El 9/9 y el 11-S, 20 años después

10–15 minutos

Estimados lectores, en esta gran traducción al español del día les traemos un artículo en Asia Times del gran geopolítico brasileño, Pepe Escobar (fue publicado en 2001). Recuerden que también tienen otros artículos previos aquí disponibles.

Quizá nunca lleguemos a conocer todos los contornos de este enigma dentro de otro enigma en lo que respecta al 11-S y las cuestiones relacionadas

Massoud abandonando Bazarak, en el Panjshir, tras nuestra entrevista en agosto de 2001, aproximadamente tres semanas antes de su asesinato. Foto: Pepe Escobar

Es imposible no comenzar por la última sacudida de una serie de impactantes terremotos geopolíticos.

Exactamente veinte años después del 11 de septiembre y del posterior inicio de la Guerra Global contra el Terrorismo (GWOT, en inglés), los talibanes celebrarán una ceremonia en Kabul para conmemorar su victoria en esa errónea «guerra eterna».

Cuatro exponentes clave de la integración euroasiática —China, Rusia, Irán y Pakistán—, así como Turquía y Catar, estarán representados oficialmente, presenciando el regreso oficial del Emirato Islámico de Afganistán. En lo que a repercusiones se refiere, esta no es nada menos que intergaláctica.

La trama se complica cuando el portavoz talibán Zabihullah Mujahid subraya con firmeza «que no hay pruebas»de que Osama bin Laden estuviera implicado en el 11-S. Por lo tanto, «no había justificación para la guerra, fue una excusa para la guerra», afirmó.

Apenas unos días después del 11-S, Osama bin Laden, que nunca ha rehuido la publicidad, emitió un comunicadoa Al Jazeera: «Me gustaría asegurar al mundo que no planifiqué los recientes atentados, que parecen haber sido planeados por personas por motivos personales (…) He estado viviendo en el Emirato Islámico de Afganistán y siguiendo las normas de sus líderes. El líder actual no me permite llevar a cabo este tipo de operaciones».

El 28 de septiembre, Osama bin Laden fue entrevistado por el periódico en urdu Karachi Ummat. Lo recuerdo bien, ya que en aquel momento viajaba sin descanso entre Islamabad y Peshawar, y mi colega Saleem Shahzad, en Karachi, me lo señaló.

Osama bin Laden, presunto cerebro terrorista nacido en Arabia Saudí, en un vídeo grabado «recientemente» en un lugar secreto de Afganistán. Fue emitido por Al Jazeera el 7 de octubre de 2001, el día en que EE. UU. lanzó bombardeos de represalia contra campamentos terroristas, bases aéreas e instalaciones de defensa aérea en la primera fase de su campaña contra el régimen talibán por dar refugio a bin Laden. Foto: AFP / Captura de pantalla de Al Jazeera

Esta es una traducción aproximada realizada por el Servicio de Información de Emisiones Extranjeras (FBIS), vinculado a la CIA: «Ya he dicho que no estoy implicado en los atentados del 11 de septiembre en Estados Unidos. Como musulmán, hago todo lo posible por evitar mentir. No solo no tenía conocimiento alguno de estos atentados, sino que tampoco considero que el asesinato de mujeres, niños y otras personas inocentes sea un acto loable. El islam prohíbe estrictamente causar daño a mujeres, niños y otras personas inocentes.

«Ya he dicho que estamos en contra del sistema estadounidense, no de su pueblo, mientras que en estos atentados han perdido la vida ciudadanos estadounidenses de a pie. Estados Unidos debería intentar localizar a los autores de estos atentados dentro de sus propias filas; personas que forman parte del sistema estadounidense, pero que se oponen a él.

«O aquellos que trabajan para algún otro sistema; personas que desean convertir el presente siglo en un siglo de conflicto entre el islam y el cristianismo para que su propia civilización, nación, país o ideología pueda sobrevivir. Además, existen agencias de inteligencia en EE. UU. que solicitan cada año al Congreso y al Gobierno fondos por valor de miles de millones de dólares (…) Necesitan un enemigo».

Esta fue la última vez que Osama bin Laden se pronunció públicamente, de forma sustancial, sobre su supuesto papel en el 11-S. Posteriormente, desapareció, y aparentemente para siempre a principios de diciembre de 2001 en Tora Bora: yo estuve allí y volví a repasar el contexto completo años más tarde.

Y, sin embargo, como un James Bond islámico, Osama siguió obrando el milagro de morir un día más, una y otra vez, empezando —cómo no— en Tora Bora a mediados de diciembre, tal y como informaron el Observer paquistaní y, posteriormente, Fox News.

Así pues, el 11-S siguió siendo un acertijo dentro de un enigma. ¿Y qué hay del 9-S, que podría haber sido el prólogo del 11-S?

Llegada al valle de Panjshir en uno de los helicópteros soviéticos de Massoud en agosto de 2001. Foto: Pepe Escobar

Luz verde de un jeque ciego

«Han disparado al comandante».

