Polonia contra Europa: el Anticristo se retrasa

31–47 minutos
Satirical geopolitical collage with political leaders, bears, trains, maps, flags, and war imagery

Conversación con Aleksander Duguin en el programa de Sputnik TV Escalatsia. Traducción al español por el Dr. Enrique Refoyo.

Aleksander Duguin analiza la crisis política que se está desarrollando en Polonia, sus vínculos con las elecciones de mitad de mandato en EE. UU. y el destino de Donald Trump, la crisis más profunda del liberalismo y la democracia occidentales, lo que está en juego desde el punto de vista escatológico en la contienda entre Netanyahu y Eisenkot en Israel, y la necesidad de que Rusia abandone su orientación inercial hacia un Occidente que ha perdido el sentido de la realidad.

Presentador: En Polonia se están desarrollando acontecimientos muy interesantes y dramáticos. Según el presidente del Tribunal Constitucional, Zbigniew Kapiński, lo que está ocurriendo allí tiene todas las características de un golpe de Estado.

Intentemos averiguar juntos qué ha ocurrido exactamente. Según el mismo Kapiński, se enviaron aproximadamente mil agentes de policía al recinto del Tribunal Constitucional, supuestamente para «estabilizar la situación». Dígame, Aleksander Gelyevich [Duguin], ¿qué ha provocado acontecimientos de esta magnitud e intensidad? ¿Por qué se han agravado hasta tal punto las tensiones entre el Gobierno actual y los jueces nombrados por el Gobierno anterior?

Aleksander Duguin: Creo que todo esto está directamente relacionado con las llamadas elecciones de mitad de mandato en Estados Unidos, donde en estos momentos se está decidiendo en gran medida el destino de Trump y de todo el Partido Republicano. Dado que Estados Unidos sigue siendo la fuerza dominante de forma asimétrica dentro del mundo occidental moderno —y para Europa, sobre todo—, los procesos políticos internos que tienen lugar en EE. UU. durante estas elecciones (la votación y el recuento de votos se están llevando a cabo en este mismo momento) nos están llevando al umbral de transformaciones globales.

En Europa, la élite globalista —todos esos Tusk, Merz y Macron— está orientada exclusivamente hacia el Partido Demócrata estadounidense. Son globalistas clásicos, partidarios de izquierdas de las estructuras de Soros, defensores de la agenda LGBT y apologistas de la migración descontrolada. Su programa globalista de izquierdas es esencialmente idéntico al rumbo de los demócratas estadounidenses.

Al mismo tiempo, al igual que los conservadores, los populistas, la derecha y los ciudadanos de a pie de los propios Estados Unidos eligieron y apoyaron a Trump —a pesar de los demócratas y los globalistas, en busca de un camino alternativo—, algo similar ha ocurrido también en Europa, aunque a un nivel diferente. En Polonia, representantes de dos líneas irreconciliables han acabado al frente del Estado. Por un lado está el primer ministro Donald Tusk, un representante directo del Partido Demócrata de EE. UU., de Soros y del euroatlantismo ultraliberal, que rechaza los valores católicos y tradicionales fundamentales.

Por otro lado, aprovechando la ola del populismo de derechas, fue elegido el presidente Karol Nawrocki, respaldado por los círculos conservadores y católicos. Hay que decirlo sin rodeos: tanto Tusk como Nawrocki son extremadamente hostiles hacia Rusia. Son rusófobos acérrimos, y no hay que hacerse ilusiones sobre ellos ni por un segundo. Para nosotros, ambas corrientes son una fuerza ajena y hostil. Pero, objetivamente, la política en Occidente, incluida la polaca, se ha dividido entre dos polos.

Así pues, en vísperas de las elecciones de mitad de mandato en EE. UU., cuando la mayoría de las previsiones apuntaban a que Trump y los republicanos podrían perder el control total del Congreso, se tomó discretamente la decisión de purgar por la fuerza a los «trumpistas polacos» condicionales dentro de la propia Polonia.

La situación allí ha llegado a un punto muerto precisamente porque la propia América se encuentra en un punto muerto. Si hubiera habido una victoria clara de uno de los bandos en Washington, la situación en Varsovia se habría resuelto de otra manera. Pero mientras los demócratas mantengan sus posiciones, mantendrán a sus agentes europeos —todos esos von der Leyens, Merzes y Tusks— en plena alerta de combate: «¡Adelante, purgad a todos los conservadores afines a Trump y al movimiento, antes de que llegue nuestra ola de revancha!».

Y, al parecer, fueron las estructuras estadounidenses las que proporcionaron información a Nawrocki: literalmente dio media vuelta con su avión en pleno vuelo, mientras se encontraba de visita en África, y regresó a Varsovia al enterarse del golpe de Estado planeado. Los servicios de inteligencia y los círculos interesados le informaron de que Tusk estaba, de hecho, llevando a cabo un golpe de Estado.

El primer ministro nombró a sus jueces ilegítimos y a su antojo con un objetivo evidente: iniciar un procedimiento de destitución y apartar del cargo al presidente Nawrocki —el principal exponente de la línea nacional-conservadora y pro-trumpista—. Como resultado, se ha formado un doble poder en el sistema judicial polaco: por un lado, la composición legítima del Tribunal Constitucional, que se ampara en las prerrogativas legales del presidente, y, por otro, un órgano cuasi-judicial impuesto por Tusk de manera revolucionaria y coercitiva.

Y ahora todo depende de qué composición dicte el veredicto decisivo: o bien la puesta en marcha del proceso de destitución de Nawrocki, o bien la apertura de causas penales contra el propio Tusk por intentar un golpe de Estado. Precisamente por eso el Tribunal Constitucional se ha convertido en el epicentro del enfrentamiento. El edificio ha sido bloqueado por la policía subordinada al Gobierno de Tusk, mientras que en el exterior se concentran multitudes de muchos miles de ciudadanos que apoyan a Nawrocki —es decir, la abrumadora mayoría de la población polaca de mentalidad tradicional—.

