El enfrentamiento entre Estados Unidos y China domina la agenda mundial, y desde el regreso de Donald Trump a la Casa Blanca, la guerra arancelaria entre ambos países ha recrudecido. Este conflicto no solo refleja tensiones comerciales, sino también un cambio en el equilibrio de poder global.
Dos artículos, «Turning Trump’s Tariffs to China’s Advantage», de Kei Jing, y «How to Protect US Allies and Partners from China’s Economic Coercion», de Elliott Abrams, Ezra Hess y Joshua Kurlantzick, analizan este fenómeno desde perspectivas opuestas, pero coinciden en un punto: el poder mundial está en transición.
Kei Jing, desde la perspectiva china, argumenta que el país no solo resistió los aranceles estadounidenses, sino que los convirtió en una ventaja. Cuando Trump inició su política de «desacoplamiento» en 2018, buscaba debilitar a China. Sin embargo, el efecto fue el contrario:
China reorientó su economía hacia regiones como la ASEAN, reduciendo su dependencia de EE.UU. y fortaleciendo su posición global. Jing señala que, lejos de ser perjudicada, China aceleró su globalización, trasladando producción a otros mercados para evitar aranceles y aprovechar acuerdos comerciales regionales.
Por otro lado, Abrams, Hess y Kurlantzick presentan a China como una amenaza para el mundo «democrático». Desde su perspectiva, China utiliza su poder económico para coaccionar a otros países, expandiendo su influencia de manera autoritaria. Los autores advierten sobre el declive del dólar y el ascenso del yuan, así como sobre la creciente dependencia de los países en desarrollo de la inversión china. Para ellos, esto representa un desafío al liderazgo global de EE.UU.
Ambas visiones reflejan un choque cultural y estratégico. Mientras China actúa con pragmatismo y busca fortalecer su economía interna antes de expandirse, EE.UU. parece aferrarse a su hegemonía mediante tácticas de presión y sanciones. Sin embargo, estas medidas no han logrado frenar el ascenso chino. Por el contrario, han impulsado a China a buscar alternativas y fortalecer sus lazos con otros países.
Un ejemplo claro es Bangladesh, que, aunque necesita el apoyo de EE.UU., ha visto cómo las inversiones chinas en infraestructura benefician su economía sin imponer condiciones políticas. Este enfoque contrasta con la política estadounidense, que a menudo recurre a sanciones y bloqueos económicos. China, en cambio, ofrece cooperación y desarrollo, lo que le ha permitido ganar influencia en regiones como África y Oriente Medio.
La rivalidad entre ambos gigantes también se refleja en sus estrategias comerciales. Mientras EE.UU. intenta mantener su dominio mediante la intimidación, China construye una red de dependencia económica basada en la confianza y el beneficio mutuo. Este enfoque, conocido como «guanxi», contrasta con el lobbyismo estadounidense y ha demostrado ser efectivo en la expansión global de China.
A pesar de las tensiones, ambas economías siguen profundamente interconectadas. En 2023, el comercio bilateral alcanzó los 664.500 millones de dólares, lo que subraya su interdependencia. EE.UU. importa bienes industriales y electrónicos de China, mientras que China compra productos agrícolas y servicios estadounidenses. Esta relación comercial, aunque compleja, es vital para ambos.
En conclusión, el enfrentamiento entre China y EE.UU. no es solo una guerra comercial, sino una lucha por el futuro del orden global. Mientras China avanza con una estrategia de crecimiento y cooperación, EE.UU. lucha por mantener su hegemonía con métodos cada vez menos efectivos. El resultado de esta batalla podría definir si el mundo seguirá siendo unipolar o si se encamina hacia un nuevo equilibrio multipolar.


Deja un comentario