Libia y una paz de los padrinos desde Turquía y Estados Unidos

2–3 minutos

Libia vuelve a hablar de reunificación justo cuando los coches bomba, los ataques con drones y los enfrentamientos entre milicias recuerdan con crudeza que el Estado sigue siendo poco más que una hipótesis geográfica.

El ministro de Asuntos Exteriores turco, Hakan Fidan, viajó primero a Trípoli y luego a Bengasi, donde se reunió con representantes de las dos potencias rivales. Esta diplomacia de doble vía revela la evolución de la política de Ankara: Turquía ya no quiere ser simplemente protectora del gobierno occidental, sino también interlocutora de la familia Haftar.

Esta misión se produce mientras Estados Unidos intenta mediar en un acuerdo entre Abdelhamid Dbeibah, jefe del Gobierno de Acuerdo Nacional reconocido por la ONU, y el bloque oriental controlado por Khalifa Haftar. El plan atribuido a Washington mantendría a Dbeibah, o posiblemente a uno de sus colaboradores más cercanos, al frente del gobierno, mientras que Saddam Haftar, hijo del general y principal heredero político y militar, asumiría la dirección de un nuevo consejo presidencial o ejecutivo.

Más que una verdadera reunificación nacional, sería un pacto entre las dos familias dominantes. Una fórmula pragmática, quizás la única factible en la actualidad, pero que también consagraría un sistema en el que las instituciones, las milicias y los recursos públicos se distribuyen según el equilibrio de poder.

La visita de Fidan estuvo precedida por dos ataques particularmente significativos. En Zawiya, un ataque con drones alcanzó la refinería, provocando un incendio masivo. En Bengasi, un coche bomba mató a un alto funcionario de los servicios de inteligencia militar de Haftar.

Si bien nadie ha reivindicado estos ataques, la elección de los objetivos resulta reveladora. En el oeste, se atacó infraestructura esencial para la producción y distribución de combustible; en el este, murió un miembro del aparato de seguridad. La energía y el mando militar son los dos pilares sobre los que se asienta el poder libio.

Zawiya es también una de las zonas más inestables del oeste de Libia. Los enfrentamientos entre grupos armados rivales se han extendido a Surman, causando muertos, heridos y una fuga de prisión. Que una rivalidad local pueda amenazar una refinería de importancia nacional demuestra que el sistema de seguridad sigue fragmentado y que ninguna autoridad tiene el monopolio del uso de la fuerza.

Desde el punto de vista militar, la vulnerabilidad de las instalaciones petroleras ante pequeños drones representa un cambio estratégico. Ya no son necesarias las ofensivas a gran escala para interrumpir la producción o distribución de combustible. Unos pocos drones relativamente económicos, lanzados por grupos difíciles de identificar, podrían ser suficientes.

Proteger la infraestructura requeriría una cadena de mando unificada, capacidades de vigilancia electrónica y unidades debidamente entrenadas; en otras palabras, todo aquello de lo que Libia, dividida entre ejércitos, milicias y protectores extranjeros, aún carece.


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