Por más raro que resulte, pero un número amplio de comunicadores, analistas, economistas, comentaristas militares y afines, creyeron -contra toda realidad- que, del encuentro entre Xi Jinping y Donald Trump, de la semana pasada, saldría la solución rápida y final para la crisis del estrecho de Ormuz.
Presuntamente, tales opinantes creían que Irán era una dependencia de Pekín y que China y EE.UU. se repartirían el mundo en el complejo de Zhongnanhai y que el resto de la arquitectura mundial aceptaría automáticamente.
Sin duda alguna que Trump y Xi se pusieron de acuerdo en varias dimensiones y, en otras, quedaron en seguir con la comunicación; pero ni lo uno ni lo otro conllevaron la redistribución del mundo, ni tampoco la determinación del destino soberano y geopolítico de la República Islámica de Irán.
Obviamente, conversaron sobre el expediente iraní y Trump le habrá pedido una mayor intervención a Xi para una solución pasajera o final y hasta, quizá, le habrá transmitido algunas confidencias o secretos sobre la cuestión, pero ello no significa que Xi tenía la intención de jugar en contra de Irán, ni, en absoluto, que ejerza una potestad sobre la cima del poder iraní.
El enfoque y la decisión chinas para la situación concreta de guerra con Irán son las que se conocen públicamente y son las mismas que se traducen en acciones para respaldar la integridad territorial y nacional de Irán, para concluir la guerra, para que se afirme una estabilidad regional y para que el sistema global no pase a la fase de Armagedón. Por supuesto, que Xi y el EPL, en todo momento, velan por los intereses nacionales y geopolíticos chinos en relación con Irán y con Asia Occidental. Eso se da por descontado.
La relación constructiva, estratégica e histórica entre el EPL y su par iraní, el Cuerpo de la Guardia Revolucionaria Islámica (CGRI), es de tal envergadura que queda fuera de cualquier negociación externa y paralela -donde participe el factor chino- la derrota de Irán y tiene como una norma no dicha el no ponerse en el lado del enemigo de Irán.
Además, los chinos de ningún modo arruinarían su vinculación con los iraníes por Trump ni por Netanyahu. No hay que tomar seriamente las creencias imaginativas que hay sobre este asunto.
Por otra parte, el poder iraní es el que controla real y efectivamente el estrecho de Ormuz y para ello no necesita de los auxilios de amigos o aliados. El núcleo de decisión del estamento militar y de seguridad iraní -el de las profundidades y no el de la superficie- tiene para sí el potencial indispensable para que Irán sea el Estado rector de Ormuz.
Es Irán quien está mandando en Ormuz y Xi Jinping no puede tampoco determinar inexorablemente en la decisión de las jefaturas verdaderas que tienen la última palabra en Irán. Y cientos de millones de barriles de petróleo de terceros seguirán desapareciendo si Irán decide continuar con su plan sobre Ormuz.
Quienes siguen de cerca los desarrollos del enfrentamiento entre Irán, EE. UU. e Israel conocen que alas de los dos bandos en conflicto se prepararon aún más, desde el alto el fuego de abril, para reiniciar la guerra con mayores capacidades y escalas. Sin embargo, precisos generales estadounidenses saben que la reanudación de la guerra será más perjudicial para los EE.UU. porque Irán no perderá.
Así y todo, el encuentro entre Xi y Trump fue positivo para ciertas áreas de gobernanza. No es la panacea, pero sí hay positividad. Hay que ver las cosas como realmente son.


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