80 mil documentos del archivo de John Fitzgerald Kennedy fueron desclasificados y publicados para que numerosos expertos y público en general de todo el mundo accedan a ellos para indagar un poco más sobre la trama K.
Como suele ocurrir en estos casos, las reacciones iniciales son diferentes.
Por un lado, están quienes elogian la promesa cumplida de Donald Trump y su conducta de transparentar cuestiones espinosas e incentivan a leer y estudiar el archivo. Y, por el otro lado, se posicionan quienes creen que a los documentos les falta algo medular. Falta lo que indispensablemente debería estar, sostienen.
Lo peculiar es que los buscadores de la verdad, está vez, juegan en ambos equipos.
Palabras más, palabras menos, Trump puede caminar por el jardín de la Casa Blanca diciendo a todos que él ya cumplió. Que si hay vicios o faltantes no es su culpa. Hizo lo que ningún predecesor suyo pudo hacer. Con eso, Trump contiene votos y deja su sello en la historia contemporánea.
Y así las cosas, el salón de la fama es para Oliver Stone y su película seudo histórica, JFK, porque, en verdad, la fama es artificial y efímera; mientras que, anhelan los trumpianos, el panteón de la historia acogerá a Trump, quien, en estos momentos, competiría cabeza a cabeza con Abraham Lincoln.
Un aliado político y funcionario de salud del inquilino de la Casa Blanca, Robert F. Kennedy Jr., sobrino de JFK, agradeció el gesto a Trump…pero la otra parte de los Kennedy tuvo una postura diferente porque, como se sabe, unos Kennedy detestan a Trump en un marcado contraste con el Kennedy más famoso que se subió al avión de Trump para, entre otros motivos, salvar del hundimiento y la desaparición a la familia Kennedy.
Tras la develación de esos documentos, ciertas agencias del “Estado Profundo”, enemigas de Trump y de MAGA, seguirán siendo sindicadas como responsables en medio de un proceso de cambios y reemplazos en la lucha por los Estados Unidos.


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