Yalta 2.0 y la dimensión turca del orden económico mundial integral: valores comunes, seguridad común, desarrollo común

12–18 minutos
Trump, Putin, and Xi seated around a glowing globe in a damaged hall

Escrito por la redacción de United World International. Traducción por el Dr. Enrique Refoyo.

La reunión de los líderes de Rusia, EE. UU. y China al margen de la cumbre de la APEC en Shenzhen ofrece esperanzas de una transición pacífica hacia un nuevo orden económico mundial.

Sergey Glazyev, académico de la Academia Rusa de Ciencias, doctor en Ciencias Económicas y catedrático, es autor de una teoría fundamental sobre el cambio de los órdenes tecnológicos y económicos mundiales. Su trayectoria difiere de la de un académico de salón: durante décadas ha compaginado la ciencia con la participación en la política estatal. Ante nosotros se encuentra un académico que, durante muchos años, ha participado en la configuración de la misma realidad que estudia.

Por Sergey Glazyev

1.El mundo en el umbral de una transición sistémica hacia un nuevo orden económico mundial

El orden mundial moderno está atravesando una crisis sistémica. No solo se está destruyendo la antigua arquitectura de la seguridad internacional, sino que también están cambiando los centros de poder económico, el sistema financiero, el equilibrio tecnológico y los propios principios de la interacción internacional. En términos de la teoría de los órdenes económicos mundiales, esto supone una transición de un sistema histórico a otro. Las antiguas instituciones ya no son capaces de garantizar la estabilidad, y las nuevas aún no se han formado.

Precisamente por eso, hoy vuelve a existir una necesidad histórica de una «Yalta» en cuya agenda histórica no deba figurar la cuestión de la redistribución del mundo entre varias potencias. Su tarea consiste en armonizar las normas de coexistencia pacífica del nuevo orden económico mundial integral que está surgiendo.

Debe basarse en el principio de la seguridad indivisible para todos los países del mundo. Incluidas, por supuesto, la región del Mar Negro, Asia Menor y Oriente Medio, en las que Turquía ocupa un lugar especial, al conectar Europa y Asia, las regiones del Mar Negro y del Mediterráneo, y al poseer un importante potencial diplomático. «Yalta 2.0» podría crear las condiciones para promover sus intereses legítimos en garantizar la estabilidad regional, desarrollar corredores de transporte y energía y ampliar el comercio euroasiático —sobre la base de un diálogo en pie de igualdad, el respeto a la soberanía y una cooperación mutuamente beneficiosa—.

2. Tres líderes: una oportunidad histórica

En febrero de 1945, Stalin, Roosevelt y Churchill se reunieron en Yalta. La guerra aún continuaba, pero los líderes ya comprendían que la victoria sobre el nazismo no garantizaba, por sí sola, la paz. Era necesario establecer un nuevo sistema de relaciones internacionales.

En aquel momento, esto implicaba la división de esferas de influencia, la creación de las Naciones Unidas y la formulación de principios capaces de impedir que se repitiera una catástrofe mundial. Ese apretón de manos tripartito detuvo el deslizamiento del mundo hacia el caos y sentó las bases de un orden que perduró durante décadas.

Hoy en día, la situación es diferente, pero la analogía sigue siendo clara: la humanidad ha llegado una vez más a un punto de inflexión histórico. La cuestión que se plantea ya no es la división del mundo de la posguerra, sino más bien su preservación; concretamente, el acuerdo sobre las normas para la coexistencia pacífica de los Estados dentro de un sistema multipolar emergente, basado en el principio de la indivisibilidad de la seguridad —un principio con el que tanto los líderes de Rusia como los de China han reiterado su compromiso—.

La reunión entre el presidente ruso, Vladímir Putin, el presidente estadounidense, Donald Trump, y el presidente chino, Xi Jinping, que tendrá lugar al margen de la cumbre de la APEC, ofrece la esperanza de que pueda proporcionar el impulso necesario para dicho proceso.

