones son prácticamente inimaginables. Teherán, convencido de que la batalla por la ventaja se inclina a su favor, está adoptando formalmente la retirada total de EE. UU. de Asia Occidental como objetivo oficial de negociación.


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