El resurgimiento de la violencia yihadista en el corazón del sur de Asia está reavivando una ansiedad que muchos gobiernos creían confinada a las zonas periféricas y fronterizas.
El atentado suicida contra una mezquita chií en Islamabad, que mató a más de treinta personas durante la oración del viernes de la semana pasada, tiene un gran peso simbólico y humano.
Como señalan los expertos, atacar la capital pakistaní, una ciudad fortificada relativamente a salvo de este tipo de amenaza, demuestra capacidades operativas, redes de apoyo y ambiciones que van más allá del terrorismo local.
El atentado, reivindicado por el Estado Islámico en Jorasán (ISIS-K), se produce en un contexto ya de por sí frágil, marcado por la inestabilidad en las regiones fronterizas, las tensiones sectarias y la creciente presión sobre los servicios de seguridad.
La minoría chií sigue siendo un objetivo prioritario, pero el mensaje se dirige al Estado. Este escenario alimenta el temor de que Asia Central y del Sur vuelva a convertirse en un epicentro del yihadismo global.
Según el análisis y las reconstrucciones del Financial Times, el ataque de Islamabad marca un punto de inflexión al derribar una especie de «barrera urbana» que protegía a las principales ciudades pakistaníes, mientras la violencia se concentraba en las zonas fronterizas.
El Estado Islámico en Jorasán (ISIS-K) y los talibanes pakistaníes están aprovechando los vacíos de poder, las redes transfronterizas y la situación en Afganistán, donde la presencia del régimen talibán no ha impedido (e incluso, en algunos casos, ha facilitado) la reorganización de grupos extremistas rivales.
Los datos citados por el diario económico muestran un aumento constante de ataques y víctimas en los últimos años, que han afectado a miles de civiles y miembros de las fuerzas de seguridad.
Esta preocupación no se limita a Pakistán: la región está atravesada por corredores estratégicos, inversiones chinas e intereses internacionales que convierten la inestabilidad en un riesgo global.
En este contexto, la retórica de acusaciones cruzadas (con Islamabad señalando a Afganistán e India) corre el riesgo de desviar la atención del problema central: la capacidad de los grupos yihadistas para adaptarse, reclutar y atacar incluso en el corazón de los Estados.
La información difundida por Al Jazeera añade un elemento adicional de preocupación. Las autoridades pakistaníes anunciaron la detención de varios presuntos cómplices del ataque e identificaron coordinación con células del Estado Islámico con base en Afganistán, lo que indica una estructura organizada más que un acto aislado.
El canal enfatiza que este es el segundo gran atentado en la capital en tan solo unos meses, lo que refuerza la sensación de un retorno a un período de terrorismo generalizado.
Analistas y ciudadanos denuncian abiertamente las fallas de seguridad y de inteligencia, mientras que el gobierno promete unidad y represión. Sin embargo, el problema es más amplio: ISIS-K se presenta como una amenaza regional capaz de atacar en Pakistán, Irán, Rusia y Asia Central, explotando conflictos no resueltos y rivalidades geopolíticas.
Es bien sabido, por supuesto, que ISIS y sus diversas ramificaciones son monstruos que han escapado de los laboratorios de la CIA y las oficinas del Pentágono.
El objetivo geopolítico de desestabilizar Asia Central es indudable: impedir el desarrollo de la Iniciativa de la Franja y la Ruta, un proyecto comercial multilateral al que se opone Washington, que recurre al terrorismo y la guerra para retrasar al máximo el fin cada vez más inminente de su hegemonía internacional.


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