En la década de 1940, las películas de Bing Crosby y Bob Hope, como Camino a Singapur (1940), seguían una trama recurrente: Bing y Bob, dos estafadores charlatanes, se metían en líos en países exóticos, y Bing siempre lograba salir adelante vendiendo a Bob como esclavo o comprometiéndolo en rituales paganos. Al final, ambos escapaban juntos, con Bing ganándose el afecto de la chica.
Hoy, vemos una dinámica similar en la política internacional, pero sin final feliz. Estados Unidos, bajo la sombra de Donald Trump, ha traicionado a aliados como Alemania, destruyendo el gasoducto Nord Stream y presionando a Europa para que aumente su gasto militar en la OTAN hasta un 5% del PIB, superando incluso la exigencia del 2% de Biden. Europa, encabezada por una Alemania crédula, se ha convertido en una ofrenda sacrificial en el intento desesperado de salvar el imperio estadounidense.
Trump ha lanzado una guerra económica global, amenazando con imponer aranceles del 20% a países que no cumplan con sus demandas. En el Foro Económico de Davos, invitó a las empresas a trasladar sus operaciones a Estados Unidos, prometiendo impuestos bajos. Para Alemania, esto significa abandonar su industria y aceptar precios energéticos cuatro veces más altos que los que pagaba a Rusia antes de la destrucción de Nord Stream.
Los primeros objetivos de Trump fueron México y Canadá, socios del TLCAN. Amenazó con aumentar los aranceles a sus importaciones en un 20% si no obedecen sus exigencias. Para México, esto implica una doble carga: la deportación masiva de inmigrantes latinoamericanos, que impondría una enorme presión social, y la pérdida de remesas, una fuente crucial de dólares para su economía.
La imposición de aranceles devastaría las exportaciones mexicanas, especialmente las maquiladoras, que dependen de mano de obra barata para empresas estadounidenses. Sin dólares, México enfrentaría una depreciación del peso, inflación y la difícil decisión de suspender el pago de su deuda en dólares, como hizo en 1982, desencadenando una crisis regional.
Canadá, aunque más estable, también sufriría. Su industria automotriz, clave para su balanza comercial, se vería afectada por los aranceles, debilitando aún más su dólar frente al estadounidense.
Las políticas de Trump amenazan con desestabilizar la balanza de pagos y los tipos de cambio en todo el mundo. Al bloquear las importaciones con aranceles y sanciones, el dólar se fortalecería, pero a costa de hacer insostenible la deuda en dólares de muchos países. Esto podría llevar a una suspensión generalizada de pagos, como ocurrió en América Latina en los años 80.
Keynes ya advirtió en los años 40 que los países acreedores deben permitir que los deudores paguen mediante exportaciones. Sin embargo, Estados Unidos, bajo Trump, viola este principio, impidiendo que otros países ganen los dólares necesarios para cumplir con sus obligaciones.
La arrogancia de Trump radica en su creencia de que Estados Unidos puede imponer su voluntad sin consecuencias. Sin embargo, su política acelerará la inflación, interrumpirá las cadenas de suministro y provocará caos en los mercados financieros. A largo plazo, esto podría forzar a otros países a crear un nuevo orden económico menos dependiente del dólar y de Estados Unidos.
En resumen, la guerra económica de Trump no tiene un final de Hollywood. En cambio, está llevando al mundo hacia un caos financiero y geopolítico del que solo podrá salirse con un cambio radical en el orden global.


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