Al mismo tiempo, persiste una presencia oculta pero significativa del ejército, que tradicionalmente jura lealtad al jefe de Estado y, en este conflicto, simpatiza con Nawrocki. Se trata de una división clásica: la policía a favor del globalista Tusk, y el ejército y el pueblo a favor del presidente Nawrocki. Lo que estamos presenciando en Polonia es un golpe de Estado clásico, de manual, que los globalistas de izquierdas intentaron llevar a cabo a escondidas, contando con que las posiciones de Trump se debilitaran tras las elecciones de mitad de mandato en EE. UU. para poder eliminar impunemente a los líderes conservadores indeseables utilizando métodos inconstitucionales.

Para los liberales modernos, sin embargo, el concepto de «legalidad» se ha convertido desde hace tiempo en una palabra vacía. Actúan según patrones bien ensayados: recordemos cómo aplastaron a los candidatos soberanistas en Rumanía o cómo intentaron destruir Alternativa para Alemania.
Cualquier político que se niegue a seguir las reglas del gobierno globalista y de las redes de Soros es declarado automáticamente por ellos «ilegítimo».

Presentador: Vuestras elecciones son deshonestas, vuestros candidatos no son los adecuados.

Aleksander Duguin: Sí, «no nos gustan en absoluto vuestros candidatos, nunca les hemos concedido ningún derecho a existir…». En efecto, lo que tenemos ante nosotros es lo que ahora se denomina acertadamente no la Unión Europea, sino el «euro-koljós»1 o las «euro-troikas».2

Se trata de un Estado liberal totalitario al que, francamente, le traen sin cuidado todas las formas de legalidad y democracia en cuyo nombre supuestamente actúa. Se trata de la clásica situación en la que, como ellos mismos admiten abiertamente, la democracia queda suspendida. De hecho, ha sido abolida en favor de la ideología liberal pura.

Los liberales se han convertido en comisarios ideológicos. Están construyendo un sistema de selección: si un candidato tiene la conciencia globalista «correcta», si es un agente liberal leal a Soros, entonces puede ser nombrado y ascendido. Kaja Kallas encaja perfectamente en todos los parámetros; Annalena Baerbock y los demás comisarios del liberalismo global superan esta prueba con nota. Y quienes no la superan quedan automáticamente declarados al margen de la ley.

La esperanza de todas las fuerzas conservadoras y populistas de Europa residía en la idea de que se pudiera hacer algo frente a esta dictadura liberal, sobre todo teniendo en cuenta que Estados Unidos sigue siendo, de todos modos, la principal potencia de Occidente. Y si Trump hubiera sido un auténtico Trump, y no el malentendido en el que, de hecho, ha resultado ser, podría haber revertido radicalmente esta situación. Podría haber dicho: «¡Vamos, sigamos las reglas! ¡Escuchemos a las personas que han sido elegidas! ¡Acabemos con vuestro terror liberal totalitario y volvamos a la buena democracia de siempre, donde la mayoría tenía un significado real, no la minoría!».

He debatido esta cuestión en detalle en numerosas ocasiones en conversaciones con Francis Fukuyama, el ideólogo clave del liberalismo estadounidense. Y Fukuyama explicó abiertamente esta transformación: antes, la democracia se entendía como el gobierno de la mayoría, pero ahora el concepto ha cambiado; hoy en día, la «democracia» se perfila como un instrumento para la protección y el poder de las minorías, dirigido directamente contra la mayoría.

¿Y de qué es «culpable» exactamente la mayoría? De ser incontrolable. Puede ir a votar a Trump, puede votar a Putin o a alguien aún «peor». Por lo tanto, la mayoría ha sido declarada peligrosa. Simplemente no se le puede conceder el derecho a una elección real: solo deben presentarse candidatos previamente seleccionados y filtrados, bajo cuyo mandato la agenda liberal prevalecerá en cualquier caso.

Y esto no es una casualidad; es un rumbo absolutamente consciente y sistémico del Occidente moderno. A esto hemos llegado. Nos enfrentamos a un sistema totalitario consumado, capaz de apartar a cualquier político disidente, de organizar un golpe de Estado contra él, de detenerlo o de eliminarlo físicamente.
Y lo que está ocurriendo ahora en Polonia no es más que uno de los escenarios, una de las etapas de ese profundo cambio tectónico que ha engullido todo el sistema político de Occidente.

Presentador: Aleksander Gelyevich [Duguin], ¿cómo cree que terminará finalmente todo este drama polaco? A juzgar por la situación actual, parece que, al fin y al cabo, los globalistas no lograron imponer el golpe de Estado y llevarlo a buen término en el primer intento.

Aleksander Duguin: Sí, aún no han logrado llevar a cabo el golpe por completo, pero la situación pende realmente de un hilo. Fíjate: el aumento constante del sentimiento populista en toda Europa es un hecho innegable, en el que coinciden todas las agencias de sondeos. Incluso Marine Le Pen, hacia quien el establishment sistémico se muestra extremadamente hostil, afirma abiertamente que se convertirá en presidenta en las próximas elecciones francesas. En Alemania, Alternativa para Alemania sigue siendo la fuerza política más popular.

En toda Europa se están produciendo hoy en día furiosos disturbios y pogromos, organizados por fuerzas oscuras —muy posiblemente esos mismos globalistas de izquierdas que están agitando deliberadamente las aguas—. Necesitan una guerra civil europea como única herramienta para salvar el pellejo, porque han perdido por completo cualquier apoyo entre la población. Según todas las apariencias, están intentando desesperadamente aferrarse al poder imponiendo un estado de emergencia y una dictadura total.

