Se están efectuando los preparativos faltantes para que la Cumbre entre los presidentes de EE UU., Donald Trump, y de la Federación de Rusia, Vladímir Putin, sea un éxito tal y como desean los mencionados jefes de Estado.
Sus respectivos equipos están trabajando para que la seguridad que rodeará a la cumbre sea cuasi imposible de vulnerar y para que se alineen o, al menos, se paute parcialmente las posiciones con terceros actores de modo que lo dialogado y comunicado por los dos mandatarios sea realista y fructífero.
No fue fácil llegar a este evento que será natural y operativamente histórico y que marcará un antes y un después para los vínculos bilaterales entre Trump y Putin.
Alaska, este viernes 15 de agosto, será testigo de un acuerdo cuyos resultados tendrán implicancias influyentes para la ulterioridad de varios desarrollos, entre ellos, la guerra en Ucrania y, por lo tanto, será diferente al encuentro de Helsinki del 16 de julio de 2018, cuando Trump y Putin se reunieron para intercambiar criterios y concertar compromisos mutuos y bilaterales.
En esta ocasión, los líderes pretenden progresar en un entendimiento ruso-estadounidense que inmovilice algunos objetivos de los cauces globalistas y aporte soluciones efectivas para la gobernabilidad de ambos y para un mejor papel en el escenario internacional.
Si Trump confirma, en los hechos su palabra, socavaría enormemente la estrategia y la praxis de la red globalista rusófoba, mientras que Putin, en reciprocidad, le ayudará, por su lado, a Trump en varios expedientes.
Pero sobre todo, las relaciones interestatales tendrían un reinicio formal y normal tras la última década que se traducirá, entre otras realizaciones, en una concertación económica internacional, en una competencia sin conflicto y en una cooperación para resolver situaciones netamente complejas y explosivas.
Evidentemente, Putin y Trump serán los ganadores, aunque, por supuesto, no en una forma total, pero serán ganadores y acumularán otras ventajas reales, mientras seguirán reposicionándose en la arquitectura mundial.
Una vez más, se corrobora que Trump y Putin pueden y quieren entenderse y comprometerse mutuamente, cada uno con su proyecto y cada uno velando los intereses de sus naciones.


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