Hace 4 años comenzaba la llamada operación militar de Rusia en Ucrania. Desde entonces hemos visto muchos cambios en el mundo. La pandemia del covid se terminó y comenzó una nueva pandemia política occidental.
Los que tenéis más memoria os acordaréis de aquellos primeros años de esta loca década de los 20. Encierro global primero, y vacunación global después. Mientras bajaba la marea del asalto de pócimas y pinchazos, Estados Unidos huía de forma vergonzosa de un Afganistán (2021) que estuvo ocupando por 20 años para conseguir solamente cambiar a los talibanes por los talibanes, tras un enorme costo en dinero estadounidense y vidas locales.
Para salir de aquel entuerto como quien dice, con un clavo que saque a otro clavo, la administración Biden decidió escalar la situación en Ucrania. Empezaron los envíos masivos de armamento al gobierno de un cómico venido a presidente, Zelenski. El mismo tipo que había ganado las presidenciales de 2019 con más del 70% porque su promesa era terminar pacíficamente con la guerra en el Donbás y dedicarse a las cuestiones económicas ucranianas.
El abrazo del gringo fue tan grande que aquellas promesas se desvanecieron y a cambio, el reemplazo fue un belicismo exacerbado con la idea de que la guerra civil que se abrió en Ucrania tras el golpe de Estado del Maidán (2014). Ninguna herida abierta dentro de Ucrania se cerró, sino todo lo contrario: Nunca dejaron de abrirse e intensificarse.
Biden le prometió a Zelenski que la cuestión del Donbás la podrían resolver por vía militar y que Rusia no intervendría. Y así, con suposiciones llegamos hasta febrero de 2022, cuando las fuerzas ucranianas respaldadas principalmente por Estados Unidos habían amasado una inmensa fuerza militar en la línea de contacto con las autoproclamadas repúblicas populares de Donetsk y Lugansk.
La respuesta rusa fue clara: Si queréis tomar la vía militar, entonces nos veremos obligados a intervenir. Biden el abrazador, continuó presionando a Zelenski: Tranquilo chaval, que los rusos van de farol, tu sigue que te cubrimos.
Y finalmente la respuesta rusa empezó un 22 de febrero de 2022. El ultimátum había sido en vano. El llamado a Ucrania y sus respaldos occidentales de no seguir por la vía de la guerra contra las repúblicas del Donbás fue desoído. Aquel día 22, Rusia reconoció a las repúblicas como Estados independientes. Al día siguiente, el 23, se firmó un acuerdo de defensa mutua. Y el 24 comenzó la operación militar especial para proteger a las repúblicas del Donbás del ataque ucraniano.
Los rusos pensaban por entonces que con un asalto masivo por toda la frontera común e incluso desde Bielorrusia serviría de rápida conmoción al gobierno de Zelenski y así se atendrían a una implementación de solución pacífica. Pero no. Quizá nunca entendieron ni son capaces de entender todavía, tras 4 años, que para los socios occidentales, Ucrania es un peón sacrificable, prescindible. Que los ucranianos para Occidente son un simple ariete a inmolar en un asalto contra Rusia.
Particularmente es así por el lado británico, que tanto en primavera del 22, como de nuevo en la actualidad, en 2026, vuelven a la carga para intensificar los combates, para escalar la guerra, para hacer que continúe porque esa siempre ha sido su política: Hacer que los europeos se maten entre sí, generando guerras de las que lucrarse en lo económico y conseguir una victoria proxy. Los británicos no luchan directamente, sino que arman a otros para que sean ellos los que luchen.
Ahora tenemos a un Estados Unidos con Trump que no nos equivoquemos, quieren guerra: Pero que la paguen otros, los europeos, y que la luchen otros, los europeos. Ciertamente Trump tiene a Reagan entre sus referentes. Pues el mismo Reagan en su primer mandato a inicios de los 1980 también evaluó la posibilidad de una guerra nuclear limitada en Europa, que implicase a los europeos y los soviéticos de entonces.
Un proyecto que vuelve a la mesa de forma casi inadvertida: Escalada militar, choque nuclear limitado, y Europa (junto con Reino Unido) y Rusia se acaban atomizando. Dos jugadores mundiales fuera del tablero. Y la lucha por mantener la hegemonía deja a Estados Unidos directamente contra China, su objetivo principal, pero con una China que ya no puede contar con una Rusia como mínimo duramente herida en un intercambio nuclear con los europeos.
Y los Estados Unidos no habrían gastado ni una de sus armas nucleares que por cierto, serían apabullantemente más que las chinas actuales. Ahí estaríamos ante la última oportunidad de la hegemonía yanqui por revalidar su posición. Y sí, efectivamente en un trono de sangre para el culto sangriento que gobierna desde Washington y Tel Aviv.


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