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¿Estamos a punto de pasar del capitalismo al socialismo?

9–13 minutos

Estimados lectores, en la gran traducción del día les traemos al español un artículo de Dixiansiwei en The China Academy. Vamos con ello:

En un momento en el que *The Economist* califica de tarea urgente «resistir al socialismo de la Generación Z», ¿a qué distancia nos encontramos de entrar en una nueva etapa? Zhu Andong, decano de la Facultad de Marxismo de la Universidad de Tsinghua, analiza en profundidad esta cuestión.

El mundo actual está experimentando cambios sin precedentes en un siglo, en los que se entremezclan la agitación y el desorden. El conflicto entre Rusia y Ucrania se prolonga, el conflicto entre Israel y Palestina sigue sin resolverse, Estados Unidos secuestró por la fuerza al presidente venezolano Nicolás Maduro, y Estados Unidos e Israel han lanzado acciones militares contra Irán. La mayoría de las personas están familiarizadas con las estadísticas relevantes sobre la guerra. Aunque las cifras varían según las instituciones, todas son profundamente angustiosas. Según datos del año pasado, más de cincuenta países de todo el mundo se vieron envueltos en conflictos armados, con al menos 20.000 personas fallecidas a causa de la guerra cada mes.

Tras regresar a la Casa Blanca para un segundo mandato, Donald Trump llegó incluso a plantear reivindicaciones territoriales sobre Groenlandia y Canadá. Esto ha llevado a algunos observadores a argumentar que no solo el sistema de Yalta se encuentra bajo una grave presión, sino que incluso el propio sistema de Westfalia podría estar entrando en un estado de colapso.

Junto con las políticas que aplicó durante su primer mandato, Trump ha desmantelado activamente muchas de las normas e instituciones que los propios Estados Unidos ayudaron a establecer y que, en conjunto, han servido a los intereses estadounidenses al tiempo que sustentaban el funcionamiento del orden económico y político mundial.

No se puede evitar recordar el famoso pasaje:

«Todo lo sólido se desvanece en el aire; todo lo sagrado es profanado».

Así describieron Karl Marx y Friedrich Engels la transición del feudalismo al capitalismo en El Manifiesto Comunista. Las estructuras jerárquicas y fijas que sustentaban la sociedad feudal o bien se disolvieron en la nada o bien fueron despojadas de su carácter sagrado.

Hoy, sin embargo, nos vemos obligados a preguntarnos: ¿están empezando a desmoronarse también las instituciones «jerárquicas», «fijas» y «sagradas» que sustentan la sociedad capitalista? ¿Podemos plantearnos si estamos viviendo una transición del capitalismo al socialismo y al comunismo y, de ser así, en qué etapa de esa transición nos encontramos actualmente?

El informe del XX Congreso Nacional del Partido Comunista de China afirmaba que el mundo ha entrado en un nuevo período de turbulencias y transformaciones. Mi propia interpretación es que el mundo está experimentando un cambio profundo y un desorden profundo, en los que la agitación y la inestabilidad se alimentan mutuamente. A esta descripción añadiría tres palabras más: una crisis profunda.

El capitalismo global se enfrenta a una crisis sistémica e institucional. Ya no se trata simplemente de una crisis cíclica; cada vez presenta más características estructurales y a largo plazo. La crisis se extiende más allá de la economía y las finanzas para abarcar dimensiones sociales, políticas e incluso culturales.

En El Capital, Marx escribió:

«El motivo de la producción capitalista es la obtención de beneficios. El proceso de producción no es más que una etapa intermedia indispensable para ganar dinero, un mal necesario que hay que soportar para ganar dinero. (De ahí que todas las naciones con un modo de producción capitalista se vean periódicamente invadidas por la fantasía de intentar ganar dinero sin la mediación del proceso de producción).»

En el lenguaje actual, llamaríamos a esto el cambio «de la economía real a la economía virtual». La frase entre paréntesis llama naturalmente la atención sobre la naturaleza cíclica del fenómeno. Sin embargo, últimamente me he estado preguntando si también podría apuntar a una transformación estructural o a largo plazo más profunda dentro del propio capitalismo.

En mi opinión, la característica definitoria del capitalismo contemporáneo puede resumirse como el dominio del capital monopolista financiero. Dicho sistema se ha consolidado, como mínimo, en Estados Unidos y se ha extendido también a muchos otros países.

