El entorno de Trump plantea configurar una confederación entre Siria y el Líbano conforme a los cálculos estratégicos que escribieron recientemente.
Es fundamental destacar que esta idea surge de los anillos de Trump y no de las redes de los poderes que convencionalmente funcionan en los Estados Unidos.
Por lo que estaríamos frente a una formulación trumpista que se enmarca en su visión de remodelar el futuro del Medio Oriente sobre premisas y mecanismos de Mar-a-Lago y no en los think tanks del poder tradicional.
El enviado estadounidense, Tom Barrack, es una de las principales figuras que tienen el cometido de producir avances para ese plan en los próximos 10 meses.
En su reciente participación en el Diálogo de Manama, en Baréin, declaró que el Líbano es un estado fallido y, posteriormente, afirmó que: Debemos unir a Siria y al Líbano porque representan una civilización magnífica.
Tales declaraciones están siendo estudiadas minuciosamente en salas de poder tanto de la región como de otras partes, junto con las conexiones de puntos operativos y planificaciones heterogéneas, incluyendo, a los estrategas de la geopolítica de Londres y París porque el grupo Trump quiere, según se observa, situar a Medio Oriente en el sistema post Sykes-Picot, lo que significaría una pérdida notable, en dimensiones estratégicas e históricas, para Gran Bretaña y Francia.
Concretamente, el Washington de Trump, junto con algunos de sus socios regionales de Medio Oriente, pretende sepultar a la conjugación franco-británica y proyectar la influencia hegemonista estadounidense -en la cual, la dinastía Trump, será uno de los ejes, claro está – como la única preponderante para el Medio Oriente de las próximas décadas.
Ahora bien, en los circuitos antiisraelíes de Asia Occidental, hay una convicción firme de que la estrategia de Trump para Medio Oriente implica, entre otros logros, que Israel tenga asegurada su existencia futura y que esté integrado completamente en la región y que sea el estado sionista el que tenga la principal función de cuidar y potenciar los intereses y objetivos de los Estados Unidos en la región que Trump está procurando transformar.
En el seno de ese plan, la confederación sirio-libanesa no sería hostil ni competidora de Israel y sus pilares estratégicos institucionales estarían vinculados a la agenda de los Estados Unidos. Ciertamente, que los rivales de esos planes ya están moviendo sus bazas para impedir que los mismos tengan éxito y dentro del Líbano y de Siria ya emergen voces que demuestran su oposición irrenunciable.
Estos serán los propulsores de algunos hechos, en los próximos meses, con los que tendrá que confrontar la administración Trump y sus colaboradores para la concreción del plan.


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