El mismo objetivo se persigue con el fomento artificial de la histeria y las expectativas de una guerra inevitable con Rusia. ¿Recuerdas el viejo eslogan ucraniano «Ucrania es Europa»? Pues bien, hoy la lógica de los eurócratas ha evolucionado en la dirección opuesta: miran a Kiev y piensan «Europa es Ucrania». Miran al régimen de Zelenski con envidia: hay una guerra, no hay democracia, no hay elecciones, nadie puede destituir al dictador por la vía legal… Los globalistas observan esta vergüenza y piensan: «¿Era esto realmente posible?». Y por si fuera poco…

Presentador: Les dan dinero.

Aleksander Duguin: Todo el mundo les da dinero —sí, en general: simplemente vivan como les plazca—. Pero el pueblo…

Una de las tareas de las élites modernas de Europa Occidental es el exterminio de la población autóctona, el llamado «Gran Reemplazo» (Le Grand Remplacement). Esto se da a entender de forma bastante abierta, porque la población europea blanca es propensa al autoritarismo; es peligrosa para ellos. Los propios líderes de los países europeos están trabajando de forma consciente y sistemática para sustituir a la población local por recién llegados.

Y Zelenski lo hace de forma aún más eficaz: simplemente ha destruido físicamente a millones de ucranianos. ¿Acaso la guerra es la solución universal para este tipo de poder? ¿Tanto para impulsar la agenda globalista como para la destrucción física de la propia población autóctona? Estos migrantes y los alborotadores que actualmente saquean tiendas en las capitales y ciudades europeas difícilmente van a ir a luchar contra los rusos. ¿Son tan tontos? No irán, y no tienen intención alguna de hacerlo. Seguirán saqueando y violando —lo que mejor saben hacer y lo que las autoridades, en la práctica, acogen con agrado—.

Serán los últimos de la población local, aquellos a los que de alguna manera aún se pueda motivar, los que irán a la guerra. Eso es con lo que cuentan. Por eso me parece que nos encontramos en una situación extremadamente complicada. Sí, en Polonia el golpe de Estado no tuvo éxito en el primer intento. La facción de Trump en la CIA intervino —quizá no la más numerosa ni la más influyente, pero sí la que logró advertir a Nawrocki a tiempo—.

Es difícil predecir cómo acabará esto, pero Europa en su conjunto se está deslizando, o bien hacia una guerra civil interna, o bien hacia una guerra contra nosotros. Porque si se confirma la información de que Tusk tiene la intención de enviar tropas polacas al territorio de Ucrania occidental… Ahí tienes el pretexto perfecto. Inmediatamente después se declara el estado de emergencia.

A Nawrocki, que se manifiesta junto al pueblo, se le retira por la fuerza con el pretexto de la ley marcial. Y Tusk inicia operaciones de combate directas, convirtiéndose en el «Zelenski número dos». Entonces, Merz se convierte en el «Zelensky número tres», Macron en el «Zelensky número cuatro» (o en cualquier otro orden) y Kallas en el «Zelensky número cinco».

Como resultado, toda esta élite política europea, que está absolutamente en bancarrota democrática y está formada por simples usurpadores del poder, conserva sus puestos. En Estados Unidos, es posible que para entonces el régimen haya cambiado —Trump será sometido a un proceso de destitución, lo cual es más que probable— y entonces Estados Unidos reanudará la financiación a gran escala de Europa exactamente de la misma manera que Europa financia a Ucrania.

Y todo encajará: todos reciben dinero, todos luchan con las manos ajenas y Estados Unidos vuelve a estar en manos de los demócratas. Por lo tanto, en cuanto a Trump —a pesar del vergonzoso fracaso de su propia misión histórica, pues era la última esperanza de todos los estratos conservadores tanto en Estados Unidos como en Europa y en todo el mundo (al fin y al cabo, podría haber aceptado un mundo multipolar, ¡pero no!)—, su sionismo, su sionismo cristiano, Bibi y sus propias debilidades políticas lo arrastraron a esas aventuras que anularon su comienzo prometedor. Y, sin embargo, es precisamente él quien sigue impidiendo que el mundo se derrumbe definitivamente.

Incluso un Trump así —un Trump cojo, un medio Trump, un Trump truncado, un «lame duck» (pato cojo), como se denomina a los presidentes estadounidenses tras las elecciones de mitad de legislatura—, aun así, el equilibrio global sigue recayendo sobre él por ahora. Esta frágil paz descansa sobre una persona tan poco fiable y contradictoria como Trump. Y esto hace que la situación sea extremadamente tensa: para los europeos, para los estadounidenses y para nosotros.

Presentador: El 27 de octubre se celebraron elecciones parlamentarias en Israel. El partido Likud, liderado por Benjamin Netanyahu, obtuvo 27 escaños de un total de 120, mientras que el principal bloque de la oposición le pisa los talones con 21 escaños. A juzgar por las cifras, Netanyahu aún no cuenta con una mayoría estable para formar un gobierno completo; la situación parece otro punto muerto político extremadamente difícil. ¿Qué va a pasar ahora en Israel? ¿Significa esto que la era histórica de Netanyahu está llegando por fin a su fin?

Aleksander Duguin: Nota: Netanyahu ganó, obteniendo un poco más, y su principal oponente —también sionista, Gadi Eisenkot— obtuvo un poco menos. Pero, en principio, sus políticas son muy similares. La única diferencia es que Eisenkot criticó a Trump por su ultraradicalismo: cree que esta política escatológica de la creación forzada de un «Gran Israel» es prematura, mientras que Netanyahu piensa que ahora es precisamente el momento más adecuado. Ese es su principal desacuerdo. Y también está la disputa sobre el reclutamiento de ortodoxos religiosos en el ejército: Netanyahu está en contra, Eisenkot a favor; este último se presenta como un político más laico y nacionalista.