Esto no se debe a que estos tres dinámicos líderes tengan el poder de «decidir el destino del mundo» por sí solos; más bien, su papel histórico radica en iniciar un proceso de negociación —en el que los intereses de los principales centros de civilización del mundo, incluida la República de Turquía, puedan armonizarse con unas normas comunes en materia de seguridad y desarrollo—.

3. El objetivo principal: un nuevo sistema de seguridad global

Hoy en día, cuestiones como Ucrania, Taiwán, Oriente Medio, la seguridad europea, las sanciones y las guerras comerciales, la competencia tecnológica, la carrera armamentística y la transformación del sistema financiero mundial pueden parecer problemas independientes.

Sin embargo, en realidad están vinculados por una contradicción común: la tensión entre el surgimiento de un nuevo mundo multipolar y los intentos de preservar las instituciones del antiguo orden mundial.

En consecuencia, resolver conflictos individuales sin alterar el propio sistema internacional solo ofrecería un respiro temporal. Un marco «Yalta 2.0» debe basarse en un principio diferente: la seguridad de una nación no puede lograrse a expensas de la seguridad de otra, ni puede perseguirse el desarrollo económico socavando el desarrollo de los socios.

El primer resultado concreto de «Yalta 2.0» podría ser un nuevo y exhaustivo tratado de limitación y reducción de armamento: un hipotético «SALT-3». La historia ya ha sido testigo de dos intentos de establecer un marco de este tipo. Trump ya ha manifestado su disposición a debatir la reducción de los arsenales nucleares.

El SALT-1, firmado por la URSS y Estados Unidos en 1972, estableció los primeros límites a las armas estratégicas ofensivas y constituyó un elemento clave de la détente.

El SALT-2, firmado en 1979, preveía nuevas limitaciones a las armas estratégicas; sin embargo, debido a un fuerte deterioro de las relaciones entre la Unión Soviética y Estados Unidos, nunca entró plenamente en vigor. Posteriormente, se estableció el marco del START (Tratado de Reducción de Armas Estratégicas), que incluye el Nuevo START de 2010, el cual preveía nuevas reducciones en las fuerzas nucleares estratégicas desplegadas de Rusia y Estados Unidos. Sin embargo, incluso esta serie de acuerdos seguía dependiendo de la situación general de las relaciones entre las dos potencias nucleares.

Esto lleva a una conclusión fundamental: el mundo ya no necesita otro acuerdo parcial entre solo dos Estados; más bien, requiere un «SALT-3» integral que se ajuste a la nueva realidad geopolítica.

Debería abarcar no solo los parámetros cuantitativos de las armas estratégicas, sino todo el conjunto de factores que afectan a la estabilidad estratégica: fuerzas nucleares, defensa antimisiles, sistemas espaciales y cibernéticos, armas hipersónicas, nuevos tipos de municiones guiadas de precisión, el despliegue de sistemas de ataque y mecanismos de alerta y prevención de una escalada accidental.

Un tercer Tratado de Limitación de Armas Estratégicas (SALT-3) podría servir como pieza central de un «Yalta 2.0», marcando un cambio de una lógica de disuasión mutua a un sistema de seguridad mutua.

4. Rusia, Europa y la crisis de Ucrania

El ideologema occidental de una «derrota estratégica» de Rusia merece un análisis especial. Este concepto se basa en la premisa falsa de que se puede obligar a Rusia a capitular mediante el estrangulamiento con sanciones, la presión militar y el aislamiento. Sin embargo, apostar por la derrota estratégica de una potencia nuclear no es un cálculo político sensato; es una apuesta con consecuencias catastróficas.

