Keir Starmer no logra levantar su imagen negativa ni mucho menos pudo introducir una sola medida que haya cambiado los problemas urgente y no tan urgentes de Inglaterra.
Utilizando una manualística básica para evitar un retroceso pulverizador de su gestión, el primer ministro rompe arterias de su partido y fractura aún más su empatía con la sociedad en general.
Muy ocupado en tratar de alterar y/o interrumpir el plan de Trump para el cese del conflicto en Ucrania, su frente interno se le complica a medida que sus oponentes políticos trepidan enfocados en el desgaste de Starmer con su consiguiente destitución.
Un nuevo estudio de Survation pone blanco sobre negro afirmando que sólo el 21% de los votantes ve a Starmer como un cambio real cuando crece la demanda de la población por participar en un proceso de cambio que reforme las variables económicas, y políticas.
Las características innatas de ejecutor político de Starmer tampoco le favorecen porque más del 70% percibe que no es un líder fuerte y que ese déficit le acarrearía otros inconvenientes al estado anglosajón.
Miles de familias también le critican por sus planes de recortes de ayuda social para los discapacitados y los vigilantes del Brexit advierten que Starmer está desentrañando el Brexit para acabarlo.
Al respecto, denuncian que, a partir de encuestas amañadas, el gobierno procura instalar la idea de que mayoritariamente el pueblo quiere revincularse con la UE de forma que se abra otra fase donde los principios fundamentales del Brexit sean o reducidos o eliminados a través de la práctica.
El debate apasionado sobre el Brexit nunca finalizó porque tanto en las esferas de las élites como en el campo transversal de lo social los partidarios de ambas posiciones se mantuvieron firmes en estos años.
Tal vez, después del próximo verano, Sir Keir Starmer será arrinconado contra las cuerdas.


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