Pero lo más importante aquí es otra cosa: los partidos árabes («Lista Unida» y Ra’am) obtuvieron en conjunto alrededor del 19 % en las elecciones. Y este volumen de representación ofrece, en teoría, a Gadi Eisenkot la posibilidad de formar gobierno. Para ello, por supuesto, tendrá que transigir en ciertos dogmas sionistas y formar una alianza con los árabes para poder convertirse en primer ministro.

Si esto ocurre, asistiremos a cambios radicales tanto en el propio Israel como en Estados Unidos, porque toda la lógica de las acciones futuras se reestructurará de forma fundamental. Gadi Eisenkot no es un pacifista de izquierdas ni un demócrata liberal. Es un sionista agresivo, en nada inferior a Netanyahu, pero sin esa dimensión extremista y escatológica. Es más laico, más sobrio y más pragmático.

Si forma una coalición con la lista árabe —contra lo cual ya se está pronunciando parte del ala derecha, como Lieberman—, Netanyahu está acabado. Y esto es increíblemente grave. Afectará al mundo entero, porque Netanyahu es el principal motor de la escalada. Todo lo que hace Netanyahu está directamente vinculado a la expectativa de la llegada inminente del Mesías, la construcción de un «Gran Israel», el genocidio de los palestinos y la destrucción del mundo árabe. Se trata de un escenario extremadamente radical, en torno al cual se ha construido una parte significativa de la política exterior estadounidense, ya que Netanyahu está intentando desesperadamente arrastrar a Trump a lanzar un ataque nuclear contra Irán.

Si Eisenkot consolida su posición, entra en una coalición y se convierte en primer ministro legítimo, la situación dará un giro sustancial hacia la desescalada —o, al menos, este proyecto escatológico ultrarradical quedará pospuesto—.

Aunque aquí son posibles diferentes configuraciones. Por un lado, los árabes están dando señales de que están dispuestos al diálogo, al igual que Eisenkot. Por otro lado, no se puede descartar que parte del ala derecha de Bibi (por ejemplo, el partido religioso Shas, que siempre está vacilando) decida pasarse al bando de Eisenkot, con lo que este obtendría suficientes votos solo de los partidos judíos. Esta variante es poco probable, pero no se puede descartar.

Una tercera opción es que todo se bloquee, no se forme ninguna coalición, Netanyahu siga siendo primer ministro en funciones por inercia y se convoquen nuevas elecciones. Pero en Israel nadie quiere eso. La abrumadora mayoría se inclina a creer que una alianza entre Eisenkot y el bloque árabe es una salida real tanto para los sionistas moderados como para los partidarios de un escenario más suave.

Ya no existe un ala democrática ni de izquierdas en Israel; los analistas son unánimes: solo quedan allí diferentes formas de ultranacionalismo bastante intransigente. Pero incluso en este contexto, Netanyahu representa el polo extremo, absolutamente extremista. La idea de volar la mezquita de Al-Aqsa, apoderarse de Damasco, construir un «Israel de mar a mar» en previsión del Mesías y la inminente llegada del «Rey de los Judíos» (de quien Netanyahu se considera sinceramente el precursor): esto es demasiado incluso para una sociedad israelí agitada y de extrema derecha.

Por lo tanto, en estos momentos se está decidiendo allí una cuestión fundamental, y sus resultados afectarán inevitablemente al mundo entero, dada la colosal influencia de estas fuerzas en la escena mundial.

Presentador: Si Eisenkot da ese paso y forma gobierno, ¿cuál será la postura de Israel respecto a Irán? ¿En qué se diferencian los enfoques de Netanyahu y de su oponente en términos prácticos y militares?

Aleksander Duguin: La línea principal de Eisenkot es que Netanyahu cometió un error fatal al iniciar esta guerra. En consecuencia, Eisenkot se inclinará no tanto por eliminar por completo la cuestión iraní de la agenda como por atenuarla sustancialmente. Si los iraníes no provocan una nueva ronda —y lo más probable es que se abstengan de hacerlo, ya que llevan a cabo su política exterior con extrema racionalidad—, entonces cabe esperar razonablemente una desescalada en este ámbito.

Esto resultaría extremadamente beneficioso también para los estadounidenses y se convertiría, literalmente, en un salvavidas para Trump. Verás, toda la lógica de Netanyahu se basa en la expectativa de que el Mesías debe aparecer ante ellos en este preciso momento. Si el Mesías no aparece en medio de esta situación crítica y escatológica, entonces todo su entramado comienza a derrumbarse, y todo habrá sido en vano.

Por eso se encuentran en una situación desesperada y sin salida. Estoy convencido de que la única y última oportunidad de Netanyahu para mantenerse en el poder es persuadir a Trump a toda costa de que lance un ataque nuclear contra Irán. Este escenario sigue sobre la mesa; sigue vigente. Y si ocurre, se convertirá en una catástrofe absoluta y colosal, ante todo para el propio Israel.

Presentador: Tenemos una pregunta de un oyente precisamente sobre este tema.

Aleksander, de Perm, pregunta: «¿Están Netanyahu e Israel seguros de que Irán ya no posee armas nucleares, dado que Irán también se está preparando para tal giro de los acontecimientos, y esto podría acabar convirtiéndose en una catástrofe?» Aleksander Gelyevich [Duguin], su opinión sobre esta pregunta: ¿hasta qué punto comprenden realmente todas las partes las consecuencias de tales medidas?

Aleksander Duguin: Creo que en Occidente y en Israel existe una visión objetiva de las capacidades reales de Irán. Más aún teniendo en cuenta que Teherán publicó hace tiempo un escenario hipotético de un ataque de represalia contra el centro nuclear de Dimona. Y esa instalación en Israel es, de hecho, una gigantesca bomba nuclear «sucia». Si se llevara a cabo un ataque de represalia de este tipo, Israel simplemente dejaría de existir. Por supuesto, algo de Irán permanecería —es un Estado enorme con una gran población y un amplio territorio—. Sin embargo, el compacto Israel podría ser físicamente borrado de la faz de la tierra, y su territorio quedaría completamente inhabitable. E Irán cuenta con todas las capacidades necesarias para ello.

