Estimados lectores, en la gran traducción del día les traemos al español un artículo e Mohammed Sabreen desde El Cairo (Egipto), publicado inicialmente en inglés por UWI.
Una mirada a la nueva Estrategia de Seguridad Nacional de Trump y más allá.
Los pueblos de Oriente Medio esperan a ver si Washington se retirará de la región o si la Administración del presidente estadounidense Donald Trump, al igual que las cuatro anteriores, se verá aún más empantanada en las arenas movedizas de Oriente Medio. A pesar de todas las brillantes consignas de las sucesivas Administraciones estadounidenses, los problemas de la región no han hecho más que complicarse con el tiempo, con una intervención estadounidense cada vez mayor.
Hoy en día, la Administración estadounidense proclama el eslogan «America First» (Estados Unidos primero) y afirma que no intervendrá en el proceso de reconstrucción de los países ni se involucrará en guerras interminables.
Sin embargo, no ha renunciado a su adicción a moldear el panorama mundial y ha presentado la «Estrategia de Seguridad Nacional de Estados Unidos 2025», una visión para reestructurar Oriente Medio y evitar el surgimiento de cualquier potencia hegemónica en la región.
¿Tendrá éxito este nuevo intento? ¿Aceptarán los países influyentes la fórmula estadounidense? ¿Y aceptará la población que se gestionen las crisis de la región únicamente para garantizar los intereses continuos de Washington? Hay muchas observaciones y preguntas que el tiempo responderá sobre la apuesta de Trump. Lo más probable es que se trate de otro experimento más en Oriente Medio.
¿Está Estados Unidos abandonando Oriente Medio?
La Estrategia de Seguridad Nacional 2025, publicada por la Casa Blanca el pasado fin de semana, confirma que Oriente Medio ya no es el «elemento dominante» en la agenda de Washington, que ha desplazado su atención al hemisferio occidental (América) y a la región indopacífica como principales escenarios de la competencia geopolítica y económica.
Según los expertos, esta medida del Gobierno del presidente estadounidense Donald Trump representa una «ruptura con la tradición» que se ha seguido durante décadas, en las que Oriente Medio ha sido fundamental para las prioridades estadounidenses.
La estrategia plantea varias preguntas sobre las implicaciones de este cambio en la política exterior estadounidense y si significa el fin de la «era de Oriente Medio» en las preocupaciones de Washington.
También proyecta una larga sombra sobre el futuro de los conflictos regionales tras el vacío de seguridad que surgirá tras la retirada estadounidense de los asuntos de la región y plantea dudas sobre las perspectivas de paz y preocupaciones sobre el estallido de nuevas guerras.
Según los expertos regionales, la estrategia declara explícitamente que el «hemisferio occidental» y el «Indo-Pacífico» se han convertido en los principales escenarios de la competencia mundial, mientras que la región árabe y Oriente Medio quedan relegados a la condición de «área de compromiso selectivo basado en intereses mutuos».
Sin embargo, algunos sostienen que la nueva estrategia estadounidense no significa una retirada completa de Oriente Medio, sino más bien una «desconexión selectiva». Estados Unidos seguirá presente cuando sus intereses económicos o de inteligencia se vean amenazados, pero no luchará en nombre de otros.
Los expertos también creen que la menor prioridad otorgada a Oriente Medio en la política estadounidense no significa el levantamiento de las sanciones o el cese de los ataques contra cualquier país que suponga una amenaza directa para sus intereses. En cambio, significa que Washington ya no gastará sangre y tesoro para contener los conflictos regionales a expensas de sus propios intereses directos.
Esta tendencia coincide con las declaraciones de numerosos funcionarios de Washington, que han destacado que Estados Unidos ha gastado miles de millones de dólares y perdido miles de soldados en los últimos años, y que es hora de que sus aliados gestionen sus propios asuntos, aunque seguirá presente cuando sus intereses vitales se vean directamente amenazados.
El fin de una era
El analista político Erhaim Al-Nubani cree que relegar Oriente Medio a un segundo plano en la Estrategia de Seguridad Nacional de Estados Unidos para 2025 no es una simple reorganización, sino más bien una «declaración del fin de la era de Oriente Medio» en la política estadounidense, que se centra en la competencia con China y Rusia en otras regiones.