La influencia de los principales bancos de inversión disminuyó en cierta medida tras la crisis financiera de 2008. Hoy en día, los actores más poderosos son las empresas de gestión de activos, entre las que destacan tres gigantes: The Vanguard Group, BlackRock y State Street Corporation.

Tanto Vanguard como BlackRock gestionan cada una más de 10 billones de dólares en activos. Son los mayores accionistas de la inmensa mayoría de las empresas que cotizan en el S&P 500, lo que les confiere influencia en prácticamente todo el panorama empresarial. Entre los cinco mayores accionistas de la mayoría de las empresas del S&P 500, ahora resulta difícil encontrar inversores particulares. Figuras como Jeff Bezos y Elon Musk son raras excepciones; el resto son, en su gran mayoría, instituciones que representan al capital financiero.

Una vez que el capital financiero obtiene el control de las empresas más grandes y estratégicamente importantes, ¿influye en su comportamiento? Hay quien sostiene que estas inversiones son en gran medida pasivas, mantenidas a través de fondos de inversión, fondos indexados o ETF. Pero piénselo: si usted se convirtiera en el mayor accionista de Microsoft, ¿realmente se abstendría de participar en la gestión? Es difícil de imaginar. En realidad, estas instituciones se ven inevitablemente involucradas en el gobierno corporativo y, al hacerlo, moldean el comportamiento de las empresas.

El resultado es que, una vez generados los beneficios, las empresas dan cada vez más prioridad a la recompra de acciones y a los dividendos para los accionistas, en lugar de a la inversión o a la investigación y el desarrollo. Ambas prácticas tienen su origen en la ideología de la «primacía de los accionistas»: la creencia de que una empresa existe, ante todo, para maximizar la rentabilidad a corto plazo de los accionistas. Como consecuencia, las empresas que antes se centraban en la fabricación han adoptado una perspectiva cada vez más cortoplacista, prestando cada vez menos atención al desarrollo a largo plazo. Al fin y al cabo, el capital financiero privado suele estar impulsado por la búsqueda de beneficios rápidos y rendimientos desmesurados.

Esto ha tenido una serie de consecuencias. Boeing ofrece un ejemplo especialmente revelador. Como uno de los dos duopolistas mundiales en el mercado de los grandes aviones comerciales, Boeing no debería tener dificultades para conseguir pedidos y mantener la rentabilidad, siempre y cuando evite fallos graves. Sin embargo, ¿cómo es posible que una empresa así acabara fabricando un avión defectuoso como el Boeing 737 MAX?

Es probable que la respuesta sea inseparable de la fusión de Boeing con McDonnell Douglas y del posterior ascenso de antiguos ejecutivos de McDonnell Douglas dentro de la dirección de Boeing. Estos ejecutivos hicieron hincapié en la financiarización de las operaciones corporativas, una estrategia que ya había contribuido al declive de McDonnell Douglas y a su eventual adquisición por parte de Boeing. Sin embargo, tras tomar el control de Boeing, continuaron aplicando la misma filosofía de gestión. No podían tolerar la cultura corporativa impulsada por los ingenieros que durante mucho tiempo había definido la sede de Boeing, y finalmente trasladaron la sede de la empresa a Chicago.

Tras la crisis del 737 MAX, Boeing volvió a trasladar su sede, esta vez a Arlington, Virginia. La razón es sencilla: Arlington está cerca del Pentágono, y una parte sustancial del negocio de Boeing depende ahora de los contratos del Departamento de Defensa de los Estados Unidos.

Desde la década de 1980 —y especialmente desde principios del siglo XXI— las principales economías capitalistas han experimentado una clara tendencia hacia la desindustrialización. Si se analiza el valor añadido manufacturero entre las principales naciones industriales del mundo, todas las potencias industriales tradicionales, incluido Estados Unidos, han visto disminuir su cuota en la fabricación mundial. En 2023, China representaba el 31 % del valor añadido de la industria manufacturera mundial, frente a solo el 15 % de Estados Unidos, el 6 % de Japón y el 5 % de Alemania.

Aunque las sucesivas administraciones estadounidenses, a partir de la de Barack Obama, han promovido políticas destinadas a recuperar la industria manufacturera en Estados Unidos, los resultados han sido limitados. Desde el inicio del siglo XXI —y, en particular, desde la crisis financiera de 2008— la producción industrial y manufacturera estadounidense no ha logrado recuperarse hasta alcanzar su máximo de 2007. La capacidad productiva tampoco ha mostrado un gran crecimiento. Personalmente, no descartaría la posibilidad de un descenso precipitado en algún momento del futuro.