Pero quiero llamar especialmente su atención sobre la radicalización sin precedentes de la conciencia de las élites occidentales modernas en todos los ámbitos. Tomemos como ejemplo a los globalistas: en este momento son opositores de Netanyahu y Trump, pero su propia agenda es de un extremismo absoluto. Su impulso de proyectos ultraliberales —y, en esencia, poshumanos— para el cambio de género, la sustitución de la población, la destrucción de los Estados nacionales y la imposición de una cultura posmoderna que disuelve los restos de la personalidad humana tiene un carácter extremadamente agresivo.

Y para defender este proyecto, los globalistas están dispuestos a recurrir a cualquier tipo de provocación: instigar disturbios, revoluciones de colores, organizar guerras civiles o incluso desatar una guerra directa contra nosotros. La disposición de los globalistas europeos a entrar en una confrontación directa con una potencia nuclear supone una disposición directa a situar al mundo entero al borde de la autodestrucción.

El escenario de un ataque conjunto de Netanyahu y Trump contra Irán es una provocación exactamente del mismo tipo escatológico, solo que en otra región. En este caso, el objetivo no es Rusia, sino Irán y Oriente Medio. Si ocurre algo por el estilo y se produce un intercambio de ataques nucleares o «sucios», toda la región se convertirá en un desierto inhabitable, y una catástrofe económica, ecológica y política colosal se abatirá sobre la humanidad.

Fíjense en lo que ha estado ocurriendo estos días en los mercados mundiales. Hemos sido testigos de un colapso sin precedentes. Todo comenzó con la afirmación de que unos hackers norcoreanos (y siempre resulta conveniente echarles la culpa de todo) retiraron más de 6.000 millones de dólares de la plataforma Binance. Como resultado, ¡las pérdidas totales en los principales índices del mercado bursátil estadounidense en un solo día ascendieron a un billón de dólares! Un billón de dólares se evaporó sin más de la economía mundial en 24 horas, a pesar de que ni siquiera ha comenzado una guerra a gran escala. Un sinfín de las mayores corporaciones se encontraron al borde del colapso.

¿Y qué sucederá después, cuando esta burbuja financiera estalle finalmente y coincida con un ataque nuclear, una catástrofe ecocida a gran escala o el estallido de una guerra civil europea?

Los escenarios entre los que oscila hoy la dirección occidental son, sin excepción, monstruosos. Si pudiéramos oír siquiera a un líder occidental importante decir: «¡Reconocemos un mundo multipolar! Aceptamos coexistir con otras civilizaciones independientes, competir con ellas, comerciar, rivalizar, sí, incluso entrar en conflicto en algunos lugares, pero preservemos un orden común que hoy solo puede ser multipolar!»… pero, ay. Hoy en día no hay ninguna voz de este tipo en Occidente.

Es decir, o bien se aferran desesperadamente a una unipolaridad moribunda, o bien proponen abolir por completo cualquier polo independiente, o bien están esperando al Mesías —es decir, algo que, en principio, no puede suceder—.

Las fuerzas políticas más importantes de Israel, y detrás de ellas Estados Unidos con su gigantesco potencial global, se han visto envueltas en una expectativa fanática y escatológica de los elementos más extremos y radicalmente religiosos. Tal actitud hace que el orden mundial sea extremadamente vulnerable, frágil, volátil y absolutamente impredecible. En este ambiente, los dirigentes israelíes comienzan a razonar según la lógica: «¡Al diablo con todo! Si me apartan del poder, si Eisenkot llega a un acuerdo con los árabes, ¡entonces para nosotros todo habrá terminado! Si no soy el precursor del Mesías, ¿quién soy entonces? ¡Atacemos Irán y que pase lo que tenga que pasar!».

Y decisiones aproximadamente igual de histéricas e irracionales están madurando hoy también en los otros polos de Occidente. En este sentido, Rusia, China, la India, el mundo islámico, África y América Latina representan una especie de archipiélago de la razón. Sí, en nuestro archipiélago hay problemas, fricciones internas y contradicciones, pero, en principio, no estamos dispuestos a destruir todo el planeta simplemente porque a alguien se le hayan agotado los nervios y haya perdido los estribos. Ninguna de estas grandes civilizaciones está interesada en forzar el Armagedón.

Occidente, sin embargo, a pesar de toda la diversidad de sus escenarios de política exterior, parece estar jugando seriamente con el escenario del fin del mundo o intentando provocar a otros para que lo acepten.

La propia idea del fin del mundo, que pertenecía a la categoría de la ficción, de algo increíble e irracional propio exclusivamente de pequeñas sectas marginales, se ha convertido inesperadamente en una de las corrientes más dominantes de la planificación política contemporánea en Occidente.

Y este es, quizás, el giro más inesperado. Definitivamente no estábamos preparados para ello: nuestro presidente y nuestra diplomacia contaban desde hacía tiempo con la racionalidad básica de los socios occidentales. Pero, ¿qué vemos en la realidad? En lugar del Occidente pragmático —ese Occidente que lo calculaba todo con rigor, sacaba ventaja cínica, distribuía los riesgos entre diferentes cestas y actuaba según algoritmos transparentes (aunque fuera en su propio interés, aunque manipulara las reglas, pero preservando los marcos y el orden)—, ha surgido un sujeto totalmente diferente.