El escueto correo electrónico, del 9 de septiembre, no ofrecía detalles. Era imposible contactar con el Panjshir: la cobertura del teléfono satelital es irregular. Solo al día siguiente se pudo confirmar que Ahmad Shah Massoud, el legendario León del Panjshir, había sido asesinado por dos yihadistas de Al Qaeda que se hacían pasar por un equipo de cámaras.

En nuestra entrevista con Massoud para Asia Times, el 20 de agosto, me había contado que luchaba contra una tríada: Al Qaeda, los talibanes y el ISI paquistaní. Tras la entrevista, partió en un Land Cruiser y luego se dirigió en helicóptero a Kwaja-Bahauddin, donde ultimaría los detalles de una contraofensiva contra los talibanes.

Esta fue su penúltima entrevista antes del asesinato y, posiblemente, las últimas imágenes —captadas por el fotógrafo Jason Florio y con mi cámara mini-DV— de Massoud con vida.

Un año después del asesinato, regresé al Panjshir para llevar a cabo una investigación sobre el terreno, basándome únicamente en fuentes locales y en la confirmación de algunos detalles procedentes de Peshawar. La investigación se recoge en la primera parte de mi libro electrónico de Asia Times Forever Wars.

La conclusión fue que la luz verde para que el falso equipo de rodaje se reuniera con Massoud llegó a través de una carta patrocinada por el señor de la guerra de la CIA, Abdul Rasul Sayyaf —como un «regalo» para Al Qaeda—.

En diciembre de 2020, el inestimable diplomático canadiense Peter Dale Scott, autor, entre otras obras, del influyente The Road to 9/11 (2007), y Aaron Good, editor de la revista CovertAction, publicaron una notable investigación sobre el asesinato de Massoud, siguiendo una pista diferente y basándose principalmente en fuentes estadounidenses.

Establecieron que, posiblemente más que Sayyaf, el cerebro del asesinato fue el notorio jeque ciego egipcio Omar Abdel Rahman, que por entonces cumplía cadena perpetua en una prisión federal estadounidense por su participación en el primer atentado contra el World Trade Center en 1993.

Entre otros datos reveladores, Dale Scott y Good también confirmaron lo que el exministro de Asuntos Exteriores pakistaní Niaz Naik ya había declarado a los medios de comunicación pakistaníes en 2001: los estadounidenses tenían todo preparado para atacar Afganistán mucho antes del 11-S.

En palabras de Naik: «Les preguntamos [a los delegados estadounidenses]: ¿Cuándo creen que atacarán Afganistán? … Y respondieron: antes de que caiga la nieve en Kabul. Eso significa septiembre, octubre, algo así».

Tal y como muchos de nosotros hemos podido constatar a lo largo de los años posteriores al 11-S, todo giraba en torno a que EE. UU. se impusiera como gobernante indiscutible del Nuevo Gran Juego en Asia Central. Peter Dale Scott señala ahora: «Las dos invasiones estadounidenses, la de Afganistán en 2001 y la de Irak en 2003, se basaron en pretextos que ya de por sí eran dudosos y que se han ido desacreditando con el paso de los años.

«Detrás de ambas guerras se encontraba la supuesta necesidad de Estados Unidos de controlar el sistema económico basado en los combustibles fósiles, que constituía el pilar del petrodólar estadounidense».

El difunto fundador de los talibanes, el mulá Mohammed Omar, en una fotografía de archivo. Foto: Wikimedia

Massoud frente al mulá Omar

El mulá Omar sí que dio la bienvenida a «Jihad Inc.» a Afganistán a finales de la década de 1990: no solo a los árabes de Al Qaeda, sino también a uzbekos, chechenos, indonesios y yemeníes —a algunos de ellos los conocí en la prisión de Massoud, situada a orillas del río en el Panjshir, en agosto de 2001—.

Los talibanes, en aquel momento, les proporcionaron bases —y algunas palabras de aliento—, pero, profundamente etnocéntricos como eran, nunca mostraron interés alguno por la yihad global, al estilo de la «Declaración de yihad» emitida por Osama en 1996.

La postura oficial de los talibanes era que la yihad era asunto de sus huéspedes y que no tenía nada que ver con los talibanes ni con Afganistán. Prácticamente no había afganos en «Jihad Inc.». Muy pocos afganos hablan árabe. No les seducía la idea del martirio ni la de un paraíso lleno de vírgenes: preferían ser un ghazi —un vencedor vivo en una yihad—.

El mulá Omar no podía en absoluto echar a Osama bin Laden debido al Pashtunwali —el código de honor pastún—, en el que la noción de hospitalidad es sagrada. Cuando se produjo el 11-S, el mulá Omar volvió a rechazar tanto las amenazas estadounidenses como las súplicas pakistaníes. A continuación, convocó una jirga tribal de 300 mulás de alto rango para ratificar su postura.

Su veredicto fue bastante matizado: debía proteger a su huésped, por supuesto, pero un huésped no debía causarle problemas. Por lo tanto, Osama tendría que marcharse, de forma voluntaria.

