Pese a que la familia Assad fue, hace un año, expulsada del poder, Siria sigue sin tener el rumbo fijo, careciendo de una brújula geopolítica clara y de una gobernanza que le genere beneficios horizontales a su pueblo para todas sus composiciones étnicas y religiosas internas.
Para los Estados Unidos e Israel, el proyecto de la Gran Siria quedó en el sarcófago de la Historia porque el emporio Trump visualiza una Siria conectada con su famoso plan de un Medio Oriente bajo la tutela o influencia directriz estadounidense donde Israel sea aceptado geopolítica y geográficamente como un componente inescindible de la región, pero sin guerras regulares e indefinibles del estilo que las practicaba el campo rival que Trump tiene en Estados Unidos y Europa.
Que los negocios y sus múltiples interconexiones predominen sobre las agendas belicistas, aunque el uso de la fuerza para apuntalar el plan sea un recurso que esté siempre visible y sobre la mesa…
En ese contexto, Trump quiere que Turquía, Israel, Arabia Saudita, Catar y los Emiratos Árabes Unidos participen, junto, por supuesto, los Estados Unidos, para restructurar Siria de modo que el plano sirio sea ubicado justo en el punto histórico y empresarial que Trump desea.
Debemos tener presente, en todo momento, que Trump quiere integrar para siempre a su familia y circulo dinástico con el futuro Medio Oriente (y no únicamente con Israel) y, en ese sueño, Siria es, por demás, importante.
Los recursos petroleros y gasíferos sirios deben ser integrados a la red de seguridad energética global de Trump y los Estados Unidos.
Erdogan le convenció a Trump que la mejor baza que se tenía era Ahmed al-Sharaa, gobernante interino, cuyo desempeño, por lo menos, hasta esta fecha, le deja conforma al presidente de los Estados Unidos.
Los estrategas turcos saben que, mediante el compromiso subsistente entre su presidente y Trump, tienen una gran oportunidad histórica para viabilizar (y no solamente, visibilizar) su idea del Nuevo Siglo Turco con una Siria alineada con ese postulado.
Ya lo dejó claro Trump: él no tiene nada en contra de que las culturas islámicas sigan existiendo, no tiene nada en contra de quienes tuvieron pasados en el terrorismo islámico, en tanto y en cuanto, claro está, unos y otros sean amigos o socios estratégicos suyos.
Por el lado israelí, está un problema que también le genera alguna molestia al círculo trumpista. La alianza gubernamental quiere una Siria sin capacidades soberanas, sin ejércitos proclives a Turquía y que sea fragmentada aunque sea de facto.
Israel no quiere compartir Siria con los socios de Trump (sean estos, turcos, saudíes o cataríes), sino que quiere Siria para sí y para su socio árabe, en la ecuación siria, Emiratos Árabes Unidos.
Increíble o no, los aliados de Netanyahu no se conforman con todo lo que Trump les está proveyendo a Israel, y presionan por más y más como si no pudiesen salir de un delirio bíblico…que hace que Israel, en la realidad misma, tenga una locura estratégica como lo definió, el último fin de semana, el General Israel Ziv, uno de los hombres más destacados con los que cuenta el establecimiento militar de Israel.
Trump seguirá incentivando a Ahmed al-Sharaa (y otros) con money, money, money para la firma de un acuerdo de seguridad con Israel para, posteriormente, fijar una ruta de intercambio comercial entre ambos estados hasta llegar al acuerdo de normalización.
Claramente, se ve que hay muchas ambiciones sobre Siria; hay muchas variables en funcionamiento y la mayoría de ellas prescinde del sentimiento y el pensamiento soberano del pueblo sirio. Pueblo que, mayoritariamente, sigue sin apoyar a Ahmed al-Sharaa, quien, dicho sea de paso, no logra efectivizar una unidad social ni tampoco impone un orden completo.
¿Hay esperanza para la soberanía siria? Sí. ¿Hay probabilidades de que fracasen los proyectos externos sobre el país? Sí, y no son pocas.


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