Allí, al otro lado del frente —y hoy nos encontramos en un estado de confrontación existencial directa con ellos, a la que ellos mismos nos han empujado—, se sientan actores que han perdido por completo el sentido de la realidad. Están jugando con fuego, jugando con el arsenal nuclear, jugando con revoluciones de colores y levantamientos masivos que sacuden y destruyen a las propias sociedades de Europa Occidental. Están provocando un colapso energético y financiero total de las mayores potencias.

Y este comportamiento ya no puede reducirse a la sed de lucro, al fraude o a unos negocios duros pero racionales. Es algo fundamentalmente diferente. Me temo que hasta ahora no hemos estado lidiando con el Occidente real, sino con nuestra propia proyección inercial: con lo que Occidente solía ser, y no con lo que finalmente se ha convertido hoy en día.

Y aquí, precisamente, es el momento de recurrir a la filosofía, a un estudio profundo tanto del propio Occidente como de nuestra propia tradición.
Porque lo que está ocurriendo en el mundo ya no puede reducirse a los modelos económicos, los cálculos energéticos, los ciclos tecnológicos y los métodos tradicionales de las ciencias políticas que nos son familiares: las cosas, sencillamente, ya no cuadran. Necesitamos cambiar de forma radical el paradigma mismo con el que entendemos a Occidente.

Para nuestra conciencia, era un axioma que el uso de armas de destrucción masiva no es meramente una medida extrema, sino algo que nunca debe ponerse en práctica. Las armas nucleares son, en esencia, armas inutilizables. Se utilizaron una vez, en 1945, pero en cuanto dos polos antagónicos las poseyeron, se acabó: entró en vigor un régimen de disuasión estratégica absoluta y de tabú. Tras el surgimiento de la paridad, el factor nuclear dejó de ser una opción viable en un conflicto militar real.

Pero resulta que… ¡no! Desde un punto de vista racional, todo debería ser así, efectivamente. Pero si vemos otra cosa, entonces es nuestra propia noción de «racionalidad» occidental la que debe cambiarse. Aquí, por desgracia, nos hemos convertido en víctimas de la más pesada inercia. Durante mucho tiempo miramos hacia Occidente, seguimos su estela y nos quedamos constantemente rezagados, viendo solo el último vagón de este tren que se alejaba y orientándonos por él. Pero hacia dónde se precipitan los vagones delanteros y hacia qué abismo se precipita la propia locomotora… nunca nos planteamos esa pregunta. Y deberíamos haberlo hecho.

Ahora bien, esto no es simplemente un tema de debate que se debería haber abordado hace tiempo; es una cuestión de supervivencia física. ¿De dónde ha salido este Occidente? ¿Hacia dónde se dirige? ¿Por qué se está transformando tan rápidamente y en una dirección tan terrible y aterradora? Y lo más importante: ¿nos subimos siquiera al tren correcto desde el principio?

¿Recuerdas «El hombre despistado de la calle Basseynaya»?3 En cierto sentido tuvo suerte: se subió a un vagón desenganchado que no iba a ninguna parte. De eso aún se puede salir con vida. Pero si el tren avanza a una velocidad de locos precisamente hacia donde nos espera la destrucción, y nos subimos a él por error, siguiendo el principio de «como todo el mundo» —todo el mundo corría, y yo corría; todo el mundo hacía cola para comprar billetes, y yo también hacía cola—, entonces surge una pregunta existencial: ¿adónde vamos y realmente necesitamos ir allí?

Por eso los procesos que tienen lugar en el mundo se están volviendo cada vez más descabellados e incomprensibles para los países normales y soberanos. Y Rusia es una civilización normal, hermosa, razonable y ordenada.

Necesitamos urgentemente métodos de pensamiento radicalmente nuevos, nuevos instrumentos para el análisis de las relaciones internacionales y una teoría de las civilizaciones. Se requiere una profunda incursión histórica, pues Occidente no enloqueció de la noche a la mañana: lleva siglos avanzando hacia esta situación. Tenemos que rastrear dónde comenzó este camino, dónde se desviaron exactamente del rumbo, o si la matriz occidental llevaba en sí misma, desde el principio, esa carga escatológica que observamos ahora.

Necesitamos una revisión a gran escala de toda la historia mundial, la política mundial, la teoría de las civilizaciones y la propia concepción del hombre, la cultura, la ciencia y la filosofía. Esa es la labor titánica que estamos obligados a llevar a cabo para actuar con la máxima adecuación y salir victoriosos en estas condiciones extremas.

Presentador: Sí, Aleksander Gelyevich [Duguin], aquí surge una pregunta relacionada con los mecanismos electorales básicos. Cualquier sociedad normal cuenta siempre con mecanismos de autorregulación incorporados —sobre todo la rotación del poder a través de las elecciones, cuando la gente vota por un líder más razonable y adecuado, capaz de llevar a cabo una política que defienda sus intereses—.

Pero hoy vemos que muchos líderes occidentales se han alejado por completo de esta agenda y actúan en contra de los intereses de sus propios votantes. Eso significa que, en algún lugar a este nivel profundo, el propio mecanismo de retroalimentación se ha roto.

Aleksander Duguin: Bueno, se puede ver así, o tal vez deberíamos reconsiderar radicalmente la idea misma de lo que es la «democracia». ¿De dónde sacamos la idea de que este es el mejor sistema político? ¿Por qué creímos ciegamente en este mito liberal de que, gracias a la democracia y a la rotación del poder, el sistema mejora necesariamente en lugar de degradarse?

Los más grandes pensadores de la Antigüedad —Platón y Aristóteles— estaban absolutamente convencidos de lo contrario. Consideraban la democracia una de las peores y más degeneradas formas de gobierno, que genera inevitablemente caos, ochlocracia y demagogia. Y la constante reorganización que conlleva el cambio de poder priva al gobernante de la posibilidad de concentrarse en una construcción estratégica a largo plazo, obligándole a recurrir al populismo y a la bufonada política en aras de la aprobación momentánea de la multitud.