Hoy en día, Estados Unidos tiene dificultades incluso con el mantenimiento y la reparación de portaaviones. Esto refleja un conjunto más amplio de problemas estructurales subyacentes.

El estancamiento económico a largo plazo ha venido acompañado de burbujas financieras galopantes y de una carga de deuda cada vez más grave. En promedio, la deuda pública en los países capitalistas asciende ahora a aproximadamente el 120 % del PIB. Esto ha creado un grave desafío: el mero pago de los intereses de la deuda pública se ha convertido en una importante carga fiscal para países como Estados Unidos. De hecho, los pagos de intereses de Estados Unidos por la deuda nacional superan ahora a sus gastos militares.

En el ámbito de la crisis social, los países occidentales, incluido Estados Unidos, están experimentando un flujo incesante de disturbios sociales. El problema principal radica en la creciente desigualdad de riqueza y la distribución de ingresos cada vez más injusta, que han generado una serie de agudas contradicciones. En Estados Unidos, la desigualdad de riqueza ha alcanzado un máximo histórico, ya que el 1 % más rico de la población posee ahora más riqueza que el 60 % de la clase media en su conjunto. Además, cuestiones como la inmigración ilegal, los refugiados, la religión y la raza están cada vez más entrelazadas. Es probable que estos problemas empujen a las sociedades occidentales hacia una crisis aún más profunda en el futuro.

Los países occidentales también se encuentran, en general, atrapados en una crisis política: polarización política, conflicto partidista constante y un continuo declive de la capacidad de gobernanza, hasta el punto de que incluso acciones como las retiradas militares se gestionan de forma deficiente. Durante el conflicto entre Rusia y Ucrania, el bombardeo de los gasoductos Nord Stream reveló aún más que Estados Unidos, como potencia hegemónica, ya no está dispuesto a tener en cuenta los intereses de sus aliados. Esto refleja una mentalidad de «los aliados están para ser sacrificados» y «mejor ellos que nosotros». ¿Indica esto que las contradicciones internas ya se han vuelto tan graves que los intereses de los aliados ya no pueden ser atendidos?

Quizás aún más trascendental sea una crisis cultural. En la actualidad, las ideas, conceptos y teorías dominantes en las sociedades occidentales no son capaces ni de explicar la difícil situación actual ni de ofrecer soluciones viables. Echando la vista atrás a la historia, la propia China experimentó una crisis cultural tras la Revolución de 1911. ¿Ha caído ahora Occidente en una situación similar? Una vez que una sociedad entra en una crisis cultural, puede tardar entre treinta y cincuenta años, o incluso un siglo, en recuperarse.

Desde la década de 1980, el neoliberalismo —promovido por Estados Unidos— se ha extendido por todo el mundo. Sin embargo, tras 2008 se ha vuelto insostenible y ha dado paso al populismo, especialmente al populismo de derecha, con figuras como Donald Trump y Narendra Modi como ejemplos representativos. Sin embargo, el populismo tampoco logra resolver estos problemas, ya que ninguna fuerza política se atreve a perjudicar los intereses del capital monopolista financiero. En tales condiciones, Occidente necesita urgentemente una reforma, pero esta resulta imposible. ¿Quién se atrevería a desafiar a Wall Street? Quienes lo hagan podrían, en el mejor de los casos, enfrentarse a un proceso de destitución.

Occidente se encuentra ahora atrapado en un dilema: «la reforma es necesaria, pero imposible de lograr». Como resultado, todo tipo de contradicciones seguirán inevitablemente profundizándose, intensificándose y entrelazándose. La probabilidad de que los países occidentales continúen desplazándose hacia la derecha es extremadamente alta. De hecho, en algunos países, la influencia de políticos y partidos con tendencias fascistas o militaristas está aumentando de forma constante. Existe la preocupación de que dichas fuerzas sigan expandiéndose y, finalmente, lleguen al gobierno en varios países importantes. Si esto llegara a suceder, la humanidad podría enfrentarse a consecuencias catastróficas.

En este contexto, el auge de China adquiere una profunda relevancia mundial. La teoría, la trayectoria, el sistema y la cultura del socialismo con características chinas han cobrado una importancia capital para el desarrollo futuro de la humanidad.

En resumen, la sociedad humana se encuentra en otra encrucijada: o bien es arrastrada al abismo por la lógica del capitalismo, o bien avanza hacia una vía socialista y forja un nuevo camino a seguir, trayendo esperanza para el futuro de la humanidad.


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