La colina Ali Taher, cerca de Nabatieh, se ha convertido en uno de los puntos más sensibles del nuevo frente libanés. No por su tamaño geográfico, sino por lo que representa: la transformación del sur del Líbano en un campo de batalla estratificado, donde la superficie solo revela una parte de la guerra y el subsuelo alberga la verdadera estructura militar.
Según las Fuerzas de Defensa de Israel, una importante instalación subterránea de Hezbolá se encuentra bajo Ali Taher, descrita como un centro estratégico de la División Regional de Badr. El término no es insignificante. En la jerga militar, un centro neurálgico no es un simple depósito de armas ni un refugio improvisado.
Es un centro de mando, enlace, protección y coordinación operativa. Un lugar desde donde es posible dirigir a los combatientes, mantener los sistemas de armas, preservar las comunicaciones y garantizar la continuidad de la cadena de mando, incluso bajo bombardeo.
Para Israel, Ali Taher no es, por lo tanto, una posición que neutralizar. Es una prueba de fuerza contra la profunda estructura de Hezbolá. El objetivo ya no es solo expulsar a los combatientes de la frontera, sino impedir que el movimiento chiíta libanés mantenga una red militar oculta, capaz de reactivarse tras cada tregua, tras cada bombardeo, tras cada anuncio diplomático de alto el fuego.
La singularidad de Ali Taher reside en que, inicialmente, la zona no formaba parte de la zona de seguridad declarada por Israel en el sur del Líbano. Su posterior inclusión en el nuevo mapa de la zona de defensa avanzada, junto con el sector de Majdal Zoun, marca un cambio político y militar muy significativo: la zona de seguridad ya no es una línea fija, sino una franja móvil, adaptable y modificable según las necesidades operativas israelíes.
Esto significa que la frontera de seguridad tiende a desplazarse hacia el norte siempre que Israel cree haber identificado una amenaza infraestructural por parte de Hezbolá. En otras palabras, ya no es solo la presencia visible de combatientes lo que determina la acción militar, sino también la existencia presunta o confirmada de redes subterráneas, puestos de mando, depósitos, rutas de infiltración y posiciones protegidas.
Es aquí donde el conflicto entra en una fase más peligrosa. Hezbolá considera cualquier expansión de la presencia israelí en territorio libanés como una violación de la soberanía nacional y una forma de ocupación. Israel, por el contrario, sostiene que la seguridad es imposible si, a tan solo unos kilómetros de su territorio, persiste una infraestructura militar subterránea capaz de sustentar ataques, emboscadas y lanzamiento de cohetes.
El resultado es un callejón sin salida. Israel avanza porque cree que no está a salvo. Hezbolá se resiste porque considera este avance una ocupación. El Estado libanés carece de la fuerza necesaria para imponer plenamente su autoridad. La diplomacia internacional va a remolque de los acontecimientos. Y la tregua, incluso cuando se anuncia, permanece suspendida hasta que se dispara el primer tiro.


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