- Según Al-Nubani, tratar a Oriente Medio de esta manera provocará un vacío de seguridad que alimentará los conflictos en la región en el próximo periodo. A este respecto, señaló las declaraciones de funcionarios israelíes que consideraban la estrategia estadounidense una afirmación de la libertad de acción de Tel Aviv para hacer frente a las amenazas en la región.
Al-Nubani cree que Israel seguirá recibiendo apoyo logístico y de inteligencia estadounidense, y que nadie detendrá sus operaciones si cruza las líneas rojas en la región. Considera que esto significa necesariamente el inicio de una nueva carrera armamentística regional, ya que cada país tratará de armarse y reforzar sus capacidades militares para defenderse de cualquier amenaza a la que se enfrente.
Una región secundaria
Por su parte, el analista político Yassin al-Duwaish sostiene que la nueva estrategia estadounidense eleva la prioridad de la «defensa nacional», incluida la seguridad de las fronteras y el espacio aéreo, al tiempo que reduce los compromisos globales que han sido la base de la estrategia estadounidense desde la Guerra Fría.
Señala que Oriente Medio, que era uno de los principales focos de atención de las estrategias estadounidenses anteriores, se ha convertido ahora en una «región secundaria», y que el foco se ha desplazado hacia la competencia con China en el Pacífico como «principal campo de batalla geopolítico de este siglo».
Según al-Duwaish, este enfoque significa que Washington tratará con la región «sobre la base de intereses económicos mutuos», sin el compromiso militar a gran escala que existía anteriormente.
También cree que la estrategia estadounidense es una traducción literal sobre el terreno del principio «America First», en el que la seguridad nacional se ha vinculado a la economía nacional, como la lucha contra la inmigración y las drogas en la mitad occidental y la reducción del gasto en Oriente Medio en favor de la inversión en la industria estadounidense.
La región está sujeta a los intereses estadounidenses.
El exministro de Asuntos Exteriores egipcio Nabil Fahmy cree que la Estrategia de Seguridad Nacional no promete un Oriente Medio más amable o compasivo. El resultado probable, argumenta, será un orden regional más frío y duro, pero más transparente. Por primera vez en décadas, Estados Unidos está tratando a Oriente Medio como la teoría realista siempre ha dictado que deben hacerlo las grandes potencias: una región importante, pero no existencial, cuya estabilidad solo importa en la medida en que afecta a los intereses fundamentales estadounidenses.
Fahmy destaca que la Estrategia de Seguridad Nacional de Estados Unidos no es solo un documento político, sino la carta intelectual de una nueva estrategia que rechaza explícitamente la visión posterior a 1991 de Estados Unidos como garante indispensable de un orden mundial liberal. En su lugar, presenta un realismo nacional disciplinado que somete todos los compromisos externos a una única prueba:
¿Sirve directamente a los intereses fundamentales de la nación estadounidense, es decir, su seguridad, prosperidad, fronteras y modo de vida? A nivel mundial, las consecuencias son trascendentales. En Asia, la estrategia abandona la «disuasión integrada» en favor de una dura priorización: China es el único competidor a su altura, y todas las demás cuestiones —Taiwán, el mar de la China Meridional, Corea del Norte— se evalúan únicamente desde la perspectiva de si ayudan o dificultan el objetivo central de impedir que Pekín alcance la hegemonía en el Indo-Pacífico.
A los aliados se les dice sin rodeos: o gastan mucho más en defensa o pierden la protección estadounidense. Japón y la India estarán fuertemente armados, mientras que los socios menos importantes pueden quedar abandonados a su suerte.
Europa se enfrenta al ultimátum más duro de la historia de la OTAN: aumentar el gasto en defensa hasta entre el 3 % y el 5 % del PIB en un plazo de cinco años (el documento califica de ridícula la cifra actual del 2 %), o la garantía de seguridad estadounidense desaparecerá.
El mensaje implícito es que Europa debe volver a aprender a ser un actor estratégico serio o correr el riesgo de convertirse en una zona neutral entre una Rusia debilitada y una América «America First», arriesgándose así a perder su identidad civilizatoria.
En el hemisferio occidental, la estrategia revive y actualiza la «Doctrina Monroe» bajo el nombre de «Anexo Trump», declarando a América Latina y el Caribe una esfera de influencia exclusivamente estadounidense de la que se expulsa a cualquier potencia extranjera hostil (China, Rusia e Irán) mediante coacción económica o sanciones o, si es necesario, intervención directa.