¿Por qué, siguiendo al Occidente, empezamos a deificar la democracia? No hay absolutamente nada sagrado en ella. No hay ni una sola palabra al respecto ni en el Antiguo ni en el Nuevo Testamento, ni tampoco en el Evangelio. La historia sagrada nos ofrece modelos completamente diferentes, probados a lo largo de milenios: el poder de los jueces, el poder de los líderes carismáticos, el poder de los reyes sagrados y los imperios legítimos.

¿Por qué nos creímos de repente esta mitología occidental de la Ilustración según la cual «la democracia y las elecciones pondrán todo en su sitio»? No ponen nada en su sitio y nunca lo han hecho. Las convulsiones democráticas van acompañadas en todas partes de una violencia monstruosa, del colapso de los Estados y del genocidio; recordemos al menos la Gran Revolución Francesa o la tragedia de nuestro propio «Tiempo de Trastornos»4 y las convulsiones revolucionarias.

La democracia es, en el mejor de los casos, una de las posibles formas políticas condicionadas históricamente. Pero que ciertamente no es una panacea, que no representa ningún «logro supremo» del espíritu humano, eso resulta obvio para cualquier analista sensato.

La democracia, desde sus inicios, lleva en sí misma una ambigüedad colosal. Y en lo que ha degenerado hoy —una dictadura liberal abierta y el dictado de las minorías— no es en absoluto un fallo aleatorio. Es su posibilidad original e inmanente, su desenlace genético.

Por lo tanto, debemos reconsiderarlo absolutamente todo. Y nuestro principal error radica en el hecho de que siempre hemos ido a la zaga de Occidente, intentando ponernos a su nivel. Por inercia, a la antigua usanza, seguimos razonando en categorías liberales: como si «algo hubiera salido mal con la democracia por allí». ¡Pero cómo se puede siquiera pensar que algo pueda estar alguna vez «bien» con ella! Siempre hay algo que falla en ella, desde su mismo nacimiento.

No es casualidad que la filosofía política clásica lo señalara directamente: la democracia asoma la cabeza cuando la sociedad comienza a degradarse, a embrutecerse y a desintegrarse en una masa atomizada. Y no es casualidad que en nuestra propia historia tradicional prácticamente nunca hubiera democracia, ni de jure ni de facto. ¡Y gracias a Dios!

Por lo tanto, la democracia no es una panacea. Ninguna de las instituciones occidentales es una respuesta universal. Tenemos que replantearnos de nuevo, partiendo de cero, tanto nuestra propia identidad como nuestra historia profunda y nuestro futuro civilizatorio.

Observar y replantearnos críticamente el camino recorrido por Occidente hasta la situación en la que se encuentra hoy. Al fin y al cabo, siempre nos hemos quedado rezagados respecto a él —¡y gracias a Dios!—. No necesitamos correr tras este tren enloquecido. Debemos darnos cuenta claramente de que vamos en una dirección completamente diferente; nuestro rumbo es fundamentalmente distinto.

Nuestra tradición rusa, nuestra civilización rusa, nuestra Santa Iglesia, nuestro pueblo ruso, nuestra condición de Estado, nuestra gran potencia y nuestra cultura siempre han seguido su propio camino. Volvamos, pues, a nuestra propia vía, a nuestros raíles nativos, y avancemos con confianza hacia nuestro propio futuro —ruso, soberano y civilizacional—.

Y entonces todo encajará al instante. Entonces veremos con claridad hacia qué abismo se precipita la locomotora occidental. Todo nos resultará extremadamente claro. Descubriremos que lo que tenemos ante nosotros no es en absoluto un «fallo» fortuito en el mecanismo de la democracia, sino que la democracia como tal es una injusticia histórica.

Se trata de una alucinación global, precipitada e infundada, impuesta por élites oscuras con las intenciones más perversas. Todo el mundo habla de «democracia», pero no se encuentra por ninguna parte, y cuanto más alto gritan al respecto, más terribles son las máscaras que adopta, revelando facetas cada vez más oscuras y ctónicas. Y esto tampoco es en absoluto casual. En otras palabras, debemos adoptar de forma irreversible nuestro propio punto de vista ruso sobre absolutamente todo: tanto la política como la economía, la tecnología, la religión y el espíritu.

Y desde allí, desde la altura de nuestro propio puesto de observación civilizacional, debemos comprender tanto a nosotros mismos como a todo el mundo que nos rodea. Solo entonces entenderemos verdaderamente lo que está sucediendo en él. En esencia, ya lo estamos haciendo. Recordemos los decretos oficiales de nuestro presidente: la defensa de los valores tradicionales, la proclamación oficial de Rusia como Estado-civilización, la conciencia de la aguda necesidad de la ilustración histórica… Todo ello supone un avance en la dirección correcta, hacia una auténtica soberanía civilizacional.

Pero el problema es que seguimos estando profundamente impregnados de los modelos occidentales, de las ideas occidentales apresuradas, contradictorias y, en ocasiones, abiertamente falsas y erróneas. Debido a esta carga, aún no podemos comprender en toda su magnitud lo que está sucediendo a nivel global —y estamos obligados a hacerlo—.

Presentador: Siguiendo con el tema de la democracia: se acercan las elecciones de mitad de legislatura al Congreso de los Estados Unidos. Los analistas y expertos difieren en sus valoraciones, pero muchos coinciden en que los republicanos corren el riesgo de perder al menos una de las cámaras —la Cámara de Representantes— y algunos pronostican que también perderán el control del Senado. ¿Cuál es su opinión al respecto? ¿Qué sucederá en la práctica si se materializan estos escenarios negativos para Trump y cómo intentará él, a partir de entonces, establecer una interacción con nosotros y con la comunidad internacional?

