Por el profesor Junaid S. Ahmad en Counter Currents. Traducción por el Dr. Enrique Refoyo.
Los generales de Pakistán son conscientes del peligro que supone enfrentarse a los hutíes de Yemen. Deberían comprender la locura, mucho mayor aún, que supone declarar la guerra política a los pastunes. El mismo estamento militar que duda en desafiar a una resistencia invicta en el extranjero ahora se imagina que puede aplastar a un pueblo igualmente desafiante en su propio territorio.
Yemen ya ha puesto al descubierto la fatal arrogancia de ese cálculo: una potencia de fuego abrumadora no puede forzar la sumisión, y un pueblo decidido a resistir no puede ser aterrorizado para que obedezca de forma permanente.
Durante más de una década, Arabia Saudí, armada y protegida por Washington, desató una violencia militar devastadora sobre Yemen. Los bombardeos, las restricciones del bloqueo, el hambre, las enfermedades y los desplazamientos masivos asolaron un país ya de por sí empobrecido. Sin embargo, Ansar Allah sobrevivió, consolidó su posición y desarrolló la capacidad de contraatacar a adversarios mucho más ricos.
La monarquía saudí poseía una superioridad militar abrumadora. Lo que no pudo comprar, ni siquiera con los miles de millones estadounidenses, fue la victoria sobre un adversario que se negaba a rendirse.
Los generales de Pakistán tienen todas las razones para reflexionar sobre esa humillación.
Cuando Riad exigió la participación militar pakistaní en su campaña de Yemen en 2015, Islamabad se negó. La oposición parlamentaria, las sensibilidades sectarias y los cálculos regionales determinaron esa decisión. Pero tras el lenguaje diplomático se escondía un peligro estratégico inconfundible: Pakistán corría el riesgo de quedar atrapado en otra guerra imposible de ganar, sacrificando soldados y prestigio frente a una resistencia curtida en mil batallas que ni siquiera el inmenso arsenal de Arabia Saudí había podido someter.
Rawalpindi comprende el precio de un enfrentamiento humillante con los hutíes. ¿Por qué cree que enfrentarse a los pastunes será menos desastroso?
Esa pregunta ha adquirido una urgencia aterradora con la imposición del estado de emergencia y el gobierno del gobernador en Khyber Pakhtunkhwa, que suspende al gobierno provincial elegido del Pakistan Tehreek-e-Insaf de Imran Khan.
Tras décadas de convertir los territorios pastunes en campos de batalla para la intervención extranjera, el aventurerismo estratégico, la guerra con drones, la contrainsurgencia y el terrorismo militante, el establishment de seguridad de Pakistán somete ahora a su representación constitucional a un control federal extraordinario.
Primero, devastar la patria de un pueblo. Luego, criminalizar sus reivindicaciones. Por último, desmantelar su autoridad democrática en nombre de la seguridad nacional.
Los pastunes han pagado un precio atroz por las guerras imperiales de Washington y la obsesión de Rawalpindi por la manipulación estratégica de Afganistán. Las comunidades han soportado masacres terroristas, operaciones militares, desplazamientos, desapariciones y una inseguridad implacable.
Sin embargo, su voluntad política sobrevivió a la devastación.
A lo largo de generaciones, la resistencia pastún a la dominación ha abarcado tanto la lucha armada como la movilización no violenta. Hoy en día, su expresión política más trascendental incluye la resistencia democrática de masas asociada a Imran Khan.
Y Khan no es un mero fenómeno provincial.
Su extraordinaria popularidad entre los pastunes va acompañada de un formidable apoyo en todo Pakistán. Su desafío amenaza no solo a un puñado de generales, sino a un orden de gobierno militar-civil arraigado, junto con potencias extranjeras acostumbradas a ejercer influencia a través de las élites complacientes de Pakistán.
Eso es lo que hace que Khan sea tan peligroso para el establishment: desafía no solo quién gobierna Pakistán, sino quién posee el poder para decidir a quién se le permite gobernar.
Las dinastías Sharif y Bhutto-Zardari proporcionan una fachada civil a un orden político cada vez más dispuesto a subordinar los mandatos electorales y la autonomía provincial a los imperativos de la supremacía militar.
La grotesca contradicción es imposible de ocultar.
Los generales exigen que los pastunes abandonen la militancia, pero cuando estos se movilizan a través de las urnas, las asambleas y la política constitucional, el establishment actúa también contra esas instituciones.
Yemen demuestra lo catastróficamente que esa arrogancia puede volverse en su contra.
Ansar Allah ha soportado años de ataques militares sin renunciar a su posición político-militar. Los pastunes, cuya historia abarca asimismo generaciones de resistencia a la agresión, han soportado sucesivos intentos de silenciarlos, fragmentarlos y someterlos.
Sus estrategias actuales difieren. Su determinación de resistir la dominación impuesta constituye el paralelismo esencial.
Los generales de Pakistán dudan ante los hutíes porque una intervención militar conlleva el riesgo de un fracaso costoso y humillante. Deberían temer las consecuencias de su enfrentamiento con los pastunes precisamente por la misma razón.
El peligro no es que la resistencia constitucional pastún se convierta inevitablemente en una rebelión armada. El peligro es que estrangular las alternativas políticas pacíficas profundice la alienación y genere la inestabilidad que los generales pretenden evitar.
Rawalpindi debería recordar lo que Riad aprendió a un coste devastador: destruir una sociedad no es lo mismo que derrotar su resistencia.
Los hutíes se negaron a doblegarse ante la maquinaria bélica de Arabia Saudí, respaldada por Estados Unidos. Los pastunes se han negado a ceder su dignidad política ante la intervención extranjera, el terrorismo militante o el Estado de seguridad nacional de Pakistán.
Los generales de Pakistán temen una guerra imposible de ganar en Yemen. Deberían temer la locura de provocar una contra su propio pueblo.
Pueden suspender gobiernos, encarcelar a líderes y militarizar provincias enteras. Lo que no pueden hacer es bombardear a un pueblo para que ame a sus opresores —o aterrorizarlo para que acepte una humillación permanente—.


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