África se considera casi una región secundaria, excepto cuando el dominio de China sobre los minerales o las rutas de migración masiva amenazan intereses fundamentales. La era de la ayuda al desarrollo y el mantenimiento de la paz estadounidenses ha terminado.
Tres herramientas revolucionarias
La estrategia emplea tres herramientas revolucionarias: en primer lugar, utilizar el dominio energético estadounidense como arma para limitar las fuentes de ingresos de sus adversarios; en segundo lugar, el sistema financiero basado en el dólar para estrangular las economías hostiles; y, en tercer lugar, la voluntad de retirarse de cualquier compromiso que no sirva de forma clara e inmediata a los intereses estadounidenses.
En ningún lugar serán más evidentes estos cambios globales que en Oriente Medio, la región en la que Estados Unidos ha derramado más sangre, tesoro y credibilidad que en ninguna otra durante las últimas tres décadas.
La estrategia resume las ambiciones de Estados Unidos en Oriente Medio en una sola frase cristalina en la página 27: «Queremos impedir que cualquier potencia hostil domine Oriente Medio y sus suministros de petróleo y gas, así como los puntos estratégicos por los que pasan, evitando al mismo tiempo las guerras interminables que nos han costado tanto en la región».
No se menciona la difusión de la democracia, los derechos humanos, la construcción de la nación, ni siquiera la frase «solución de dos Estados». La cuestión palestina se reduce de un «imperativo estratégico» a una preocupación humanitaria.
Por primera vez desde 1945, Estados Unidos declara una política para Oriente Medio que es esencialmente un «equilibrio de poder»: mantener una influencia decisiva a bajo coste a través de representantes regionales, influencia económica y la aplicación selectiva de una fuerza militar abrumadora. Los resultados se desarrollan en seis áreas interconectadas.
El embargo definitivo a Irán
La estrategia considera la Operación Martillo de Medianoche, los ataques aéreos masivos que destruyeron las instalaciones de Natanz y Fordow y su infraestructura nuclear asociada durante los primeros meses del segundo mandato, como la nueva base estratégica. Con la amenaza nuclear en retroceso durante al menos una década, Washington se libera de las restricciones políticas que impidieron una campaña verdaderamente abrumadora en 2018-2020.
Máxima presión
Las sanciones se elevarán a niveles que harán que la política de «cero exportaciones de petróleo» de 2019 parezca moderada. Los bancos europeos, indios y chinos se enfrentarán a una difícil elección: acceder al sistema financiero estadounidense o comerciar con Irán. Las exportaciones estadounidenses de GNL y petróleo crudo inundarán simultáneamente los mercados, dejando a Teherán sin esperanzas de obtener precios más altos.
El documento no menciona el «cambio de régimen», pero se utilizarán todas las herramientas, salvo una invasión abierta, operaciones encubiertas, apoyo a las protestas internas, operaciones cibernéticas y una coordinación silenciosa con Israel y otros países, para acelerar el colapso de Irán desde dentro. Irán ya está debilitado y desmoronado, ya no es una amenaza, sino la forma más rápida de estabilizar la región según los términos estadounidenses.
Un mandato estadounidense absoluto para un nuevo orden regional.
En cuanto a Israel y lo que se ha denominado el eje suní, Jerusalén es explícitamente la piedra angular oriental de una nueva alianza contra Irán. Se han levantado todas las restricciones estadounidenses anteriores: los llamamientos públicos a la moderación en Gaza o el Líbano, la presión sobre los asentamientos y la vinculación de la venta de armas al progreso en la vía de la creación de un Estado palestino, todo ello ha quedado anulado.
Los Acuerdos de Abraham se verán reforzados masivamente con enormes cantidades de armamento avanzado y cobertura de seguridad a cambio de la plena normalización con Israel y el establecimiento de un mando militar conjunto que se extienda desde el Atlántico hasta el Golfo y Tel Aviv.
Estados Unidos no hará comentarios sobre el uso de las armas que vende, siempre y cuando se dirijan contra Irán o sus aliados.
La cuestión palestina está prácticamente cerrada como asunto estratégico. Gaza se reconstruirá con la condición de un desarme completo, y Cisjordania avanzará hacia una anexión de facto sin la objeción estadounidense. Por primera vez desde 1967, Israel disfruta de una libertad estratégica ilimitada, respaldada por el apoyo inequívoco de Estados Unidos.
La energía es un arma, no una laguna en la seguridad.
