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Trump y Mohamed bin Salman fortalecen sus lazos

3–4 minutos

Después de seis años, el príncipe heredero de Arabía Saudí, Mohamed bin Salman, volvió a los EE. UU., para reunirse con su socio en asuntos globales, Donald Trump.

Este lo acogió encantadoramente y hasta llegó a minimizar el asesinato de quien fuera un activo de la CIA, el periodista Jamal Khashoggi, sucedido el 2 de octubre de 2018, en el Consulado Saudí de Estambul y cuya autoría intelectual recae, según diversas acusaciones, sobre el príncipe heredero. Trump, en defensa de su invitado, expresó, en la rueda de prensa que ambos ofrecieron en el Despacho Oval que tales incriminaciones eran noticias falsas y que Khashoggi tenía mucha gente que no simpatizaba con él.

Cuando le llegó su turno, Mohamed bin Salman manifestó Hemos seguido todos los pasos correctos de la investigación… hemos mejorado nuestro sistema para asegurarnos de que no vuelva a ocurrir algo así.

Siguiendo con el diálogo de estas personalidades delante de la prensa, Trump mirándolo al príncipe saudí le dijo: Sé que a Israel le gustaría que recibieras aviones de menor calibre. No creo que eso te haga muy feliz, en alusión a la venta de cazas F-35 que Trump firmó y que irían para Riad, rompiendo una tradición estadounidense de no suministrar tales capacidades aéreas a países musulmanes con los cuales Israel no tiene una concordancia total en muchos asuntos geopolíticos.

El reino, por su lado, invertiría entre 600 mil millones de dólares y un billón de dólares en entendimientos económicos, comerciales y financieros con los Estados Unidos de Trump. Estas cifras son un sueño mágico para el 47° ya que precisa la mayor cantidad de dinero para posibilitar el progreso de su formato económico de restaurar la fortaleza del país que dirige políticamente y para ensanchar los negocios de su familia en Arabia Saudí y en otros estados del Golfo.

Con una actitud de dirección contraria de la que sostuvo la administración predecesora de Trump, el gobierno trumpista multiplica los compromisos con la Casa de Saúd y ahonda la esfera de intereses mutuos para rediseñar Medio Oriente.

La energía nuclear que Trump acordó darle a Arabia Saudí es de uso civil y no habrá transferencia de tecnología nuclear, pero las empresas estadounidenses participarán en el sistema nuclear saudí.

Asimismo, el tratado de defensa es frágil y revocable unilateralmente en cualquier momento, sin que los saudíes pudieran, por el momento, equiparse en tales áreas a la alianza estratégica israelí-estadounidense.

Pese a ello, mientras Donald Trump siga al mando de la Casa Blanca, Riad no será un objetivo de la guerra sionista y las organizaciones desestabilizadoras norteamericanas no impactarán dentro del reino.

Así y todo, Arabia Saudita comprará otras capacidades militares a Rusia y China y, bajo ningún concepto, se disociará de esos centros multipolares.

Igualmente, y de una manera gradual, Arabia Saudí crece como un actor fundamental de los procesos geopolíticos gestantes en la región y en uno de los socios clave, hacia el interior del mundo islámico, del proyecto Trump y de su sucesor natural.

Todo ello no le impide a Mohamed bin Salman aumentar la cooperación con los iraníes y en oponerse, como lo hizo durante la guerra de los Doce Días, a una agenda de cambio de régimen en Irán y de guerra contra Jameneí, sin que Trump se enojara por tal comportamiento o amenazase desvincularse del príncipe heredero.

El príncipe también continuó avanzando, en su diálogo bilateral con Trump, en la mirada respecto a integrar a Irán tal y como está, en la diplomacia de los negocios para estabilizar el marco regional, en frenar el expansionismo israelí y en propiciar el camino para la constitución del estado palestino.

Al mismo tiempo, Mohamed bin Salman se consolida como el líder del futuro de su reino y logra reducir la potencialidad de sus oponentes internos, superando así otros expedientes complejos en los que estuvo crucialmente activo en el pasado.


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