Estimados lectores, en la gran traducción del día les traemos al español un artículo de la periodista libanesa Zeinab AL Saffar que pone el foco en su propio país, atentos:
Desde la perspectiva de la resistencia en el Líbano, lo que se presenta como una vía diplomática es, en realidad, un sofisticado instrumento de coacción: un intento de lograr mediante negociaciones lo que no se pudo conseguir en el campo de batalla. Bajo el mandato de Benjamin Netanyahu, la diplomacia ya no es un canal paralelo a la guerra, sino su prolongación, calibrada para convertir el poderío militar en sumisión política.
El objetivo no es ambiguo ni negociable: el desmantelamiento de Hezbolá y la reconfiguración forzosa del equilibrio de poder interno del Líbano. No se trata de un marco para la desescalada, sino de un plan para la eliminación estratégica.
Al insistir en resultados maximalistas —la reestructuración de la seguridad hasta el Litani, el desarme total y el rechazo de acuerdos provisionales—, Israel posiciona de hecho la diplomacia como una exigencia de rendición disfrazada de lenguaje procedimental.
La doctrina de «negociar bajo fuego», amplificada por figuras como Danny Danon, se basa en una ilusión conocida: que la presión sostenida fracturará la base política y social de la resistencia.
Sin embargo, esta lógica se derrumba repetidamente ante la realidad estructural del Líbano. Cuanto más se intensifica la coacción, más se reconfigura (la resistencia) no como una anomalía, sino como una necesidad: un elemento disuasorio integrado en un Estado fragmentado que no puede externalizar su propia defensa.
Fundamentalmente, esta estrategia malinterpreta al propio Líbano. Da por sentada la existencia de una autoridad centralizada capaz de un reajuste decisivo bajo presión.
En realidad, el Líbano es un sistema descentralizado y estratificado en el que el poder está difuso y la legitimidad se negocia, no se impone. Los intentos de separar por la fuerza al Estado de la resistencia no resuelven esta complejidad, sino que chocan con ella.
Incluso la dependencia del Gobierno de los Estados Unidos como agente externo de imposición revela su propia fragilidad. La influencia estadounidense es condicional, episódica y está limitada por prioridades globales contrapuestas. Puede amplificar la presión, pero no puede fabricar el cumplimiento donde el terreno político subyacente lo rechaza.
Lo que surge, entonces, no es un camino hacia la estabilidad, sino un ciclo de escalada «controlado», uno que institucionaliza la confrontación al tiempo que la confunde con influencia. Los acuerdos obtenidos bajo coacción rara vez perduran; incuban la siguiente ronda de conflicto.
Desde la perspectiva de la resistencia, la ecuación es sencilla: una estrategia basada en la coacción contra una sociedad condicionada a absorber y reinterpretar la presión tiene menos probabilidades de desmantelar al adversario que de reforzarlo.
Pero quizás el aspecto más revelador de todo este ejercicio es su premisa tácita: que el Líbano puede ser manipulado desde el exterior y que la resistencia puede ser eliminada mediante la negociación. Una teoría audaz, sin duda… pero que nunca ha sobrevivido al primer contacto con la realidad.
Conclusión:
Lo que se está desarrollando no es un proceso de paz, sino un modelo de negociación coercitiva en el que la fuerza militar y la diplomacia se fusionan en un único instrumento.
El objetivo no es la desescalada, sino la reestructuración forzosa de la arquitectura interna y de seguridad del Líbano bajo una presión sostenida. La viabilidad de esta estrategia es muy incierta, y puede generar una inestabilidad prolongada en lugar de una resolución.


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