El descenso británico en el espacio global

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No cabe la menor duda de que Gran Bretaña no puede salir de su fase descendente en términos de poder histórico y geopolítico.

El hecho de que, en los últimos diez años, haya tenido 7 primeros ministros, siendo el último Keir Starmer, habla a las claras de que no se trata de un ¡mal olor, sino de una exteriorización del agotamiento, en primer lugar, de las fuentes formadoras de élites políticas y, en segundo lugar, del arte de dominar el mundo.

Estas afirmaciones duelen, por cierto, a todos los partidarios de dicho estado y a los que, sin ser sus fans, han elevado a una máxima categoría al poder británico.

Tarde o temprano, Londres -aún con todos sus carteles bancarios- sufriría una disminución fundamental de su hegemonismo y de su presencia mundial. Y, estaba claro, desde hace mucho tiempo, que más temprano que tarde, Gran Bretaña pasaría por sus etapas de crisis estructurales con repercusiones amplias y hondas en su fuero interior.

Empero, con todo ello no se quiere decir, desde esta columna, que, en estos días, el geopoder británico esté en una mínima capacidad porque ello no es cierto. Todavía el centrismo anglosajón posee un número relevante de recursos, activos y poderío que le ayudan a permanecer todavía en el nivel de actores influyentes en los procesos vigentes en el orden mundial.

Pero no es menos cierto que la City de Londres, la realeza, el aparato de seguridad y otras variables de poder británico no dictamina hegemónicamente los asuntos internacionales ni se posicionan en la zona de máximos determinantes del devenir planetario.

Suele ocurrir que, en cada verano boreal, la prensa y una pléyade de analistas occidentales hablan de que Gran Bretaña está incursa en preparativos para entrar en una guerra magna y decisiva contra algunos estados multipolares y que esa conflagración bélica se daría en pocas semanas o meses. Leemos sobre ello desde hace, por lo menos, 10 años y, lo cierto, es que todavía el poder anglo no dio ese paso y tampoco pudo deshabilitar a jefes y estados multipolares.

En cambio, estos se apuntalaron y así continuarán haciéndolo en el futuro próximo porque el problema irresoluble se halla en Gran Bretaña y no en los espacios multipolares.

La Gran Bretaña victoriana e implacablemente victoriosa ya no existe. Tampoco existe la Gran Bretaña de Chesterton. 

¿Cuál Gran Bretaña existirá? Resta por ver ello, pero, seguramente, ya no será la reina de los mares ni del mundo.


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