El dominio energético estadounidense está transformando la geopolítica del petróleo. Estados Unidos ya no es un alumno de la OPEP, sino que se ha convertido en su principal rival. Cada vez que la OPEP+ intente reducir la producción para subir los precios, Washington abrirá los grifos e inundará el mercado.
Los países productores de petróleo se enfrentan a una elección existencial: alinearse completamente con el bloque estadounidense-israelí y aceptar precios del petróleo entre 50 y 60 dólares como la nueva normalidad, o resistirse y ver cómo sus economías se derrumban bajo el peso del gas de esquisto y el gas natural licuado estadounidenses.
Esta política tiene como objetivo privar a Irán y Rusia de los dólares del petróleo, despojar a China de cualquier influencia sobre los mercados energéticos mundiales y otorgar a Estados Unidos un poder coercitivo sin precedentes sobre todos los países importadores de petróleo, desde Alemania hasta la India.
Lucha contra el terrorismo
Las operaciones de contrainsurgencia han enterrado en gran medida a las limitadas fuerzas estadounidenses que quedan en Siria e Irak y operarán bajo reglas de combate muy flexibles, apoyándose en el poder aéreo, los drones, las fuerzas especiales y los socios locales: las SDF en Siria, Israel en el sur y las tribus suníes, que soportarán la carga del control territorial.
El ISIS y Al Qaeda serán objeto de ataques implacables, pero no habrá interés en reconstruir los Estados fallidos. La campaña de 2014-2017 que aplastó territorialmente al califato servirá de modelo: destruir, abandonar y repetir según sea necesario.
Rusia y China en la región
El Mediterráneo oriental volverá al control occidental a medida que la posición de Rusia en Siria se vuelva insostenible, Moscú se vea privada de fondos por las sanciones y los bajos precios de la energía, y Turquía, el miembro de la OTAN que el documento pretende reintegrar plenamente, tenga vía libre en el norte.
Mientras tanto, las inversiones de la Iniciativa del Cinturón y Ruta de la Seda china en Pakistán, Irak y el Golfo se enfrentarán a severas sanciones secundarias y a la competencia de la zona económica respaldada por Estados Unidos que se extiende desde Marruecos hasta Omán.
Los peligros de una guerra importante
Irónicamente, el mayor riesgo de una guerra regional importante es que Irán cierre el estrecho de Ormuz, con ataques masivos a la infraestructura energética del Golfo o un conflicto directo entre Irán e Israel que podría culminar en 2026-2028. Esto dejaría a Teherán sitiada, desesperada y enfrentada a un colapso existencial.
Sin embargo, si Estados Unidos y sus aliados capean esta tormenta, el resultado a largo plazo sería un Oriente Medio en el que ninguna potencia hostil podría amenazar las rutas marítimas vitales o el suministro energético, y en el que los compromisos estadounidenses serían mínimos. En resumen, un Oriente Medio más tranquilo, más claro y más americanizado.
La Estrategia de Seguridad Nacional 2025 no promete un Oriente Medio más amable o compasivo. Más bien, promete algo mucho más valioso desde la perspectiva de Washington: una región en la que se garanticen los intereses fundamentales de Estados Unidos y se impida que una potencia hostil domine los puntos estratégicos de energía, con mucho menos derramamiento de sangre, tesoro y energía diplomática que en cualquier otro momento desde 1979.
Para ello, descarga prácticamente toda la carga militar y gubernamental en los aliados regionales (Israel y algunos Estados árabes) mediante una abrumadora influencia económica (sanciones más exportaciones de energía) y aceptando un mayor grado de violencia y autoritarismo regional como precio para evitar «guerras interminables».
El resultado probable será un orden regional más frío y duro, pero más transparente. Por primera vez en décadas, Estados Unidos tratará a Oriente Medio como la teoría realista siempre ha defendido que deben hacerlo las grandes potencias: una región importante, pero no existencial, cuya estabilidad solo importa en la medida en que afecta a los intereses fundamentales de Estados Unidos, independientemente de si crea o no una región más pacífica en general, siempre que siga siendo más coherente y esté más alineada con las prioridades estadounidenses.
Impide el surgimiento de una «potencia hegemónica»
La gran estrategia de Estados Unidos en la política internacional se basa en mantener y perpetuar su hegemonía impidiendo el surgimiento de potencias regionales dominantes. El modelo preferido por Estados Unidos es una estructura de poder equilibrada entre Turquía, Arabia Saudí e Israel.