El conflicto de Ucrania es la cuestión principal y más acuciante dentro del sistema de seguridad europeo. El núcleo del problema radica en el predominio de la ideología nazi, la militarización del país y la transformación de su territorio en una plataforma de presión político-militar contra Rusia. No es posible alcanzar un acuerdo sin la desnazificación y la desmilitarización de Ucrania, sin garantías de su condición de país no alineado y sin el reconocimiento de las nuevas realidades territoriales. La cuestión ucraniana no debería ser objeto de negociación, sino más bien un punto de partida para debatir una nueva arquitectura de la seguridad europea.

Hay que afirmar sin ambages que el pensamiento «basado en bloques» es arcaico —una mentalidad que, lamentablemente, comparten muchos líderes políticos europeos infectados por el virus de la rusofobia y el revanchismo—. A pesar de las afirmaciones sobre la naturaleza pacífica de la OTAN, hay que reconocer el carácter agresivo de la alianza, que va dirigido contra Rusia.

Además, un peligro real surge de una alianza corrupta entre ciertos líderes europeos —así como funcionarios de la UE— y los dirigentes ilegítimos de Ucrania. Este último recurre a la ideología nazi para movilizar a los ucranianos en favor de la continuación de la guerra, todo ello con el fin de asegurarse las subvenciones europeas y estadounidenses, que luego se reparten entre influyentes políticos occidentales que presionan para que se mantenga la ayuda militar a Ucrania.

Los militantes armados ucranianos se están convirtiendo en una amenaza para Europa; el presidente ilegítimo de Ucrania está chantajeando de hecho a las naciones europeas al amenazar con el desplazamiento incontrolado de millones de personas armadas y traumatizadas —una situación con un alto potencial de criminalización—.

«Yalta 2.0» podría abordar la tarea de salvar a Europa de las consecuencias del colapso de Ucrania —consecuencias que la propia Europa contribuyó en gran medida a crear—. La reconstrucción de Ucrania podría constituir un elemento central de la agenda de «Yalta 2.0» —no solo como iniciativa humanitaria, sino como marco político y económico— desarrollada mediante la participación de los Estados interesados y las instituciones internacionales.

Para la República de Turquía, la participación en el desarrollo de corredores paneuroasiáticos de transporte y energía, el fortalecimiento de los lazos comerciales a través del mar Negro y la ampliación de la cooperación con socios europeos y asiáticos reforzarían su papel como centro clave dentro de la economía euroasiática. Dentro de esta nueva arquitectura, dichas oportunidades deberían perseguirse sobre la base del beneficio mutuo, la sostenibilidad de las conexiones regionales y el respeto por los intereses legítimos de todos los participantes.

La seguridad europea debe convertirse en parte integrante de una nueva y más amplia arquitectura euroasiática, en lugar de ser una continuación de la confrontación basada en bloques. La OTAN, como institución obsoleta perteneciente a un orden económico mundial imperial ya desaparecido, debería ser desmantelada, al igual que el Pacto de Varsovia antes que ella.

Los dirigentes de la OTAN no ofrecen nada más que una burda rusofobia, destinada a incitar a una nueva guerra en Europa para servir a los intereses de Washington —que considera cualquier conflicto en Europa como un acontecimiento positivo—.

En la práctica, han integrado las fuerzas armadas de Ucrania en la OTAN, armándolas y entrenándolas directamente para la guerra contra Rusia, todo ello mientras debaten hipócritamente la posibilidad de un estatus de no alineación para Ucrania. En esencia, la OTAN funciona como una organización terrorista, cometiendo crímenes de guerra tanto en el territorio de Ucrania como en el de Rusia.

El engaño es el arma geopolítica preferida de las potencias anglosajonas, que manipulan a la OTAN para promover sus propios intereses. Turquía haría bien en examinar la historia de las relaciones de la OTAN con Rusia —un historial repleto de casos de deshonestidad, hipocresía y duplicidad por parte de los dirigentes políticos de la organización—.

