Yemen, una traición islámica y el campo de batalla en expansión

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Estimados lectores, en esta gran traducción al español del día les traemos un nuevo artículo en SCF del gran geopolítico brasileño, Pepe Escobar. Recuerden que también tienen otros artículos previos aquí disponibles.

Nunca subestimen a Yemen. Yemen responderá con determinación a cada escalada. Tal y como está haciendo Irán.

Las tierras divididas del Islam nunca dejan de sorprender —y de engañar— cuando se trata de su traición sistemática y flagrante a los principios del Islam.

La Casa de Saud ha puesto en marcha una «coalición» contra Yemen, con el pretexto de proteger la navegación en el mar Rojo.

Sin embargo, solo la navegación procedente de Arabia Saudí está bloqueada en el mar Rojo por Ansarallah de Yemen. Se trata de «un asedio contra un asedio»: al fin y al cabo, Saná lleva más de 11 años sometida a un bloqueo ilegal por parte de Arabia Saudí.

El estrecho de Bab el-Mandeb no está bloqueado: solo lo está para los saudíes. Y si se trata de un petrolero saudí que transporta petróleo a China, tiene vía libre.

La «coalición» liderada por Arabia Saudí es de lo más patética. Varias naciones árabes participantes ni siquiera cuentan con una armada —como los miembros del CCG (Consejo de Cooperación del Golfo): Baréin, Kuwait y Catar, además de Jordania—.

Los tres pesos pesados son Pakistán, Turquía y Egipto. La OTAN queda al margen. Así pues, a efectos prácticos, esta «coalición» de petrojeques islámicos —en su mayoría árabes—, élites compradoras y vasallos tiene la misión de realizar el trabajo sucio del Sindicato de Epstein.

En todos los territorios del Islam se plantearán preguntas sobre por qué nunca hubo ninguna «coalición» para proteger a Gaza del culto a la muerte.

Yemen se verá sitiado por prácticamente todos sus vecinos. La estrategia de «divide y vencerás» sigue en pleno vigor. Especialmente entre suníes y chiíes. Todos los miembros de la «coalición» son de mayoría suní.

Sin embargo, solo los necios creerán que el Imperio de la Piratería y el Sindicato supranacional de Epstein no están impulsando este enfrentamiento intraárabe, intramusulmán e intraislámico, con Washington estrechamente alineado con Riad, como ocurrió en el reciente bombardeo contra las Unidades de Movilización Popular (PMU, en inglés) —y contra civiles— en Irak.

Se puede apostar a que el próximo bombardeo de Yemen estará coordinado por la OTAN, utilizando aviones de combate «saudíes» para poder negarlo de forma verosímil. Queda por ver si Pakistán y Egipto formarían parte de ello, tras haberse presentado como mediadores y defensores de un proceso de paz entre EE. UU. e Irán.

Los Emiratos Árabes Unidos y Marruecos, como los dos grandes ausentes, sí que llaman la atención. Bueno, en ese caso el plan resultaría demasiado obvio, ya que ambos son colonias anglo-sionistas reconocidas.

Los Emiratos Árabes Unidos han construido puertos y bases militares en torno a Bab el-Mandeb —como en Adén, Socotra, Somalilandia y Yibuti—, además de financiar genocidios reconocidos en Sudán, Somalia y Yemen. Marruecos es un nido de espías, tropas de asalto y provocaciones hacia Argelia.

Luego están Nigeria y Bangladés, ambos muy lejos de Yemen. Pero, como ha señalado el agudo observador AHHfrican, todo esto tiene que ver con la «opresión psicológica»: una población conjunta de 421 millones de personas debería intimidar a los yemeníes.

Obviamente, los yemeníes no se dejarán intimidar, porque saben todo lo que hay que saber —sobre todo por su experiencia con Riad y Abu Dabi— acerca de cómo la verdadera resistencia no puede ser derrotada por la guerra psicológica, los torrentes de mentiras ni el asedio económico. Consideran la imposición de esta «coalición» heterogénea como una insignia de honor.

Nunca subestime a Yemen. El líder Abdul Malik al-Houthi ya dejó las cosas claras ayer en su discurso semanal: Yemen responderá con determinación a cada escalada con otra escalada. Tal y como está haciendo Irán.

¿Qué podría romper la moderación estratégica de Irán?

Irán no solo ha rechazado la fórmula 50/50 de Omán para una gestión conjunta del estrecho de Ormuz (aunque continúan los contactos a nivel técnico entre Mascate y Teherán); sino que ha redoblado la presión en el frente militar, como parte de una estrategia coercitiva más amplia.

Irán está demostrando en la práctica que, en toda Asia Occidental, hay que pagar un alto precio si se apoyan las operaciones militares de EE. UU., al tiempo que se espera que su territorio, sus puertos, su infraestructura energética y sus rutas comerciales queden al margen de las consecuencias.

