Donald Trump recibió en la Casa Blanca al Presidente de Azerbayan Ilham Aliyev y al Primer Ministro armenio Nikol Pashinyan para firmar lo que se presentó como un tratado de paz histórico entre ambos países. Una firma solemne, sonrisas ocasionales y apretones de manos ante las cámaras.
Pero tras la fachada brillante, para muchos armenios y observadores independientes, se esconde una verdad mucho más amarga, esto no es paz, es rendición.
El conflicto entre Armenia y Azerbaiyán no es nuevo. Desde 1988, con el colapso de la URSS, la lucha por Nagorno-Karabaj (Artsaj, como lo llaman los armenios) ha ensangrentado la zona sur del Cáucaso.
La guerra iniciada a principios de la década de los 90 dejó más de 30.000 muertos, y la guerra de 2020 (iniciada por Bakú con apoyo militar directo de Turquía) sumó otros 6.000, cediendo gran parte del enclave a Azerbaiyán.
Desde entonces, la población armenia de Karabaj ha soportado un asedio asfixiante, que culminó en un éxodo masivo de más de 150.000 cristianos armenios que fueron expulsados de sus hogares. Sin embargo, el acuerdo firmado en Washington parece ignorar por completo esta realidad.
Como denunció Aram Hamparian, director ejecutivo del ANCA (Comité Nacional Armenio de América), el tratado no prevé un retorno seguro y digno de los evacuados, ni la liberación de los prisioneros de guerra armenios, ni mucho menos la reducción de la presencia militar de Azerbaiyán en territorio armenio.
Por el contrario, introduce un elemento nuevo y preocupante, la construcción de un corredor de transporte, pomposamente denominado la Ruta Trump para la Paz y la Prosperidad Internacional, sobre el cual EE. UU. tendrá derechos exclusivos de desarrollo, que será subarrendado a un consorcio comercial.
Para el ANCA, esta es la enésima recompensa otorgada a quienes atacaron, ocuparon y deportaron. Pero no sólo eso, este corredor podría eludir el control armenio y consolidar las reivindicaciones territoriales de Bakú, abriendo una herida geopolítica en el corazón del Cáucaso.
Una decisión que, según Hamparian, normalizará la limpieza étnica y socavará la seguridad y la soberanía de Armenia. Trump, quien en 2020 no movió un dedo para poner fin a la ofensiva azerbaiyana, ahora se presenta como el pacificador.
Pero la verdadera paz requiere justicia, y la justicia en el Cáucaso no se construye borrando comunidades enteras del mapa. Si este es el acuerdo del siglo, para Armenia corre el riesgo de ser el golpe de gracia.


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