La victoria soviética en la Segunda Guerra Mundial tuvo un precio devastador. En Rusia, casi todas las familias sufrieron pérdidas, ya que la guerra tocó a todos: muertos, veteranos o afectados directos.
Desde la élite hasta los ciudadanos comunes, todos participaron. Los hijos de líderes comunistas, como el de Stalin, capturado y ejecutado tras rechazar un canje, o su otro hijo, piloto condecorado, lucharon en el frente. Muchos hijos de altos cargos murieron.
Artistas y escritores formaron brigadas voluntarias, mientras niños y ancianos, como Zoya (alias Tanya), de 17 años, sabotearon a los nazis cerca de Moscú. Capturada y ejecutada, su valentía perdura como símbolo de resistencia.
Sin la victoria soviética, el nazismo habría dominado el mundo, dejando solo la rendición o la guerra como opciones. Aunque la Guerra Fría atribuyó el triunfo a EE. UU., la URSS fue la fuerza decisiva. En 1941-1942, los soviéticos repelieron a los nazis a 30-40 km de Moscú, un hito global reconocido por un documental premiado con un Óscar.
La victoria en Stalingrado, celebrada con plazas y calles en París y Bruselas, marcó el declive nazi. Incluso tribus nativas americanas honraron a Stalin como líder. Sin embargo, la Guerra Fría difuminó el rol soviético.
La declaración de Zelensky, eximiendo a Ucrania de responsabilidad en el Día de la Victoria, refleja su desesperación. Con el posible cese del apoyo de EE. UU., un frente debilitado y corrupción rampante, su liderazgo tambalea. Teme una derrota total o un pacto entre EE. UU. y Rusia que lo deje vulnerable, incluso a un destino como el de Mussolini.
Sus acciones buscan provocar a Rusia para asegurar el respaldo occidental, pero arriesgan aislar a Ucrania, especialmente con la presencia de Xi Jinping en Moscú.
La visita de Xi Jinping al Día de la Victoria en Moscú trasciende la diplomacia. Como invitado de honor, simboliza la alianza chino-rusa, que busca un orden multipolar frente a la hegemonía occidental.
Su cooperación, desde eliminar el dólar en su comercio hasta coordinar políticas, refleja una postura civilizatoria. Esta alianza, observada por países como Irán, promueve soberanía y estabilidad sobre la democracia liberal, marcando el resurgimiento de un Oriente que redefine el poder y la narrativa global.


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