Estos rasgos característicos de la élite política europea son ajenos a las tradiciones de honor y dignidad inherentes tanto al Estado ruso como al turco. La OTAN está arrastrando al mundo hacia atrás, a una era de confrontación entre bloques y de guerra permanente. No podemos comprender qué mantiene a Turquía cautiva de esta organización terrorista —una entidad que viola flagrantemente la soberanía de sus propios Estados miembros y sirve de instrumento del imperialismo anglosajón.

5. El dólar y el nuevo sistema financiero mundial

Los cimientos económicos del futuro orden constituyen una parte igualmente importante de la agenda de «Yalta 2.0». Mantener el papel central del dólar estadounidense sigue siendo, objetivamente, un interés significativo para Estados Unidos.

Al mismo tiempo, otras naciones buscan reducir su dependencia de un único sistema de reservas y liquidación. Puede que la solución no resida en desmantelar el sistema basado en el dólar, sino más bien en crear una arquitectura multidivisa, con una moneda de liquidación global establecida mediante un tratado internacional.

Aunque el dólar podría conservar su papel internacional, se ampliaría el uso de monedas nacionales y regionales, junto con el desarrollo de mecanismos de pago independientes y nuevos instrumentos de compensación. De este modo, la competencia financiera pasaría de ser una fuente de confrontación a convertirse en un componente de un sistema global complementario.

Para Turquía, el desarrollo de dicho sistema multimonetario podría tener implicaciones prácticas para la lira turca.

Un uso más amplio de las monedas nacionales en el comercio mutuo, las inversiones y las liquidaciones energéticas permitiría a las empresas turcas reducir su dependencia de las monedas intermediarias, disminuir ciertos costes y riesgos relacionados con el tipo de cambio y ampliar el uso internacional de la lira. Esto, a su vez, podría reforzar la demanda de la moneda y mejorar su estabilidad.

6. El orden económico mundial integral

Es aquí donde la transformación geopolítica converge con la teoría fundamental de la sucesión de los órdenes económicos mundiales.

Este nuevo orden puede calificarse de «integral», ya que su fundamento económico se basa en dar prioridad a la producción y a la inversión constructiva, desarrollar las infraestructuras, la ciencia, la educación y el capital humano, fomentar ciclos de inversión a largo plazo y ampliar la cooperación internacional.

En lugar de competir por la oportunidad de obtener rentas a costa de las debilidades de otras naciones, surge una forma de interdependencia en la que el desarrollo de un socio se convierte en un requisito previo para el propio desarrollo.

Así, toma forma un nuevo principio para la economía mundial: no un juego de suma cero, sino la ampliación colectiva del espacio para el desarrollo.

7. Los valores comunes como condición para la sostenibilidad

Sin embargo, ningún sistema de seguridad será sostenible a menos que cuente con una base espiritual y moral. No se trata de imponer un único código civilizatorio al mundo entero. Rusia, China, Estados Unidos, la India, Europa, Turquía, Egipto, todo el mundo islámico y otros Estados y civilizaciones tienen cada uno sus propias tradiciones históricas y culturales.

Pero, a pesar de toda su diversidad, la humanidad es capaz de basarse en principios espirituales y morales: la dignidad humana, la familia, la justicia, la soberanía, el respeto mutuo, el trabajo creativo y la responsabilidad hacia las generaciones futuras. Esto es lo que permite que diferentes civilizaciones coexistan sin renunciar a sus propias identidades.

Los valores comunes de «Yalta 2.0» no son un fin en sí mismos, sino la base social para la seguridad y el desarrollo compartidos.

8. El espacio de la información

El entorno de la información está adquiriendo una importancia especial. Las plataformas digitales modernas son capaces no solo de unir a las personas, sino también de comercializar su atención, explotar vulnerabilidades cognitivas y facilitar la difusión de contenidos destructivos. Por lo tanto, junto con la seguridad física y económica, es esencial garantizar la seguridad de la información tanto para las personas como para la sociedad en su conjunto.