Así pues, todo esto gira en torno al estrecho de Ormuz, junto con el control de la escalada de tensión. Y todos deberían recordar lo obvio: Irán está ganando tiempo. Y demostrando su argumento día tras día: una solución frente a la arquitectura militar que rodea a Irán está intrínsecamente ligada a la lucha por el estrecho de Ormuz y a un nuevo y más amplio orden de seguridad en el Golfo Pérsico.

Pakistán se adentra ahora en aguas muy turbulentas, actuando en dos frentes delicados, tal y como admiten nuestras fuentes en Transition Protocol.

Así pues, Islamabad se une a la «coalición» liderada por Arabia Saudí. Teherán observa con atención hacia dónde se dirige todo esto y toma nota. Al mismo tiempo, Pakistán sigue presentándose —tanto en público como en privado— como el mediador más activo entre Washington y Teherán.

Esto no puede durar.

Los mediadores pakistaníes lo califican como un «ejercicio de equilibrio difícil, pero deliberado». Vaya eufemismo. Es imposible proteger las relaciones de defensa y económicas con Arabia Saudí —incluido un pacto militar recientemente reforzado— y, al mismo tiempo, preservar la confianza forjada con Irán.

De hecho, hasta ahora los medios de comunicación iraníes no han considerado la postura de Pakistán como una traición. El canal de mediación —aunque ahora es aún más frágil que antes— permanece abierto. Pero eso podría cambiar en función de la agresividad que Pakistán muestre frente a Yemen.

La escalada, con sus previsibles altibajos, también sigue en marcha. Una interpretación muy optimista sugeriría que ambas partes parecen haberla calculado para dejar margen a las negociaciones indirectas.

No cabe la menor duda de que Teherán mantiene abiertas todas las opciones militares, al tiempo que evita —en una clara muestra de su destreza diplomática— adoptar una postura política que imposibilitaría la desescalada.

La misma postura se aplica a la navegación por el estrecho de Ormuz. El tránsito de un buque metanero de QatarEnergy con destino a Pakistán demuestra que Teherán prefiere aplicar un control selectivo y no impondrá un bloqueo marítimo totalmente indiscriminado (como hizo Yemen en el mar Rojo; el bloqueo se dirige únicamente contra la navegación saudí).

El frente iraquí dará lugar a una grave escalada en muy poco tiempo. Kataib Hezbolá, por ejemplo, ha ampliado su advertencia y actuará contra los activos estadounidenses que operan desde territorio saudí.

Esta es una señal de grave escalada.

En resumen: la moderación de Irán, tal y como se presenta, es estratégica, no pasiva. El campo de batalla se está ampliando: se trata de una arquitectura de guerra regional interconectada. No es de extrañar, ya que el 28 de febrero marcó la siguiente etapa de la guerra internacional estadounidense/israelí/sionista contra todo el Eje de la Resistencia.

China está profundamente implicada. Los servicios de inteligencia paquistaníes han vuelto a confirmar que Pekín ha trasladado un importante lote de sistemas de defensa aérea a Irán a través del puerto de Gwadar, un nodo clave del Corredor Económico China-Pakistán (CPEC, en inglés). Las transferencias de armas se están realizando por vía marítima.

Incluían una combinación en varias capas de MANPADS y equipos de defensa aérea más avanzados, entre los que destacaban hasta 400 MANPADS de las series QW y FN; el QW-12, por ejemplo, utiliza un buscador de infrarrojos de doble banda diseñado para distinguir objetivos reales de contramedidas.

Irán también está modernizando sus defensas aéreas móviles mediante un paquete ruso de 580 millones de dólares que incluye 500 lanzadores Verba y 2.500 misiles.

Tanto Pakistán como China, por razones obvias de seguridad nacional y para no enemistarse directamente con el «Neo-Craso», han negado públicamente, una y otra vez, cualquier transferencia de armas.

Todo está en el aire en cuanto a si la Administración Trump —o el grupo demencial del «Neo-Craso»— aceptará que los canales de Pakistán y Omán aún puedan ofrecer una vía de regreso a la mesa de negociaciones.

Si Washington se lanza a un bombardeo al estilo de la «Operación Puertas del Infierno» contra la infraestructura de misiles, de mando y de defensa costera de Irán, la actual moderación de Teherán desaparecerá —para siempre—.

Y las consecuencias serán absolutamente devastadoras, afectando a la infraestructura energética del Golfo; a lo que queda de las bases regionales estadounidenses; al territorio saudí, imposible de proteger; y a los corredores marítimos clave que conectan el estrecho de Ormuz y el mar Rojo.


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