Los talibanes también siguieron una vía paralela, solicitando a los estadounidenses pruebas de la culpabilidad de Osama. No se proporcionó ninguna. La decisión de bombardear e invadir ya se había tomado.

Eso nunca habría sido posible con Massoud con vida. Un clásico guerrero intelectual, era un nacionalista afgano convencido y un héroe popular, gracias a sus espectaculares hazañas militares en la yihad contra la URSS y a su lucha incesante contra los talibanes.

Yihadistas capturados por las fuerzas de Massoud en una prisión a orillas del río en el Panjshir, en agosto de 2001. Foto: Pepe Escobar

Cuando el gobierno socialista del PDPA en Afganistán se derrumbó tres años después del fin de la yihad, en 1992, Massoud podría haberse convertido fácilmente en primer ministro o en un gobernante absoluto al antiguo estilo turco-persa.

Pero entonces cometió un terrible error: temiendo una conflagración étnica, permitió que la banda de muyahidines con base en Peshawar acumulara demasiado poder, lo que condujo a la guerra civil de 1992-1995 —con el despiadado bombardeo de Kabul por parte de prácticamente todas las facciones— que allanó el camino para el surgimiento de los talibanes, defensores de la «ley y el orden».

Así pues, al final resultó ser un comandante militar mucho más eficaz que como político. Un ejemplo de ello es lo que ocurrió en 1996, cuando los talibanes lanzaron su ofensiva para conquistar Kabul, atacando desde el este de Afganistán.

Massoud se vio totalmente desprevenido, pero aun así logró retirarse al Panjshir sin librar una batalla importante y sin perder a sus tropas —toda una hazaña—, al tiempo que derrotaba contundentemente a los talibanes que le perseguían.

Estableció una línea de defensa en la llanura de Shomali, al norte de Kabul. Esa fue la línea del frente que visité unas semanas antes del 11-S, de camino a Bagram, que por entonces era una base aérea de la Alianza del Norte prácticamente vacía y en estado de deterioro.

Todo lo anterior contrasta lamentablemente con el papel de Masoud Jr., quien, en teoría, es el líder de la «resistencia» contra los talibanes 2.0 en el Panjshir, ahora completamente aniquilada.

Masoud Jr. carece por completo de experiencia, tanto como comandante militar como político, y, aunque fue elogiado en París por el presidente Macron o publicó un artículo de opinión en los principales medios de comunicación occidentales, cometió el terrible error de dejarse llevar por Amrullah Saleh, un agente de la CIA que, como antiguo jefe de la Dirección Nacional de Seguridad (NDS), supervisaba de facto los escuadrones de la muerte afganos.

Masoud Jr. podría haberse labrado fácilmente un papel en un gobierno de los talibanes 2.0. Sin embargo, lo echó todo por la borda al negarse a entablar negociaciones serias con una delegación de 40 clérigos islámicos enviada al Panjshir y al exigir al menos el 30 % de los cargos en el Gobierno.

Al final, Saleh huyó en helicóptero —puede que se encuentre ahora en Tashkent— y Masoud Jr., tal y como están las cosas, se encuentra atrincherado en algún lugar del norte de Panjshir.

En esta fotografía de archivo tomada el 11 de septiembre de 2001, un avión comercial secuestrado se aproxima a las torres gemelas del World Trade Center poco antes de estrellarse contra el emblemático rascacielos de Nueva York. Foto: AFP / Seth McAllister

La maquinaria propagandística del 11-S está a punto de alcanzar su punto álgido este sábado —aprovechándose ahora del giro narrativo que supone el regreso al poder de los talibanes «terroristas», algo perfecto para disimular la humillación absoluta del Imperio del Caos—.

El Estado profundo no escatima medios para proteger la narrativa oficial —que presenta más agujeros que la cara oculta de la Luna—.

Se trata de un Ouroboros geopolítico para la posteridad. El 11-S solía ser el mito fundacional del siglo XXI, pero ya no lo es. Ha sido desplazado por el efecto boomerang: la debacle imperial que ha permitido el regreso del Emirato Islámico de Afganistán exactamente a la misma posición en la que se encontraba hace veinte años.

Es posible que ahora sepamos que los talibanes no tuvieron nada que ver con el 11-S. Es posible que ahora sepamos que Osama bin Laden, en una cueva afgana, quizá no fuera el principal responsable del 11-S. Es posible que ahora sepamos que el asesinato de Massoud fue un preludio del 11-S, pero de una forma retorcida: para facilitar una invasión de Afganistán planificada de antemano.

Y, sin embargo, al igual que con el asesinato de JFK, es posible que nunca lleguemos a conocer todos los contornos de este acertijo dentro de un enigma. Como inmortalizó Fitzgerald: «Así seguimos remando, barcas contra la corriente, arrastradas sin cesar hacia el pasado», sondeando como locos esta Zona Cero filosófica y existencial, sin dejar nunca de plantearnos la pregunta definitiva: Cui Bono?


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