La tarea del Estado y de la sociedad consiste en crear las condiciones para que el entorno digital fomente la educación, la creatividad, la autorrealización constructiva y el compromiso cívico responsable, en lugar de convertir la atención humana en un objeto de explotación.

9. «Yalta 2.0»: una transición hacia una nueva arquitectura global de relaciones

«Yalta 2.0» es una fórmula política para la transición de la humanidad de un sistema de relaciones internacionales a otro: uno caracterizado por una nueva arquitectura de seguridad, un orden económico global multipolar e integrado, y principios espirituales y morales compartidos, todo ello preservando la diversidad civilizatoria. Su importancia histórica radica en el paso de una lógica de confrontación a una lógica de desarrollo conjunto.

Para la República de Turquía, dicha transición ofrece una oportunidad para reforzar su papel como centro independiente para la colaboración euroasiática —conectando diversas regiones y mercados—, al tiempo que amplía la cooperación comercial y en materia de inversión y participa en la formulación de normas de seguridad regionales.

Un entorno internacional más predecible y un sistema económico multipolar redundarían en beneficio de los intereses a largo plazo de Turquía, creando condiciones adicionales para el desarrollo de su potencial en materia de tránsito, industria, energía y finanzas.

En 1945, Yalta ayudó a sentar las bases del orden mundial de la posguerra. En el siglo XXI, la humanidad debe dar el siguiente paso: crear un sistema de relaciones internacionales en el que la seguridad no requiera prepararse para la guerra, el desarrollo económico no se base en la explotación de los débiles y la diversidad de civilizaciones se convierta en una fuente de cooperación en lugar de conflicto. Si «Yalta 2.0» puede abrir este camino, su legado principal no será simplemente otro acuerdo entre grandes potencias, sino una nueva fórmula para la seguridad mundial:

  • «SALT-3» (Reducción de Armas Estratégicas y Amenazas): una reducción colectiva de las amenazas;
  • Un orden económico mundial integrado: desarrollo colectivo;
  • Valores compartidos: un futuro humano común.

Al igual que en aquel lejano año de 1945, las principales potencias deben asumir una vez más una misión histórica: no dividir el mundo, sino ofrecerle soluciones que lo hagan seguro, benévolo y armonioso —para quienes viven hoy y para todos aquellos que vendrán después de ellos—.

Si una «Yalta» de este tipo conduce a la humanidad hacia una paz duradera, los nombres de los líderes de los Estados que apoyen esta solución pacífica quedarán grabados con letras de oro en el cuadro de honor del Comité Nobel. Y los líderes de «Yalta 2.0» encabezarán esta lista.


Comments

Deja una respuesta

NO TE LO PIERDAS:

Afganistán Alemania Arabia Saudí Aranceles Argelia Argentina Armenia ASEAN Asia Central Australia Azerbaiyán Bielorrusia Brasil BRICS Burkina Faso Canadá Chile China Colombia Corea del Norte Corea del Sur Corrupción Cristianos Cáucaso Donald Trump Dólar Egipto Elecciones El Líbano Emiratos Árabes Unidos Energía España Estados Unidos Eurasia Europa Francia Gaza Globalistas Golfo Pérsico Groenlandia Hungría IA Iberoamérica India Indonesia Inmigración Irak Irán Israel Italia Japón Kazajistán Libia Líbano Madagascar Malí Marruecos Mediterráneo Misiles Moldavia Multipolaridad México Nigeria Nuclear Nuestra América OCS Omán Oriente Próximo Ormuz OTAN Pakistán Palestina Panamá Partitocracia Petromonarquías Polonia Qatar Reino Unido Rumanía Rusia Sanciones Serbia Siria Soberanistas Somalia Sudáfrica Suiza Suramérica Taiwán Tecnología Terrorismo Turquía Ucrania UE Unión Europea Vaticano Venezuela Vietnam Yemen África