A la luz de esto, el sitio web Iranian Diplomacy sostiene que el equilibrio de poder en Oriente Medio, especialmente después de la guerra de 12 días con Irán que duró hasta el 7 de octubre de 2013, se ha desplazado a favor de Israel. Sin embargo, destaca que el modelo preferido por Estados Unidos en la región se basa en una estructura de poder equilibrada entre Turquía, Arabia Saudí e Israel.
Explica que, dentro de este triángulo, Israel desempeña el papel de base, ya que posee seguridad y superioridad militar sobre Arabia Saudí y Turquía, pero esta superioridad no debe transformarse en hegemonía.
La doctrina estadounidense
En este contexto, el sitio web explica que el enfoque estadounidense hacia Arabia Saudí puede interpretarse desde la perspectiva del «equilibrio externo», o lo que se conoce como la teoría del «equilibrio de poder», mientras que el enfoque de Riad hacia Washington puede interpretarse desde el ángulo de la «política de cobertura».
Añadió que la reciente visita del príncipe heredero saudí Mohammed bin Salman a Washington adquiere un profundo significado en el marco de la apertura de un nuevo capítulo en las relaciones entre Estados Unidos y el Reino de Arabia Saudí.
Continuó diciendo que la estrategia estadounidense se basa en el concepto de «equilibrio permanente» en diferentes subsistemas y regiones.
Señaló que «el logro de este equilibrio se realiza a veces de forma directa y otras de forma indirecta y remota a través de los aliados de Estados Unidos».
Señaló que «la potencia dominante no distingue entre ningún actor, ya que trabaja para frenar a cualquier entidad que busque la hegemonía regional reforzando a su rival para impedir su dominio, incluso si ese actor es Israel, el aliado más cercano de Estados Unidos y apoyado por poderosos lobbies judíos dentro de Estados Unidos».
El sitio web cree que «la lógica estadounidense es clara: Israel debe estar seguro y prevalecer en los conflictos regionales, pero no tiene derecho a dominar Oriente Medio». Añadió: «Lo mismo se aplica a Gran Bretaña, Alemania y Francia en Europa, donde Washington cree que estos países deben contrarrestarse entre sí dentro de una distribución desigual del poder, como ocurre en otras partes del mundo».
Los tres pilares
Basándose en esta teoría, Washington busca frenar los intentos de Israel de imponer su hegemonía en la región, tras sus recientes guerras contra la Franja de Gaza palestina, Irán y Líbano, así como sus intervenciones militares en Siria, Yemen y Qatar.
El sitio web afirmaba: «Desde la perspectiva de los estrategas estadounidenses, el equilibrio de poder en Oriente Medio tras los acontecimientos del 7 de octubre, especialmente tras la guerra de 12 días con Irán, se ha desplazado a favor de Israel».
Continuaba diciendo: «Sin embargo, el modelo preferido por Estados Unidos en la región se basa en una estructura de poder equilibrada entre Turquía, Arabia Saudí e Israel».
Explicaba que «en este triángulo, Israel desempeña el papel de base; disfruta de seguridad y superioridad militar sobre Arabia Saudí y Turquía, pero esta superioridad no debe convertirse en hegemonía». Continuaba: «Por lo tanto, Washington busca reforzar la posición de Arabia Saudí en Oriente Medio para lograr varios objetivos, entre los que destaca impedir que Israel se convierta en una potencia dominante en la región».
Al mismo tiempo, Washington quiere «asegurar que el mundo árabe se alinee con Estados Unidos a través de Arabia Saudí como estado árabe fundamental».
Además, Estados Unidos desea «mantener y controlar la seguridad energética en el Golfo, garantizar el apoyo político y financiero de Arabia Saudí para implementar el plan de paz de Gaza y fortalecer los Acuerdos de Abraham con la adhesión de Riad».
El sitio web añade: «Washington también busca asegurar y mantener el orden regional externo en el Golfo, garantizando la participación de Arabia Saudí en cualquier posible guerra contra Irán o en los esfuerzos por contenerlo».
En conclusión, se puede decir que el refuerzo por parte de Estados Unidos del papel de Riad tiene como objetivo «involucrar a Arabia Saudí en la configuración del futuro orden regional junto con Israel y Turquía, y consolidar la «doctrina de los tres pilares» adoptada por el presidente Donald Trump, dentro de un triángulo formado por Israel, Turquía y Arabia Saudí».