Aleksander Duguin: En primer lugar, muchas de las cosas que Trump ha estado intentando hacer hasta ahora —aunque haya dudado, aunque haya actuado de forma incoherente— simplemente no podrá continuarlas, porque se ejercerá una presión colosal sobre él.

Los demócratas son nuestros enemigos absolutos e irreconciliables. Obligarán a un Trump ya dudoso y vacilante a moverse en un margen extremadamente estrecho. La rueda del «Rusiagate» volverá a girar, se volverán a lanzar acusaciones de que es un «agente de Putin» y toda esta sarta de tonterías volverá a empezar desde cero. No descarto en absoluto la destitución de Trump y su retirada anticipada del poder bajo un pretexto u otro. Los demócratas están ahora furiosos.

Si logran hacerse con el control del Congreso, su venganza contra Trump por el horror que vivieron será despiadada. Al fin y al cabo, al principio se asustaron de verdad: cuando Elon Musk creó DOGE y empezó a sacudir a la USAID, el «Estado profundo» sistémico pensó que realmente estaban empezando a ser erradicados, que Trump cumpliría sus promesas. Pero luego vieron que se trataba de una simple fanfarronada, no de una estrategia bien pensada, y se calmaron un poco.

Sin embargo, nunca perdonarán a Trump por el miedo que sintieron. Su venganza contra los trumpistas será furiosa: comenzará una dura dictadura liberal al estilo de Macron o del propio Tusk. Tampoco descarto una guerra civil a gran escala en Estados Unidos, ya que la sociedad estadounidense está extremadamente polarizada. Trump levantó la mano pero no golpeó, y en una lucha tan dura eso no se perdona.

Ahora aquellos a quienes amenazó con el dedo están volviendo al poder, y están decididos a aplastarlo. Trump se encontrará en una situación críticamente limitada; rápidamente se verá acorralado. En lo que a nosotros respecta, definitivamente no podrá responder por sus palabras: nunca antes se mostró especialmente dispuesto a cumplir compromisos con nadie, y con nosotros aún menos. Por lo tanto, la situación política interna en Estados Unidos no hará más que recrudecerse.

Lo único que Trump podría decidir hacer, siguiendo el principio de «si el granero se ha quemado, que se queme también la casa», es atacar Irán junto con Netanyahu, proclamándose «rey del mundo» durante unos quince minutos. Y tras eso se pondrá en marcha una reacción en cadena totalmente impredecible. Al darse cuenta de que la llegada del Mesías se retrasa, los fanáticos podrían intentar «simular» su llegada mediante una catástrofe escatológica artificial.

El colapso de Trump en las elecciones o su parálisis en el Congreso acarrean terribles consecuencias. Sin embargo, incluso si milagrosamente conservara el control del Congreso, ya no cabe esperar nada fundamentalmente bueno de él: aunque quisiera sinceramente llegar a un acuerdo razonable, sus oponentes, ahora más fuertes, simplemente no se lo permitirían.

Por supuesto, nos gustaría mucho que Occidente se sumiera por fin en sus propias disputas internas y, de una vez por todas, nos dejara en paz. Pero no tenemos derecho a contar con tal regalo del exterior. Si no nos ocupamos de nosotros mismos —de nuestra seguridad, nuestras victorias, nuestros profundos retos y significados—, nadie lo hará por nosotros.

Si Rusia no se salva a sí misma —con la ayuda de Dios, con fe en su espíritu, en su historia, en su pueblo, en su gran Potencia y en su Santa Iglesia—, entonces nadie nos regalará esta Victoria ni esta salvación. ¡Estamos obligados a arrebatárselas con nuestras propias manos!
(Traducido del ruso)

Notas del traductor del ruso al inglés:

1

Nota del traductor (TN): «Euro-kolkhoz» (евроколхоз) es un término peyorativo que fusiona «Europa/UE» con el kolkhoz soviético (granja colectiva). Describe a la Unión Europea como un sistema colectivista rígido y jerárquico en el que la soberanía nacional está subordinada a una burocracia central, de forma muy similar a como los campesinos soviéticos se veían obligados a formar parte de granjas colectivas bajo un estricto control central y se les negaba la autonomía económica o política.

2

TN: «Euro-troikas» (евротройки) alude a las «troikas» de la crisis de la deuda de la zona del euro (la Comisión Europea, el Banco Central Europeo y el FMI), que impusieron medidas de austeridad y condiciones políticas a los Estados miembros. En este contexto, evoca a organismos externos que se imponen a los gobiernos nacionales elegidos y obligan al cumplimiento, presentando a la UE como un mecanismo antidemocrático de imposición externa en lugar de una asociación voluntaria de Estados soberanos.

3

TN: «El hombre despistado de la calle Basseynaya» es una referencia al clásico poema infantil soviético de Samuil Marshak de 1928 (adaptado posteriormente a una famosa historieta) sobre un hombre despistado que, entre otras desventuras, se sube a un tren solo para descubrir que se ha subido a un vagón desenganchado que no va a ninguna parte. En la entrevista, la imagen se utiliza de forma metafórica: a diferencia del «hombre despistado», que tuvo «suerte» porque su vagón no se movía, quienes siguieron a Occidente pueden haber subido a un tren que avanza a toda velocidad hacia el desastre.

4

TN: El «Tiempo de los Trastornos» (Смутное время, c. 1598-1613) fue un período de crisis dinástica, guerra civil, hambruna e intervención extranjera en Rusia que siguió a la muerte del último zar de la dinastía de los Rurík y terminó con la ascensión al trono de la dinastía de los Romanov.

En la entrevista, se invoca como ejemplo histórico de la violencia, el colapso del Estado y la agitación que pueden acompañar a los períodos de desintegración política y lucha por el poder, y se sitúa junto a la Revolución Francesa como advertencia contra el caos que puede seguir al colapso del orden establecido.


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