Para consumo interno, Washington busca «beneficiarse de las capacidades financieras y de inversión saudíes para apoyar la economía estadounidense».
Cobertura estratégica
Por el contrario, «la política de Arabia Saudí en sus relaciones con Estados Unidos, en particular con Trump, se basa en una política de «cobertura» o «seguro político», una política destinada a reducir los riesgos y garantizar la supervivencia del régimen saudí en un entorno regional e internacional turbulento», según el sitio web. En este contexto, el sitio web iraní señaló que «a pesar de los esfuerzos de Riad desde 2010 por diversificar sus relaciones con las grandes potencias, sigue considerando a Estados Unidos la piedra angular para garantizar su supervivencia y estabilidad».
No obstante, Arabia Saudí teme «la búsqueda de la hegemonía regional por parte de Israel», ya que la considera «una amenaza existencial a largo plazo para los Estados árabes». Según su evaluación, «Riad considera que una guerra de Estados Unidos contra Irán es una amenaza para la estabilidad regional y cree que un cambio de régimen en Teherán no beneficia necesariamente a los intereses a largo plazo del mundo árabe».
Por lo tanto, el sitio web cree que Arabia Saudí «prefiere una República Islámica débil, limitada y predecible al colapso total del régimen iraní, y está trabajando a través de una diplomacia no declarada para evitar que Israel inicie una guerra contra Irán».
Paralelamente, sostiene que «el ataque israelí a Qatar sirvió de advertencia a Arabia Saudí y al resto de los Estados árabes, especialmente teniendo en cuenta el abandono por parte de Washington del expresidente egipcio Hosni Mubarak, así como su postura pasiva ante el ataque a las instalaciones de Aramco».
Según él, «estos acontecimientos han llevado a Arabia Saudí a buscar garantías de seguridad más sólidas y sostenibles por parte de Estados Unidos».
En este sentido, «destaca la reciente visita de Mohammed bin Salman a Washington, donde negoció la compra de equipo militar avanzado, como aviones de combate F-35, y el refuerzo del programa nuclear saudí a cambio de inversiones masivas que alcanzan los 600 000 millones de dólares, con promesas de aumentarlas hasta el billón de dólares». Además, el informe afirma que Arabia Saudí «busca encontrar una posición adecuada para sí misma en el orden regional emergente y en el nuevo sistema internacional que está tomando forma, lo que le otorgaría un mayor peso en las ecuaciones políticas y económicas».
Añadía: «El fortalecimiento de las relaciones con Washington da a Riad un mayor margen de maniobra para tratar con aliados y adversarios regionales como Turquía, Irán, Israel y Qatar, y también mejora su posición negociadora con otras grandes potencias como China, Rusia y Europa».
Continúa diciendo: «Arabia Saudí considera que la situación de «ni guerra ni paz» entre Irán e Israel es circunstancial y temporal, por lo que está desarrollando múltiples escenarios para su supervivencia. Cree que garantizar su continuidad en cualquier escenario depende del fortalecimiento de sus lazos políticos y de seguridad con Estados Unidos».
En última instancia, el sitio web iraní indica que «las medidas de Arabia Saudí se derivan de su deseo de desempeñar un papel fundamental dentro del «sistema tripartito» propuesto por Trump, basado en una asociación entre Israel, Turquía y Arabia Saudí».
Sin embargo, considera que «este sistema sigue siendo frágil y poco definido, y que un posible enfrentamiento entre Irán e Israel podría ser un factor decisivo para su colapso o consolidación».
La negación o las ilusiones no crean la realidad.
En última instancia, es posible que Washington consiga impedir el dominio de una única potencia en Oriente Medio, pero configurar la región únicamente en función de los intereses estadounidenses y reflejar los dictados de Estados Unidos no es una cuestión resuelta ni garantizada.
Parece que Trump está yendo demasiado lejos en su percepción de que ya no existe una amenaza real en Oriente Medio, sino solo un conflicto «complejo» y limitado entre Israel y los palestinos. Niega que Oriente Medio sea el proveedor de energía «más importante» del mundo, que la región ya no sea un importante escenario de competencia entre «grandes potencias» y que ya no esté plagada de conflictos que amenazan con extenderse a otras partes del mundo.
Creo que la negación o las ilusiones no crean la realidad. La región seguirá siendo importante para el mundo y el Estado palestino seguirá preocupando a todo el mundo.


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